La novela “cien años de soledad” de García Márquez empieza relatando el día cuando “frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”
La novela, en su primera edición salió a la luz a finales del año 1967. Muchos años después, cuando volví a releerlo, me acorde que nosotros hicimos un similar descubrimiento que aunque no tengo la fecha cabal, recuerdo que ha debido ser por el mismo año, que fui a un cine por primera vez.
Fue en esta ocasión que descubrimos la magia del séptimo arte y recuerdo bien que no fui por cuenta propia sino que me lleve a mi hermano menor y a mi primo como testigos oculares del acontecimiento.
El viaje del descubrimiento fue una aventura extraordinaria de repercusiones enormes que pese al paso del tiempo aún vive en la memoria como un cuaderno de bitácora donde está registrado el testimonio de una travesía cuyo proceso y desenlace podrían ser fácilmente los argumentos inéditos de una película por rodar pero que sin embargo hoy por hoy solo habita y para siempre en el teatro intangible de los recuerdos.
Colon partió un 1492 del puerto de Palos de la Frontera en el viaje del descubrimiento lo cual se considera el punto de inicio de la conquista de América. Para nosotros la conquista empezó 475 años después y aunque la travesía no fue tan larga ni cruel fue sin embargo llena de aventuras tal cual ese fatídico viaje.
Fue un domingo como a eso de las 9 de la mañana, mi abuela nos había regalado un “loro” que era la denominación de 10 bolivianos en esa época, porque como nunca antes habíamos despertado en la alborada misma de ese día sin ni siquiera esperar el canto del gallo y habíamos tomado nuestro desayuno sin hacer el desorden de siempre y para el colmo habíamos arreglado la mesa y los manteles y arrinconado nuestros bártulos.
El loro era dinero suficiente para adquirir las entradas y para comprar alguna que otra golosina pero no para sustentar semejante viaje de tal manera que no tuvimos otra alternativa que robarle unas monedas de plata antigua que ella tenía escondidas en la alacena y los baúles y venderlas como siempre lo habíamos hecho por si nos hacia plata para completar el fandango.
Habíamos decidido que el día del descubrimiento seria ese día. Tomamos esa decisión porque era fin de semana lo cual implicaba que no estábamos condenados al martirio diario de hacer nuestras tareas escolares y más que todo porque era el único día donde se ofrecían las consabidas funciones de “matinal doble”.
Es más, si la memoria me sirve bien, escogimos la función de matinal porque esta función ofrecía dos películas por el precio de una gracias a las bondades de un subterfugio económico eufemísticamente conocido como “entrada con gancho”.
Según algunas definiciones “el gancho”, es una horquilla que sirve para sujetar el pelo de las chicas, o a falta de cinturón se usa para “enganchar” la chompa con el pantalón para que al andar uno no ande literalmente “en bolas” y en el hablar del hampa criolla “gancho” es un puñetazo con el brazo arqueado, como dirían mis amigos “no me jodas, que ahoritita te meto un gancho y te rompo el ojete”.
En el ambiente cinéfilo, esta artimaña económica significaba que se compraba una sola “entrada” pero entraban dos y si el portero se descuidaba entraban hasta tres. Era como una “yapa” al estilo más casero y popular.
La condición era de llegar a los cines en parejas de a dos (valga la aclaración) porque de lo contrario, si uno llegaba solo, entonces uno tenía que buscar entre la muchedumbre de niños un alma similar y solitaria y preguntarle sin vergüenza pero con mucho encomio como si fuera una declaración de amor si se quería “enganchar”.
Si existía la química necesaria -porque uno no podría engancharse con cualquier pelafustán- entonces se hacia el trato a lo caballero, trato a lo Ingles, mita–a- mita.
Cada parte ponía mitad del precio de la entrada, se compraba una taquilla y se ingresaba al cine “enganchados” de la mano como si fueran dos tortolos recién casados.
