Reminiscencia de una gran amistad

Corrían los tiempos más duros de la dictadura de los principios del 80 cuando lo conocí a Flaco Loayza, si mal no recuerdo, fue en un mitin político en la plaza 10 de noviembre. Lo vi apoyado a un árbol de pino, lucia una chamarra azul de sindicalista, traía el cabello bien lacio y mojado como si hubiese sido lamido por un caballo y portaba unos bigotes de mariachi idénticos a los de su jefe político, el motete Zamora.

Por esa época, él era dirigente del sindicato de trabajadores de Karachipampa. En una gran asamblea me nombraron secretario de conflictos, me dijo, un título que le cayó como anillo al dedo dada su personalidad a veces beligerante – yo pensé – mientras tanto yo estaba haciendo mis primeras armas en la política, concretamente, en la Universidad.

Compartimos ideologías afines, pese a que militamos en facciones políticas distintas, los dos sin embargo, desde donde nos encontráramos pusimos incontables veces en riesgo el pellejo.

Burlando el constante acoso de la trampa, seguimos cada uno por su lado las huellas escurridizas de una desidia política vestida de ilusión, a la que aportamos con el obligatorio granito de arena en las lides y luchas por la reconquista de la democracia.

Al principio de nuestra amistad, nuestras pláticas o más apropiadamente dicho, nuestras divagaciones; se centraban en torno a la osadía ya irrelevante del foquismo, una teoría ya casi muerta en vida pero que había dejado secuelas profundas en el país, otras veces, nos poníamos a hacer un análisis intelectual a medias tintas de plétoras ideológicas heredadas de pensamientos foráneos, las que como en un río revuelto y a vista y paciencia de los papanatas estaban haciendo hincapié en el país.

Inevitablemente, el magnetismo del discurso incendiario de los picos de oro, sumada a la adoctrinación imperante de esos tiempos, acabó por convencernos y convertirnos en carne de cañón, en piezas movibles a la manera de los peones de un juego de ajedrez callejero, listos para marchar al matadero.

Regularmente, perdíamos hasta el habla en conversaciones sin ton ni son, dialogando hasta el amanecer sin entender un ápice acerca de los mentados medios de producción, el intrínseco valor de la plusvalía y otras sandeces que se nos ocurría.

Hasta que clareaba, burlábamos al sueño, obstinadamente tratando de entender los postulados de la lucha de clases, estudiando de pe a pa la tesis de Pulacayo y distorsionando el intelecto con esas y tantas otras operías en las que inocentemente pretendíamos creer cuando éramos más jóvenes.

No cabe duda, de que, estábamos infectados por ese bicho de izquierdas que sigilosamente merodeaba las casas de estudio y los sindicatos de trabajadores disfrazado de agenda política o de pajpaku vendedor de paraísos terrenales y que casi exclusivamente atacaba a las mocedades núbiles y a las grandes masas de obreros y los ponía en un estado de obnubilación conciencial muy difícil de escapar.

Nos creíamos revolucionarios y libertadores en ciernes por el solo hecho de haber experimentado la compulsión de las necesidades en carne propia y porque alguna que otra vez reaccionamos ante las injusticias cometidas en contra de otros, tal como prescribían los manuales y las consignas desperdigadas por las calles.

Atrapado sin salida en la vorágine revolucionaria, Flaco trato vanamente de hacerse crecer la barba, ingería hormonas caseras hechas sobre la base de carne de membrillo y se untaba la cara con cremas y cosméticos de dudosa reputación, para obtener según el, una apariencia acorde con sus ideas, pero nunca pudo, porque para su mala suerte él había nacido más lampiño que una taza de porcelana.

Matábamos el tiempo dialogando ociosamente acerca del rol de la juventud y la participación popular en epopeyas y sublevaciones que nos prometieron pero que nunca llegaron. Amanecíamos despistando a la noche, con los sesos calcinados por el esfuerzo de tratar de entender los endemoniados axiomas de la utopía de Tomás Moro y casi muertos de sueño, por culpa de la ósmosis, repetíamos como loros amaestrados las historias de pueblos igualitarios que habían descubierto la fuente de la eterna juventud y otras huevadas que estaban de moda.

