El otro día estuve escuchando unos viejos boleros y recordé que una vez mi padre le había pedido a Raul Show Moreno que le dedique el bolero “Osito de Felpa” a mi madre.
Las letras de este bolero son casi tan cabales que se asemejan a un presagio perfecto por los acontecimientos que meses después se desencadenarían.
Osito de felpa
Juguete de mi hijo
De mi chiquitito
Que una madrugada (CASI)
Se llevó el señor”
Mi madre también me conto que durante esa casi fatídica noche del trabajo de “parto”, ella se la había pasado tarareando este bolero y de rato en rato acurrucaba al tal oso de felpa, seguramente tarareaba y lo apretujaba para despistar al miedo como contrabalance a los infernales dolores de la concepción que estaba por venir.
Estaba claro que arrive a este mundo en condiciones no necesariamente muy optimas, según la matrona que atendió a mi mama durante el “parto”.
Dice que cuando salí del útero de mi madre después de más de 8 horas de intensos dolores, de contraciones tremendas y de un constante puje y requetepuje estaba sin aliento y con el pulso apenas perceptible.
Salí por el sacrificio que hizo mi madre al momento de parirme y por obra y gracia del Espíritu Santo porque si me retrasaba unos segundos más hoy no estaría contando el cuento.
El médico de turno al verme salir de la vagina de mi madre más morado que una mazamorra de api y más endeble y flácido que un fleje de cama dice que hecho un grito al cielo y se desmayó en el acto.
Dicen que el pobre galeno ni siquiera pudo sostenerme en sus brazos porque seguramente yo parecía un amasijo de carne sin estructura, es indudable que estaría más feo que un bofe envuelto en la carcasa de mis meconios, tanto así, que se desvaneció sin ni siquiera haberme dado la consabida palmada en mi trasero para hacerme chillar y comprobar así si estaba vivo o muerto tal cual como era su deber de médico.
Resulta que durante “trabajo de parto” el cordón umbilical se había enredado en mi cuello como una boa contorsionista de tal manera que cuanto más yo me movía más me apretaba y así poco a poco y con volteretas de yapa, me estaba asfixiando a tal punto que mi carita más se parecía a papa imilla que a rostro de niño; fue así, hasta que finalmente después de un esfuerzo colosal de parte de mi madre al momento de parir es que pude escapar de su vientre justo a tiempo para llenarme los pulmoncitos con una milagrosa bocanada de aire.
Una ves ya recuperado del espanto, el médico había aseverado, que si no salia de su vagina en unos escasos 3 segundos más yo hubiera arribado al destino más muerto que una piedra lo cual lastimosamente implicaba que me hubiera marchado al limbo o más propiamente al purgatorio porque sin el don del bautismo y las eucaristías debidas no hubiese podido entrar al cielo como se merece.
Aparentemente, yo padecí del Síndrome de Aspiración de Meconio, meconio es el término utilizado para las primeras heces o cacas eliminadas por un recién nacido poco después del nacimiento, antes de que el bebé haya empezado a digerir leche materna.
Al parecer, inclusive antes de nacer ya me estaba cagando de miedo, envuelto como muñeco de trapo en el bálsamo de mis meconios y en el centro del útero de mi madre porque según dicen los medicos ese mentado meconio generalmente sucede cuando los bebés están bajo estrés, debido a que no están recibiendo suficiente sangre y oxígeno, claro esta, que el cordón umbilical me estaba ahorcando lentamente y por eso no podía respirar y paulatinamente me tes se estaban tiñendo de un matiz oscuro.
Una vez que el meconio ha pasado hacia el líquido amniótico circundante, el bebé puede bronco aspirar dicho meconio. Esto puede suceder mientras el bebé aún está en el útero o aún está cubierto por el líquido amniótico después del nacimiento. El meconio también puede bloquear las vías respiratorias del bebé inmediatamente después del nacimiento.
Mi madre me conto que en mis primeros meses de vida yo no “tome” leche materna porque en ves de succionar la leche de sus pechos yo le mascaba sus pezones con mis encías sin dientes a tal punto de dejarlos como dos guindas enrojecidas y cubiertas de llagas. La había malogrado tanto que ni la seda de sus blusas podía tocar sus pechos entonces ella no tuvo más remedio que ensoquillarme el biberón.