Pero esas parejas fortuitas eran como los matrimonios de hoy porque solo duraban unos míseros instantes y naturalmente el divorcio era automático porque así de entrar, la pareja dispareja iniciaba el proceso de desenganche y se hacía perdiz entre la niebla y la oscuridad del recinto.
No tengo la más remota idea de quien la inventó o de que tratado de economía salió semejante figura de mercadeo infantil pero la realidad era que beneficiaba a los niños, especialmente a los no tan adinerados.
Ese día como si fuésemos retoños capitanes de la Niña, la Pinta y la Santa María descollamos las carabelas de la conquista y nos desbordamos por el mar abierto de la ciudad en busca de los botines del séptimo arte.
Partimos desde nuestro puerto ubicado en la plaza Ballivian, enfilamos hacia el norte rumbo a la calle La Paz y continuamos hasta la esquina de la calle Chuquisaca, de ahí, doblamos unos metros a la izquierda bordeando la esquina de sede de la federación de choferes llegamos a la heladería de la doña Brígida la frígida donde nos detuvimos a degustar de unos helados de chirimoya.
Cruzamos en diagonal el empedrado de la plaza 25 de mayo que era el parqueadero de carros destartalados que servían para el transporte urbano y para las mudanzas y los colectivos de pasajeros, pasando por el callejón de la calle Millares y la farmacia de la esquina fuimos rumbo a la histórica pila Pichincha, nos paramos un rato a persignarnos en la capilla abierta de la Iglesia de la Merced y bajamos unos metros hasta la esquina de la tienda la castellana que estaba ubicada frente a la unión obrera en plena arista del boulevard.
Navegamos como Colon por el mar ondulante de los mosaicos rojos y blancos del boulevard viendo de reojo las mercancías, los abarrotes y los cachivaches en las vidrieras de los negocios que pululaban el pasaje peatonal.
Abriéndonos paso a codazos y empujones por entre la muchedumbre que deambulaba en su dominical procesión de conjeturas llegamos casi sin aliento a las cercanías del lugar del descubrimiento.
A manera de descanso y recargue de energías nos sentamos un rato en las gradas de la casa de música Valda a escuchar por los altoparlantes empotrados en los dinteles de su puerta las melodías de una canción melodramática.
Minutos después con las energías repuestas por los alientos del cuarto arte universal, izamos las velas de nuestras carabelas, atamos cabos, arreglamos las batayuelas y con la proa hacia el este enrumbamos hacia el destino final, y atracamos finalmente en la esquina de la Simon Chacon ahí en las riberas del cine cervantes.
Quizá fue por caprichos del destino mismo, el apremio del apuro o el descalabro de nuestras brújulas y sextantes que primero plantamos bandera en el cine más alejado de nuestro punto de partida y no nos percatamos de la presencia de los cines Omiste, Hispano y America que quedaban en las cercanías de nuestra ruta pero sin embargo en las subsiguientes travesías estos fueron sumariamente descubiertos.
El cine cervantes estaba ubicado unos pasitos más arriba del otrora distinguido cine opera , el cual con el pasar de los años fue adquirido primeramente por la Comibol y años después por la Universidad Tomas Frias.
El cine Cervantes por su ubicación geográfica era casi colindante con mi mi primera escuela la famosa “Jose Alonso de Ibáñez “ y un poco más abajo con la intersección de la esquina de los libertadores, una de las arterias comerciales más importantes de la ciudad.
El cine Opera a diferencia del primero solo contaba con acomodaciones de luneta y pullman y no disponía de gallo que era el lugar de preferencia de nuestra turba.
Luneta era “la platea” como llamaban por esos tiempos, básicamente era el primer nivel del edificio donde estaban ubicados las butacas de cuero en filas sucesivas. Pullman era el denominativo del segundo piso, era una especie de atrio colgante donde también había asientos de cuero y eran relativamente cómodos y creo que hasta perfumados eran.
