El Gran Simulacro de Charles 

El Gran Simulacro de Charles

Ocurrió a principios de los setenta en Siete Suyos, aquel campamento minero donde los niños soñábamos con tocar las estrellas con las yemas de los dedos, porque el cielo andino parecía mucho más cercano que el suelo percudido de copajira. Eran los tiempos en que mi padre, con el porte de un patriota y la paciencia infinita de un santo, dirigía la escuela del pueblo: un verdadero faro de saber erigido en medio de las abruptas tierras altas. Yo era entonces un bribón de trece años, con la cabeza desbordante de aventuras y la fortuna de no conocer todavía la desazón de la vida adulta.

Era una tarde lánguida. El sol se derramaba sobre la cresta de la montaña como oro fundido, tiñendo con un brillo trágico el despeñadero del Abra, donde años antes un chófer de la Comibol —esposo de una maestra de la escuela Daniel Campos— había caído al vacío. Fue justo ahí cuando Charles, mi primo, deslizó esa mirada conspiradora que presagiaba problemas.

—Tuco, ¿y si robamos nuestra propia casa? —me susurró al oído—. No para llevarnos nada, solo para armar un alboroto. ¡Imagina el despelote!

La idea me pareció sublime. Siempre estaba listo para la travesura, ciego ante los descalabros o consecuencias que pudieran sobrevenir. Charles, un año mayor, poseía una imaginación tan fértil como un sembradío de arvejas en temporada de lluvias.

—Tengo un plan maestro —dijo con voz de duende de las minas—. Un robo simulado para sacudir la monotonía del campamento. Seremos leyendas o, al menos, escaparemos del aburrimiento mortal de las tardes de estudio.

—Un simulacro de robo —murmuré, mirando a los lados como si las paredes tuvieran oídos de soplón—. Fingiremos que nos asaltan, nos deslizaremos por la ventana, subiremos al techo de calamina y, ¡zaz!, seremos los héroes del campamento.

Nos repartimos los papeles con la seriedad de actores de teatro: Charles y yo encarnaríamos a la banda de bandidos; nuestro hermano Óscar interpretaría al rehén; y nuestras hermanas menores, que todavía creían en los Reyes Magos, serían las candidatas perfectas para aterrorizarse.

—Montaremos la escena en el crepúsculo —expuso Charles, sonriendo como el mascarón de la Casa de la Moneda de Potosí—. Entraremos por la ventana trasera, haremos un ruido endiablado para simular ladrones novatos y escaparemos al techo, dejando pistas falsas: un zapato viejo, un trapo, vidrios rotos y tareas a medio hacer. Todos pensarán que fueron los bandoleros de Ánimas. ¡Será épico!

El Falso Atraco

La señal del “asalto” sería mi propio grito, diseñado para retumbar en los cimientos de Siete Suyos. Me ubiqué estratégicamente al final del barrio Magisterio, cerca de la pila de agua donde vivía nuestro amigo el “Chocola”. Charles, ataviado con una máscara del Santo, ató a Óscar con alambre de tender ropa y le amordazó la boca con un trapo azul para apagar sus protestas. Nuestras hermanas, asumíamos, estarían demasiado absorbidas por sus muñecas de trapo para notar nada extraño.

El atardecer pintaba el campamento con tonos de fuego cuando nos arrastramos hasta la ventana trasera, previamente aceitada por Charles para abrir sin el menor chirrido. Mi grito —¡”¡Ladrones!”!— brotó con tal dramatismo que hasta el perro de la vecina, la esposa del profesor de música, soltó un aullido desgarrador. Charles, entregado a su papel de villano, forcejeó contra bandidos invisibles y derribó una silla con un estruendo digno de un derrumbe en la bocamina. En menos de lo que canta un gallo, ya estábamos los dos trepados en la calamina, contemplando el horizonte con la vanidad de quienes se saben legendarios.

Pero el genio de Charles omitió un detalle crucial: la aplastante eficiencia del sindicato de mineros, que actuaba como la autoridad indiscutible del lugar. Eran hombres recios, curtidos por la mina, de bigotes tupidos como escobillones y una devoción obsesiva por el orden.

El Frenesí en Siete Suyos

Apenas el eco de mi grito se disipó, la sirena del campamento empezó a ulular con la misma furia que presagiaba los golpes de Estado de aquellos años turbulentos. El alboroto fue monumental. Los mineros emergieron de sus casas como un enjambre furioso, ataviados con cascos y lámparas de carburo.

—¡Son los rateros de Ánimas! —rugieron.

La policía minera, armada con rifles Mauser desgastados y escoltada por una jauría de perros callejeros, arribó de inmediato en una volqueta del sindicato. Vimos cómo el vehículo frenó en seco frente a la escuela y de él brotó una cuadrilla cubierta de polvo marchando a toda prisa. Subieron la cuesta e irrumpieron en la casa sin pedir permiso, como si el viento les hubiera abierto la puerta, vociferando órdenes a diestra y siniestra.

El campamento entero se convirtió en un circo improvisado: vecinos curiosos, palliris con rulos y alpargatas, e incluso la cocinera del rancho con el delantal ondeando como bandera de batalla. Mi padre, arrancado bruscamente de sus libros de pedagogía, se asomó a la puerta con una mezcla de desconcierto y exasperación. Mi madre corrió al patio a buscar a Pelusa, nuestra mascota, que en su afán de ayudar se había sumado alborotada a la jauría del vecindario.

Los mineros peinaron la zona palmo a palmo: escudriñaron debajo de las rocas, detrás de los arbustos y alrededor del pozo encantado. En medio del despliegue, un obrero corpulento, de ceño fruncido como nube de tormenta, levantó la mirada hacia el techo y nos descubrió allí, sentados con las piernas cruzadas y la mirada culpable. Sorprendentemente no dijo nada; tal vez creyó que éramos un espejismo fruto del cansancio.

—¡Deben haber escapado por el túnel que va a Santa Ana! —gritó otro minero, elevando nuestra travesura al rango de mito criminal.

Desde la calamina, ahogándonos de la risa, veíamos al campamento entero cazar sombras. Pero el techo, traicionero, no resistió el peso. Una lámina cedió con un crujido seco. Charles, enredado en su poncho como pez en red, resbaló y cayó directo sobre un montón de paja brava; al ponerse de pie parecía un cactus humano. Yo, con mejor suerte o peor gracia, quedé colgado de una viga balanceándome como cecina en ahumadero.

Al reconocernos, mi padre soltó una carcajada retumbante que pareció resonar por todas las vetas de Siete Suyos:

—¡Pero si estos pillos montaron su propio atraco!

Entre risas y reprimendas, la policía minera dio por concluido el operativo con un dictamen inapelable: “En Siete Suyos, los verdaderos ladrones roban sueños, no casas”. La sentencia fue justa: una semana entera fregando los pupitres de la escuela. Charles, erizado de paja como un santo penitente, y yo, magullado y avergonzado, pero con una historia grabada para siempre.