A pesar de que mi madre darme de mamar era lo que más ella quería porque además eso era lo más natural y todos posteriormente en mi familia fueron amamantados hasta por lo menos los primeros 12 meses de vida.
Más aún, ella sabía del provecho y el beneficio de la nutrición natural que proporciona la leche materna, me decía que aunque ella tenía los pechos casi rebalsando de leche ella no podía amamantarme porque como dije, le mordía sus pezones y esto según me cuenta era tan doloroso para ella que ya ni lagrimas para llorar tenía.
La leche Nido no me cayo bien de entrada porque a los pocos segundos según me comentaba mi mama lo desembuchaba enterita o como dirían mis parentelas lo trasbocaba al instante, dice que intentaron durante días y semanas de darme la bendita mamadera pero el resultado siempre era el mismo, tomaba la leche y lo vomitaba cinco escasos segundos después.
A veces dice que me “daban” la leche haciéndome acostar en posición horizontal con la mamadera como una espada de Damocles en perfecto ángulo vertical para que ni siquiera una burbuja escape y todos en vilo y en silencio total, comiéndose las uñas esperaban y contaban los segundos rezando a Dios para que no vomitara y cuando todo parecía indicar que esta ve si estaba reteniendo el líquido blanco, todos se ponían a bailar de alegría y agradecer al señor, pero sus alegrías duraban muy poco porque entonces y sin más anunciaturas dice que yo me ponía más rojo que un uchuluru y lanzaba un eructo premonitorio y la leche cuajada salia a borbotones de mi garganta que parecía una represa desbocada regando las vestimentas almidonadas de mi madre, de mis tías y de mi abuela y ahí en ese instante todos en coro se ponían a llorar ante la impotencia de no poder hacer nada para que la maldita leche sintética se quedara como alimento en mis entrañas y hasta llegaron a pensar que yo lo trasbocaba “al intento” porque muchos decían que desde recien nacido me gustaba joder a la gente y que me causaba gracia los lamentos y dolores de mis parientes.
Mi madre, al pasar de los días y semanas estaba muy preocupada por mi propia sobrevivencia y en silencio ella lloraba y se culpaba a sí misma por no poder alimentarme como se debía y así un día me llevo al mercado chuquimia a ver a unos curanderos que merodeaban las afueras de la ciudad ofreciendo servicios medicos alternativos y curas fantásticas para todos los males existentes y por existir.
Los yatiris en cuestión me envolvieron como si fuera una tawatawa en aguayos multicolores y me espolvorearon el abdomen con cenizas de llijta , me refregaron el trasero con escupitajos verdes y retazos de sus acullicos y me rebozaron la garganta con ungüentos hechos de hígado de lagartija, en sus braseros atizaron yaretas muertas mezcladas con anís y con la ayuda de un coro celestial me mecían de un lado para el otro por encima del humo azulado porque que según ellos todo esta diligencia era necesaria para espantar a los males gastroenterologicos.
Y así experimentaron todo un día miles de subterfugios y rituales milenarios con cantos y tonadas que más parecían que estaban preparando mis exequias, que curándome mis dolencias y como de costumbre el resultado siempre fue el mismo, no había ciencia, ni medica ni criolla que pudiera dar en el clavo con la razón de mi dolencia.
Después del fracasado intento de tratamiento vernacular, mi madre me llevo a ver a mi pediatra y me recetaron cambio de leche. Desde Sucre mi papa había hecho traer una cajonada de leche Similac, bastante como para que puedan alimentarme varios meses, sin embargo, la medicina resultó peor que la enfermedad porque ya no solo vomitaba coléricamente, sino que paralelamente me daba diarrea o ckechalera como decía mi abuela.
Ante tan acongojada situación, decidieron llevarme al hospital donde hicieron una junta de medicos para determinar la causa de mis vómitos constantes y mientras tanto, como es de suponer, yo estaba más flaco que un mondadientes y sobreviviendo solo por la gracia del señor o por la fuerza de mis instintos de salvación.
En el ínterim, mi madre hizo todo lo que pudo hacer para alimentarme hasta tal punto que rentaba indias (con guaguas recien nacidas) venidas de los campos para que me dieran de lactar por un ratito. Mi mama salia a la plazuela Ballivián, afuera de mi casa en busca de sus vecinas y de cuanta mujer en periodo de lactancia que pasase por la calle para rogarles por el amor de Dios que me dieran de mamar unos minutos y así sobreviví por un par de meses hasta que la situación se hizo más insoportable y más difícil porque yo en ves de dar pena daba miedo porque seguramente parecía una miniesfinge disfrazado de fantasma.