Gallo era como una alcoba olvidada, maloliente y proclive a la joda, estaba ubicada en la cresta misma del cine, sus acomodaciones rusticas eran unas fileras de bancos de madera con clavos protuberantes que si uno no tenía cuidado y se sentaba sobre ellos te agujereaban las nalgas. Estas poltronas eran semejantes a tablados carcomidos de cualquier estadio del tercer mundo.
El lugar era bastante oscuro y lóbrego lo cual infundía terror especialmente entre las “chicas bien” porque al pasar por sus vados de madera eran manoseadas gratuitamente por los anónimos no videntes.
Pero para otras, para esas imillas de los patalados que entraban a los cines solo a joder era el paraíso mismo porque iban a sabiendas a hacerse apretujar y recibir masajes de cuerpo entero.
También invitaba a la picardía de los niños que por el aburrimiento y falta de acción de las películas románticas o musicales jugaban a las tulas y las rayuelas en medio de las proyecciones y más de las veces era el refugio de amantes desamparados, de esos que no disponían de abrigo ni de cama.
Entrar a gallo era entrar a costa de riesgo personal y cualquier cosa podía suceder y para colmo ni acomodador de turno disponía porque esos tipejos solo rondaban acomodando a la gente con sus linternas en los predios de luneta y pullman.
Naturalmente, el costo de las entradas a luneta y pullman eran substancialmente más caras que las entradas para gallo, y está por demás decir que la clientela de luneta y pullman estaba compuesta por los “jailones criollos” de esos que iban al cine con los zapatos lustrados y con michi-corbata, tan distintos a la turba bullanguera y vivaracha de niños rompe-pelotas que frecuentaba dominicalmente los antros y los aposentos de gallo.
Esta condición representaba una tacita separación de clases natural sin embargo no política pero para acentuar las diferencias la puerta de ingreso a gallo ni siquiera estaba ubicada en el mismo edificio, estaba en la calle, incrustado en las afueras del mismo cine, a la intemperie, como un entenado botado a su suerte, oculto fuera del pasear y mirar de la gente.
Una vez arribados al lugar del descubrimiento, nos paramos mustios a contemplar las carteleras de la semana y las del porvenir.
Estas carteleras eran verdaderas obras de arte en sí mismas y no tenían nada que envidiar a las “gigantografias” de hoy Eran unos lienzos pintados a mano en telas de tocuyo, tan llenas de vida que en el trazo de sus pincelazos describían el espíritu de la trama de la película, eran como un relato hablado y una representación visual exacta de lo que iba a acontecer.
Eran tan inmensos y llenos de vida los paisajes y las efigies que nos parecían que fueron escapados de la mano de Toulouse de Lautrec, tan reales que solo les faltaba respirar y cantar.
En letras grandes y con mayúscula se habían dibujado las palabras :
“Gran Estreno, Entrada con Gancho. Función Doble”
Ese día, por primera vez mi hermano menor y mi primo pisaron tierra firme y entraron juntos y bien enganchados, a tientas valga la aclaración, saltando por encima de los niños que estaban amontonados como racimos de uvas en las graderías del receptáculo y yo como siempre resulte ser el número impar o digamos mejor “el más singular” cosa que no tuve más remedio que buscar a alguien con quien engancharme.
Para suerte mía me topé con un con un vendedor de pencos y tocinillos con cara de que “no mataba ni una mosca” quien justo ese momento había acabado de vender su mercancía, hicimos el trato y juntos atravesamos el umbral del cine a saborear el fruto del descubrimiento.
Esta demás decir que quedamos boca abierta al descubrir por primera vez el ruido del sonido, la pantalla gigante del cinemascope y el prisma de colores infinitos de la tecnología tecnicolor.
Ese día vimos con los ojos desorbitados y el corazón en el estómago, un film de vaqueros incidentalmente titulada “Lo Malo, Lo Bueno y lo Feo.” como una alusión directa a lo malo de mi primo, lo feo de mi hermano y lo bueno de mi.