A veces de por sí y otras veces porque nos daba la gana, poniendo a un lado los problemas reales de carne y hueso, discutíamos a rajatabla sobre necesidades imperiosas y otras majaderías de tinte socialista, lo hacíamos tan fervientemente como si estuviéramos defendiendo un examen de tesis doctoral y lo más cómico era que una vez que entrabamos en razón, nos dábamos cuenta de lo absurdo del asunto,  y claro , como perfectos demagogos tratábamos de compensar el desperdicio del tiempo con argumentos aún más pueriles y más machacados que rodilla de zapatero como esa idea peregrina que quería establecer “la dictadura del proletariado”.

Inevitablemente el ímpetu y el fervor revolucionario se fueron apagando paulatinamente, creando de esta manera un precipicio ideológico en la que nuestros pensamientos y principios cayeron abruptamente hasta convertirse en meras palabras, en fábulas quijotescas y en encantamientos del cuento del tío, muy similares a las demagogias exóticas que acarrearon los quintacolumnistas barbudos que brotaron en Ñancahuazú en la década del 60.

Fue sin embargo, tan persistente y severo el padecimiento de ese contagio, que pasaron casi cuatro décadas para sacudirnos de ese sortilegio de ideas y convicciones, parecía como si nos hubieran tatuado en la piel esas consignas sensibleras, a las que con mucha razón, los vendedores de la palabra le chantaron el san benito rimbombante de “mística revolucionaria”.

Con el pasar del tiempo, y, mientras nuestra camaradería maduraba, nos dimos cuenta de que la única ideología verdadera que cuenta en la vida, es la ideología de la amistad, es por ello, que nuestra amistad persistió incólume al paso del tiempo y se mantuvo sólida como un monolito hasta que el Flaco se ausentó de este mundo.

El Flaco, no era precisamente un santo dechado de virtudes o un angelito bajado del cielo con la misión de regalar perdones con padrenuestros y avemarías ajenas, tampoco fue la estampita de la cautela, el decoro y la compostura, fue un hombre, imperfecto como todos, pero lleno de cualidades humanas como pocos.

Vivió su vida como cantaba Frank Sinatra “a su manera”, echó un manojo de canas al aire y transitó incontables veces por la periferia de la moral establecida, al borde del pecado, sin importarle un comino el qué dirán de la gente y limpiándose el trasero con las etiquetas puritanas de los caídos de la cama.

Como contrabalance a sus pecadillos y transgresiones, lo que sí tenía, era una virtud humana que he visto en pocos hombres, la virtud de la solidaridad. Los hombres no nacen solidarios, los hombres se hacen solidarios si sienten en el corazón las indigencias y las miserias de los extraños y toman cartas en el asunto para subsanarlos.

El Flaco llevaba esta cualidad en la sangre y lo demostraba cada vez que la ocasión lo ameritaba. Esa capacidad de sentir en carne propia las penurias y desasosiegos de propios y ajenos le permitió hacer de la nada su camino, un camino quién sabe, ausente de rosales y gladiolos, pero sin duda alguna, lleno de buenas intenciones al que el segador inmisericorde de la guadaña muy prematuramente se lo llevó.

No cabe duda tampoco, que dado su temperamento de amiguero, de jodedor, de rebelde y de contumaz, su vida fue como una montaña rusa de emociones, llena de caídas y subidas pero que al final, como siempre lo quiso, vivió su propio destino, altivo y con la mirada puesta en el devenir terminó sus días bendecido por el tiempo desandando paso a paso los linderos que él mismo había construido.

Sus muestras de desapegos y de lealtades proporcionadas quedarán en las memorias de mucha gente que tocó por su breve paso en esta efímera vida.

Era carismático y deslenguentado quien en sus momentos de apogeo se asemejaba a un hontanar de atrevimientos criollos, llenito de frases, refranes y ocurrencias que solo reforzaban su perfil de jodedor innato.

Le gustaba preciarse de ser un “gánster del amor” como justificativo a sus escapadas y seducciones, fue un díscolo natural, un cándido bandolero sin tapujos, un desarropado de complejos y vergüenzas, fue también como lo puede atestiguar mucha gente, un enamorado empedernido de la vida.