Estaba abundantemente claro que la leche maternal sea de quien sea, ya sea rentada o gratuita era lo unico que mi barriga podía retener.
Así pasaron como dos meses y la situación se puso tan mala que a mi madre casi le da ataque de nervios porque ella ya no sabía que más hacer, había acudido a los mejores especialistas y pediatras y a cuanto yatiri ambulante con la esperanza que la ciencia milenenaria de sus culturas podrían proporcionar la cura a mi dolencia amarga, me había hecho mamar la leche de las indias que llegaban a la ciudad y como dije había llegado hasta tal extremo hasta de pagar a cualquier mujer que me amamantara aunque sea por unos breves instantes.
Ante tal panorama devastador y sin cura en la mira, un día me llevo a Puna donde vivía mi abuelo, quizás me llevo con la idea de que me viera por los menos un rato y me acurruque en sus brazos porque todo indicaba que con ese andar yo estaba destinado al cajón, así que, cuando por fin mi abuelo Modesto pudo sostenerme por primera ves en sus brazos cansados fue como si fuera una ceremonia de presentación y de despedida al mismo tiempo.
Después de embarcarnos en el taxi expreso que nos llevaría al vallecito de Puna, mi papa, como si preparando las cosas para lo inevitable, apresuradamente se dirigió a la funeraria de los Santa Cruz, nuestros vecinos, quienes tenían su salón de exposiciones a la vuelta de la esquina de mi casa . Entro al salón donde estaban los féretros amontonados y listos para alojar a los que morirían y le dijo al dueño , quiero que me prepares un ataúd de la madera más fina que tengas y la termines con los mejores barnices y brillos y a mano hagas unos relieves de querubines en los costados del cajón.
El funebrero-ebanista preguntó de que tamaño usted quiere el cajón ? y mi padre contestó “ es para mi hijo de unos meses que anda bien malo de salud “, – entiendo, pero eso no tiene sentido le respondió el funebrero -, por dictámenes de la iglesia y del vaticano dicen que a los infantes hay que enterrarlos en cajones completamente blancos porque eso refleja sus almitas inocentes y como corolario dijo: es mas, como parte del catafalco en lugar de poner esos tétricos candelabros con velas de cera lo velaremos con unos postes de luces de neón para que se vaya contento y no en medio de la penumbra, porque de no ser así, daría la impresión de que lo estarían despidiendo como si fuera un alma cacharpaya.
Habíamos según me cuenta mi mama arribado a la capital de la provincia Jose Maria Linares a eso de las 3 de la tarde en un taxi que mi padre había rentado en calidad de expreso con las instrucciones al chofer de que luego de la visita protocolar al abuelo nos traiga inmediatamente de retorno a la ciudad.
Dice que era una tarde brillante y llena de sol, y en el centro de la plaza principal muy cerca donde mi abuelo tenía su casa se estaban desatando los preámbulos de la fiesta de Santiago Apóstol.
Santiago es un santo ecuestre montado en un caballo blanco vestido de caballero, con túnica y mantos blancos, signado por la cruz de la orden, mientras empuña la espada, cubre su cabeza un sombrero alado y empenachado.
Como un enjambre humano ataviados con policromos atuendos, la indiada había descendido desde las apachetas del ckotupujio y desde lomas de las circundantes serranías , al trote, abrazados en un tumulto fantástico, penetraron imparables por las cuatro esquinas tal cual un aluvion turbulento para asentarse en el mismísimo meollo de la plaza principal de la villa de Talavera .
Las mujeres daban vueltas como remolinos en el viento, giraban concentricamente alrededor de la pérgola central alborotando la paz del aire batiendo sus pañuelos y panderetas blancas en una mano y en la otra hilvanando llijllas en irisadas ruecas de misterios milenarios. Los niños correteaban por delante haciendo sonar los cascabales cosidos a las puntas de sus escarpines multicolores, abriendo brechas entre las siluetas de los arboles de sauce llorón y echando flores de manzanillo por su paso y los hombres danzaban con paso de ganso al igual que una estudiantina militar sincronizada, llevaban amortajados a sus cinturas sus tambores de cuero de chivo, con sus bastones de jilacatas en las callosas manos hacían repiquetear sus campanas de talina y por sus verduscas bocas soplaban sus pinkillos y zampoñas enlutando el ambiente con tonadas silvestres y misereres de angustia, y todos como almas sin penas bailaban en un ruedo infinito sin principio ni final.