La película en cuestión relataba el deambular de 3 jinetes del oeste que galopaban los alrededores de Laredo en las ancas de sus corceles, ataviados de botas tejanas con relucientes espuelas y con pistolas colt ensoguilladas en cartucheras de cuero en busca de oro en medio de la guerra civil americana.
Con miradas feroces cabalgaban con las balas en bandolera, casi siempre silbando y escupiendo tabaco a su paso se desmontaban de sus caballos cansados en las tranqueras de los salones destartalados a tomar un trago de wiski en medio de la lluvia y el tañer de las campanas de los lejanos cementerios.
Invariablemente y como una como si fuera una homilía religiosa, en esas películas del estilo western-espagueti de los años 60’s la narrativa del argumento de las películas eran la luchas entre el bien y el mal.
No sé por qué razón a los protagonistas del bien los llamábamos el bando de los “jovencitos” y los del mal eran impropiamente tildados bando de los “contrarios”.
Todos queríamos ser por ese entonces los jovencitos y nadie ni por si acaso quería que se los asocie con el temido bando de los bandidos.
Recuerdo que una vez llegados a mi casa que estaba ubicada en pleno centro de la plazuela Ballivian donde vivíamos, después de ver los suculentos filmes salíamos a la calle a recrear la trama de la película.
Escapábamos de nuestra casa por los techos espantados por los alborotos de mis tías y hermanas y las amenazas de mi abuela que nos correteaba con chicotes de cuero gritándonos que si nos agarraba nos iba a partir el alma.
Salíamos en tropel galopando en nuestros caballos de madera que no eran otra cosa que palos de escoba enredados con hilos de caytu de cáñamo y recorríamos armados el ruedo con nuestras pistolas de hueso que eran las mandíbulas de cordero, despojo de los caldos que vendían las comideras asentadas en la plazuela.
Así, asemejándonos a bandos de jovencitos correteábamos echando chispas, disparando a quemarropa nuestros cartuchos al aire por los recovecos de la vieja casona y de vez en cuando disfrazados de llaneros, amparados por la noche salíamos a ajusticiar con escarnio a la caterva de los hijos, sobrinos, ahijados, entenados y recogidos de los comerciantes y parroquianos de la hidalga plazuela Ballivian.
Como bien decía, el destino del descubrimiento fue el famoso cine Cervantes que más allá de ser un cine principal de la ciudad era un conspicuo lugar de moda para invitar a la furtiva enamorada a la cual se declaraba los amores y se las engatusaba con los aromas de chicles bazooka, refrescos de colores y bolsitas de tostado de habas y arvejas que se vendían en bolsitas de nylon.
Ya muchos años después que el glamor del descubrimiento se desvaneció, solíamos ir a los cines de la capital de manera más frecuente y más de las veces a luneta o pullman lo que significaba un gasto substancial pero entre tanta ida y venida, mi primo, quien siempre tuvo un olfato para los negocios se dio cuenta de la manera de disfrutar de las películas de forma casi-gratuita.
Es así, que por un tiempo nos dedicamos cada domingo al arte de la reventa de entradas hasta que paso lo que inexorablemente tenía que haber pasado.
Los domingos a eso del mediodía después de asistir a misa a confesarnos con anticipación de los pecados a cometer, acompañábamos al, mi primo a las proximidades del cine y nos parábamos como postes de luz en las largas filas esperando el momento de la apertura de la puertas para luego irrumpir como una riada a procurarnos entradas y luego revenderlas y con la ganancia naturalmente subir a gallo a disfrutar de las películas sin erogación económica alguna.
Como había mucha competencia de otros revendedores, a veces solíamos ir a filarnos desde muy temprano y para pasar las horas y a manera de como quien dice matar el tiempo, normalmente nos refugiábamos en el futbolín de los Pradel que quedaba justo en frente del citado cine o a veces nos poníamos a jugar billares en el taco del Florvic que quedaba a unos pasos del cine Hispano ahí a la vuelta de la esquina en medio de la calle Matos.
