Estudio de una desidia politica

Estaba aun oscuro cuando abrió los ojos espantado por los alaridos de su gallo despertador , pero en realidad nunca realmente despertó porque había estado tan nervioso que ni siquiera una pestañada había pegado toda la noche anterior.

Contando al revés miles de veces los números del uno al cien había tratado de dormir pero no pudo porque padecía de insomnios mas agudos que vigilias veinte-cuatreras, no encontró la manera de conciliar el sueño a pesar de haberse tomado un manojo de píldoras, por lo que no tuvo mas remedio que amanecer viendo a través de su ventana como el halo de las estrellas se entrelazaban entre si creando un mural de arte cubico en el amplio firmamento.

Una ves de pie, mas nervioso que una brújula sin norte, espero el sonar del primer repiqueteo de las campanas de la Iglesia de San Francisco. El péndulo del reloj de pared empezó a bambolearse y el pájaro de madera salió de su casa de madera y cantó su cucurrucucu mecanizado anunciando que eran exactamente las 7 de la mañana.

Se tomó la décima taza de café copacabana, se dio un baño polaco a las volandas y por la apuranza ni tuvo tiempo de arreglarse un poco su melena iracunda pues salió echando chispas mas raudo que el mismo viento matinal y pies para que te quiero se fue directo a la iglesia.

Ya había amanecido hace unas horas antes y las calles estaban siendo barridas con escobas de paja brava y los almacenes y tugurios abrían ya sus puertas a los primerizos comensales y clientes del día.

El día estaba helado, pero con un viento que recorría las calles de punta a punta como un fantasma vestido de nieve, disparando ráfagas de escarchas cristalinas a las caras curtidas de la gente que se incrustaban en los ojos como si fueran dardos hechos de hielo.

Pese al frió, el cielo estaba claro y límpido como un mar azul que ni siquiera un rabo de nube se veía en el firmamento. El sol mañanero ya había dorado las faldas del cerro mayor y los rayos de luz empezaban a iluminar las calles empedradas de la ciudad colonial.

Unas semanas antes había tomado el examen de ingreso a la universidad y esperaba ansioso los resultados y aunque no era necesariamente muy religioso esperaba los santos auxilios de la virgen, es por eso que esa manana se fue a la iglesia y de inmediato se puso a rezar de rodillas y llorando como un beato puso unas velas perfumadas a Santo Tomas de Aquino, el supuesto santo del saber, luego de la oración reglamentaria corriendo se fue a la esquina del boulevard a esperar a un canillita para comprarle con los últimos centavos el primer ejemplar del periodico del dia.

Ni bien compro el periódico, su vista se posó en la página central en la que se había publicado la lista con nombres y apellidos y números de carnet de identidad de los postulantes que habían aprobado el examen de ingreso a la Universidad y con una satisfacción enorme vio su nombre en la lista de marras.

El primer que dia que se asomó a la puerta principal de la Universidad se quedó más petrificado que un fósil de museo, entro despacio y sin hacer ruido caminó hacia el atrium del que seria su alma materna y contempló con los ojos despabilados por primera ves las estructuras barrocas estilo mestizo de los pilares de madera tallada de la puerta del paraninfo.

Se le perdió el habla y como un opa se quedo maravillado al contemplar las paredes centenarias de la gran casona del saber, encandilado hasta la médula se quedo al comprobar que solo tocando las piedras calizas daba la impresión de que le transmitían pedazos de conocimientos imposibles de comprender y que solo las casas superiores pueden ofrecer.

Sintió un miedo terrible ante la posibilidad ya casi cierta que en espacio de un par de días estaria convertido en estudiante universitario legalmente admitido, pues habia pasado los exámenes de admision con notas brillantes.

Luego del recorrido de rigor por el interior del edificio, y mas feliz que payaso de circo pobre empezó la retirada, poco antes de llegar al portón principal vio una muchedumbre que se apiñaba en los alrededores del teatro IV centenario y en el traspatio del la Iglesia de San Bernardo como enjambres de libélulas chujchasuwas.

Otra columna se había pertrechado al final de la Avenida del Maestro y subían amenazadoramente por el adoquinado esgrimiendo banderas de luchas y gritando consignas de rebeldía, los mas osados del grupo ya se habían trepado a los barandados de fierro como racimos anarquistas de uvas negras escapadas de la vendimia de la ineptitud.

Y otros aún más malvados y perversos ya habían bloqueado con barricadas de adoquines, llantas usadas y muebles inservibles la entrada al edifico de la caja nacional de seguro social la que lastimozamente quedaba justo al frente de la universidad, sin importarles la situación precaria de los pacientes y accidentados del día que se quedaron en la calle atrapados en sus camillas tiritando de frio y con los sueros y aspirinas derramados en el suelo.

Con altavoces y como para que se entere todo el mundo y no quede dudas dijeron que habían decidido la toma de los predios universitarios como protesta porque el examen de admisión había sido muy difícil, lleno de preguntas capciosas en su parte psicotecnica como una manera alevosa de aplazarlos y no permitir el ingreso en masa.

Decidieron invadir la U para declararse en huelga de hambre hasta las últimas consecuencias. Irrisoriamente, las últimas consecuencias de las huelgas, no eran últimas, porque habrían otras que vendrían tan inevitablemente como venían los días de invierno.

Esas “consecuencias” no eran otra cosa que una manera barata perder de peso pues era una faena mas social que política porque uno se las pasaba jugando cartas todo el dia y masticando coca y gustando de algún caramelo y con un poco de suerte hasta en la TV uno podia salir lo cual de hecho aumentaba las credenciales revolucionarias de cualquier huelguista.