Así se había desparramado la chusma como si fuera agüita de cántaro de tierra adentro por la plaza principal hasta el portón de la iglesia para rendir sus pleitesías al santo de la comarca.
Mi madre se acercó a la puerta de la casa de mi abuelo y lo vio ahí sentado, como siempre, imperturbable y lejano al bullicio y la algarabía que se estaba desatando en medio de la principal y sin antes siquiera de decir su nombre, mi madre se echo a llorar a cantaros como si fuera Maria Magdalena, el llanto fue tan profundo y desconsolador que la escandalera de la calle se apagó y un silencio enorme cubrió el cielo azul de la tarde.
Para mi abuelo mi madre siempre fue la niña de sus ojos, el la adoraba si medida y el amor mutuo que se tenían se esparció entre toda mi familia y ese amor se hizo religión en mi casa.
Mi abuelo la vio ahí, mustia y sin movimiento , demacrada y espantada por la preocupación que parecía un alma en pena y ya sin lágrimas porque ni siquiera eso mi madre ya tenía, él dijo – pásame al caballero – me miro, me levanto en sus brazos y dejo que mi insostenible humanidad se apoyara en su pecho muy cerca de su corazón y fue ahí, en ese mismo instante que el supo cuál era la causa de mis malestares y también cual seria el diagnóstico de mi convalecencia, yo, de sopetón le plante una suplica en sus ojos azules y como no seria de otra manera le trasboque en la solapa de su chaleco de cuero a manera de agradecimiento y regalo de presentación.
“Chabelita” – siéntate y no te preocupes que lo arreglaremos al muchacho en menos de que cante un gallo le dijo, y así fue, llamo a un indio que trabajaba para el y le dijo con tono mandón Tatay: Uskkayta apamuy waltaku sara churana wasi, oracion en quechua que más o menos quiere decir Señor, rápidamente ve a traer maíz blanco seco de la despensa el indio volando se fue y volvió con una tinaja llena de maíz blanco y mi abuelo otra ves le dio la orden de moler el maíz en el gran batan de piedra de rio porque para preparar “tiji” se necesitaba que el maíz estuviese molido tan finamente que podría confundirse con arena de playa y así mientras se cocinaba el adobo mi abuelo le dijo a mi mama en vos alta. – “que medicamento ni que ocho cuartos” – ya veras como se pone el muchacho con el thiji….
Fue así, me dieron de beber el thiji en una tutuma de nopal, el thiji en cuestión es similar a una mazamorra de maíz blanco cocido a fuego lento y mezclado con un poco de canela es también muy parecido al tojori. Una ves injerido el líquido viscoso, mi madre sudando de calosfríos por el miedo se persignó y levanto los ojos al cielo esperanzadoramente y espero los temerarios 5 segundos para ver si vomitaba o no.
Pasaron los reglamentarios segundos tan lentamente que parecía un siglo para mi mama y Milagro de Dios, no vomite… entonces mi madre le dijo al chofer que todavía estaba esperando en la sala que se fuera de regreso que había decidido que nos quedaríamos por un tiempo en Puna y para rematar por la alegría mi madre se fue corriendo al centro de la plaza y se puso a bailar las rondas con las imillas del presterio.
Y así nos quedamos como unos seis meses en Puna disfrutando de la cálida generosidad de mi abuelo y deleitándonos de tiempo en tiempo con las flores y las frutas y las tertulias acerca de mis antepasados.
Es por eso, por lo que, si yo estoy vivo es gracias a mi abuelo Modesto.
Será por toda esta epopeya mágica del que fui protagonista durante mi crecimiento que cada ves que hacia renegar y dar colerones a mi tía y a mi abuela ellas me decían “este, tiene este carácter porque es siete leches.
Mi abuela me decía que yo era como un fosforito, porque me encendía rapidito y me apagaba al ratito y mi tía más acertadamente me achantó el sanbenito de “mockocatalan” porque era chiquitito como un gallito de pelea y catalán porque parte de nuestros antepasados vinieron de las regiones de cataluna allá en la vieja España.
Hermanos de sangre tengo cinco pero hermanos de leche debo tener cientos, la pura verdad!