El cine Cervantes tenía unas rejas en las ventanillas de la boletería que daba la apariencia de ser una cárcel en miniatura desde donde se dispensaban las entradas.
Las puertas del cine se semejaban a muros de contención para detener, el tumulto de la gente que entraba como un aluvión a querer arrebatar las entradas de las manos del boletero.
El boletero tenía en frente una tablita semicircular en forma de media luna, era una maderita con un montón de agujeritos que al parecer representaban las hileras de asientos, como una ilusión gráfica de los ambientes del cine y en los cuales previamente se habían insertado verdes y amarillos cartuchitos de papel donde figuraban el número de butaca y la fila correspondiente.
Un domingo terrible de esos donde todo sale mal, en medio de la muchedumbre de enamorados y amantes del séptimo arte vi a unos botudos j’achus que irrumpían con sus palos negros y pitos de aluminio a arrestar a unos supuestos revendedores de entradas y yo para evitar tal desagravio sin pensarlo dos veces salí para la calle y pies para que te quiero empecé a correr hacia arriba rumbo al cine américa .
En pleno raudo escape me entre de sopetón al frontón bolívar más conocido como “ckajcha bolivar” que quedaba a unos pasos ensanguchado entre el cine y el colegio calero y me quede unos minutos a ocultarme de la perseguidora y para amainar mis sustos me entretuve un buen rato mirando a unos zapateros y lustrabotas como jugaban pelota de mano en el frontón de esa pared inmensa que colindaba con el cine.
Lamentablemente mi primo no corrió la misma suerte porque al estar inmerso en transacciones financieras con los clientes de turno se olvidó de correr y se hizo coger.
Yo, ya más recuperado volví a la escena de los hechos y vi al primo que era conducido por 2 carabineros, encadenado y vi con tristeza que lo subieron a un patrullero con una capucha en la cabeza para que no delatara el paradero del lugar de detención.
Así, sin más ni más, se lo llevaron allá por las inmediaciones de la Iglesia de San Bernardo a los calabozos de DIRME, un centro de detención de menores.
No se de cómo se enteraron las parentelas del citado ciudadano (mi primo) que llamaron al presidente de la corte que a la sazón era su abuelo para que inmediatamente y sin consecuencias posteriores ordene la liberación del detenido porque como se podía concebir que el nieto de un ilustre magistrado termine encarcelado?
Pero la orden llego tardía porque los cancerberos del orden ya habían aplicado la de rigor, que en casos de reventa de entradas requería el rapado del cabello.
Dos horas más tarde con la abuela a cuestas vi al primo llegar a nuestra casa, note que lo habían rapado o mejor dicho los peluqueros penitenciarios le trasquilaron la melena con cortadora de césped, el, que tanto amaba su melena estilo “ Sandro” se quedó desconsolado por mucho tiempo.
Ante este hecho yo di gracias a Dios por haberme hecho tan rápido como una gacela porque Charles al no poder correr lo atraparon con las manos en la masa y ahora parecía un conscripto de esos que los milicos amontonan en caimanes en las famosas redadas de reclutas y claro está al verlo así me cague de la risa.
Paso un tiempo y un día el primo se apareció en el cuarto de abajo con el cabello completamente reformado, con unos caneloncitos relucientes, el muy pícaro se había hecho la permanente.
Yo quise saber el porqué de tan drástico cambio de apariencia y postura, me respondió con confidente voz :
“Está demostrado que la permanente es difícil de rapar en caso de que seas detenido por contravenir las ordenanzas municipales que prohíben la reventa de entradas a espectáculos públicos” ante tal respuesta me quedé atónito pero me dije para mis adentros “que permanentes ni que ocho cuartos” lo mejor es tener las piernas agiles.
Varios años después el primo se graduó de Ingeniero y aunque sé que trabaja como tal no estoy seguro si aún continua revendiendo entradas.