Toda vez que se desataba alguna jodienda, dondequiera que esta se hallase, Flaco le buscaba tres pies al gato para arribar sin falta, una vez en el recinto, sin importarle los protocolos o la ocasión, sacaba cuentos y anécdotas de la manga y reía a mandíbula batiente con mucha pasión y donaire, y cuando había desputes o trifulcas se desgañitaba a carcajadas hasta acallar por completo el suspiro subyugado de los mojigatos privados de recreo y esparcimiento.

Manifestaba asimismo un optimismo contagioso, hasta en los momentos más duros donde reinaba la zozobra y la congoja. Tenía la capacidad de convertir la solemnidad de un velorio en un jolgorio carnavalesco repleto de burlas e ironías.

El Flaco fue un mortal que siempre bailó al son de su propia rumba.

Juntos caminamos por los bienintencionados parajes de la bohemia, nos inmiscuimos en la política y miles de veces tratamos de descifrar los misterios de la vida en sí misma. Recorrimos de rabo a rabo las empedradas callecitas del casco antiguo de nuestra amada ciudad y sus alrededores y en más de una ocasión viajamos largo hasta llegar a los confines más inauditos del país en busca del pan, de la moneda y sobretodo de la aventura.

Flaco!, — siempre te decía que en gran medida fuiste el causante de mi unión, — Te acuerdas ? — Esa vez cuando viajamos a Tupiza, fuiste tu, quien mientras conducías la camioneta divisó la imagen de una forastera con mochila azul, botas de hiking y cabellera casi anaranjada rastrillando las serranías de cuchu ingenio, cuando le diste un silbido de golondrina, la muchacha se acercó y ese mágico momento cambio mi destino para siempre, quien iba a pensar que esa chavala tan intrépida como nosotros hoy sea mi compañera por casi 30 años.

Hoy derramo lágrimas por ti, por tu partida sin retorno, derramo estas lágrimas muy parecidas a las que rodaron por nuestras mejillas cuando nuestros horizontes parecían estar compuestos solo de nubarrones taciturnos y de aciagas pesadumbres.

A estas lagrimas llenas de dolor cristalizado por tu irreparable pérdida, espero que los vientos del sur se los lleve y los esparza despacito en las acequias de los vallecitos circundantes a Potosi, a los que fuimos incontables veces buscando el sol, la uva y la buenaventura o los deje caer retumbando con el sonido estrepitoso de mil lamentos en la pircas existentes de la cumbre del Licancabur al que visitamos esa vez cuando los matuteros contrabandistas de bórax nos corrieron a bala por los agrestes terrenos del desierto del siloli y donde casi morimos de hipotermia el día que se desató esa tormenta de nieve al volver de la laguna verde.

Espero que el lugar donde estés, sea un lugar apacible, un remanso lleno de paz, un rinconcito cubierto de gardenias y kantutas por donde se filtren manantiales de aguas cristalinas y que la savia de esas flores silvestres se conviertan en un bálsamo perfumado y amortajen tu cuerpo de gladiador diletante durante el viaje que emprendiste y del que nunca más volverás.

En el invierno del pasado año cuando tuve la fortuna de haberte visitado en nuestra tierra natal, te vi ya venido a menos, pero siempre con ese optimismo exuberante característico en ti y me recibiste con el cariño y el aprecio de los grandes amigos.

Como buenos citadinos, después de una vuelta necesaria por el viejo boulevard nos fuimos a degustar de las salteñitas de el hornito y platicamos por un buen rato rememorando viejas travesuras con ajos y pimientas.

Esa fue la última ves que te vi con vida y me alegro, que aunque, breve fue la visita hayamos podido darnos ese abrazo que nos dimos, fuerte y sincero, igual que el apretón de manos que te di como presintiendo tu viaje sin retorno.

Para despedirme querido flaco, quiero parafrasear unas letras de un bolero de Carlos Puebla que tanto te gustaba, tan cabales son estas letras, que bien pudieran servir como un epitafio perfecto.

” Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia….”

Hasta que volvamos a encontrarnos otra vez.

Tu amigo

Marco Felix
Febrero 2020.

One Reply to “Reminiscencia de una gran amistad”

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