De pronto, se encontró metido en el meollo del asunto en medio de los huelguistas que estaban afanados en tumbar las puertas y con tenazas deschapar los candados y como yuntas de bueyes irrumpir en las aulas de la U a declararse oficialmente en huelga de hambre ante los ojos impávidos de las autoridades y las miradas cómplices de las cámaras de televisión.

Le resbaló un soplido de aire frio por el cuerpo que le dio los consabidos calosfrios que casi se orina de miedo en sus pantalones y la piel se le puso como pechuga de gallina de granja, se aferró como un mono a las barandas de hierro forjado que dividian como fronteras culturales a los que eran legítimos estudiantes y a la chusma de huelguistas que querian violentar las puertas de la venerable institución.

Con el último respiro de aire que le quedaba, lleno sus pulmones, se impulsó como un cohete y a la manera de un saltimbanqui dio un salto mortal por encima de las barandillas para escapar y quedar libre de tal ajetreo violento pero acabo en la calle mal herido como pure de papa, con los huesos rotos en el medio de un charco de orines y sudores .

Esa fué su primera experiencia en política de masas y la rotura de huesos su regalo bautismal en las artes de la maquiavelica politiquería criolla.

La caterva encrustada en los campos universitarios no era otra que el tropel de estudiantes que se tiraron en el examen de admisión y la única via para su ingreso era por la fuerza de la presión cuyo vehículo de moda era declararse en huelga de hambre para forzar a las autoridades a que los admitan a la U independientemente de que estén cualificados o no, según después decían con impávida sinverguenzura lo importante era tener el carnet de universitario.

Un día, en la FUL donde estaban reunidos todos los representantes de las facciones del espectro político Boliviano, se le salió su Demóstenes criollo, a quien Ciceron habia llamado el “orador perfecto”, al oir las veinte y un mil cagadas que los politequeros estaban balbuceando y en un arranque de valentia pidió la palabra.

Pasaron unos minutos antes que le concedan la petición, pero para él, fue como si el tiempo se hubiera detenido ahí mismo y empezo a derretirse ensopado en un sudor tibio por el miedo y el complejo porque núnca antes habia tenido la osadia de hablar en publico.

Tanto fue el temor que experimentó que empezó a tartamudear y a alucinar con los ojos abiertos y se puso a caminar como sonámbulo de aquí para allá, como para escapar de esa situación intolerable en la que el mismo se había metido. Le dió la impresión de que el mundo se acabó pero el alucinamiento vespertino que experimentaba quedo inconcluso porque una voz partió en dos la quietud de su concentraciún y dijo las cuatro palabras más temidas de la politica: “compañero tiene la palabra”.

Se paró en la tarima frontal cerca de la ventana principal y vio de soslayo por el dintel como el último rayo de luz se escondia en la cima de la montaña de plata y oscureció en menos de que cante un gallo y eso le dio fuerza suficiente para continuar.

Ya recuperado el aliento perdido ante el espanto y con un poco de valor empezó a repetir como si fuera un disco rayado, una diatriba incongruente de letras y frases que habiá anotado en su cuadernito con forro de cuero y palabras rotas que habia escuchado en tantos mitines, reuniones clandestinas y otras harengas politiqueras en sus años aún todavia mozos los cuales habiá practicado centenares de veces y casi siempre con la ayuda magistral de su loro por muchas semanas frente al espejo concavo y convexo de la sala de su teatro personal.

El, por esa epoca ni siquiera habia leído el prefacio de la Etica Nicomaquea del gran filósofo Griego, peor aún “la Republica” de Platon que es el tratado sobre política por excelencia, la única referencia que tenia de Aristoteles era la de un viejo vendedor ambulante, ex empleado de la Enciclopedia Britanica apellidado Arispe quien sagradamente llegaba a la ciudad la tercera semana de cada mes como si fuera una menstruación cultural. Llegaba ofreciendo sus volumenes y últimas ediciones de libros y ensayos y ponia al descubierto su material en la esquina de la heladeria Eskimo sobre una mesa descalibrada encima de un mantel de paño más delgado que lengua de gato por las intemperies del tiempo.

En su colección itinerante no faltaban compendios de Botanica y Medicina Alternativa, La Iliada y la Odisea de Homero, Folletos con resultados de examenes de Ingenieria del quinquenio pasado pero aun corrientes que eran impresos en papel sabana, ediciones Perunas piratas de la revista Corin Tellado y como no faltaria mas, las eternas y triquilladas obras de Og Mandino entre las que figuraban con especial distinction El ángel número doce y El vendedor más grande del mundo.

El vendedor ambulante le prestaba revistas y libros de cuando en cuando con la única condición de que los cuide como si fueran los últimos ejemplares bizantinos de la biblioteca de Alejandria y los hojée siempre y cuando llevara un guante blanco de paño alisado porque no queria que los aceites ni las mugres de sus dedos empañen las cubiertas niqueladas de sus libros y revistas.

Al tiempo de prestarle los libros, él le aseguraba que sus clientes eran sofisticados coleccionistas que solo compraban sus ejemplares en condiciones pristinas y sin ningún atisbo de arrugas o huellas digitales en sus páginas, por lo tanto si los descuidabas no tendria otro remedio de cobrartelos a ti porque de lo contrario tendria que tragarmelas yo y pagar con los míseros pesos de mi salario minimo vital le recalcaba.