Dicen que la mordida de perro se cura con la lana del mismo perro, o por analogía, que un amor se paga con otro amor y un olvido se olvida con otro, pero para mí, esas teorías son tautologías Shakesperianas o, si quieren, “cuentos del tío”.
Yo, cuando me apasiono de una flor o de un colibrí, me despojo de todo, me sacudo de mis impurezas, actúo como loco enamorado, llevo flores silvestres en las manos, ando por las nubes como si estuviera pisando huevos, me visto con trajes de tres piezas y escarpines de colores chillones, me comporto como un caballero afectado de histrionismos de tiempos idos, y al pasar por las calles del murmullo, me limpio el trasero con el que dirán de las pitonisas de mal agüero.
Mis amores son como volcanes encendidos, fecundos, son como guerras sin prisioneros, mis amoríos son librados de contradicciones medianeras, son simples y son puros y son por sobre todo libres como el viento.
Será por eso que cuando me di cuenta de que al no poder convivir con la mujer de mis sueños de abril, me retiré al confín más secreto de mis memorias y me carcomí por dentro, incógnito, solitario y acongojado, y asi fue que las flores y rosales de mis primaveras bullentes se marchitaron porque la savia de sus olores y de sus perfumes, se empaparon con la pena de mis lágrimas cristalizadas de dolor y así me pasé acurrucado en el rincón más triste de mis días.
Anduve asi por más de 8 meses, deshilvanando la tragedia de mi amor ensangrentado, ese amor wagneriano como el de Tristán e Isolda que había dejado allá en la “perla de las Antillas”.
Había jurado nunca más enamorarme de otra mujer porque el pago del quiebre sentimental fue tan implacable que ni las avemarías ni las misericordias papales calmaron el profundo dolor al que había sometido a mi corazón irresoluto y para empeorar las cosas las 5 narices de zorro que me regalaron mis amigos para curarme del amartelo se escondieron en el baúl destartalado de mi espíritu accidentado.
Mi corazón roto nunca entendió la plétora de razones por las que había dejado a esa espléndida hembra caribeña, esa feroz dueña de mis fecundas noches de Arabia, la había botado simplemente junto al mar y se quedó allí empotrada en el baldío turbulento del malecón habanero.
Echada a su suerte, se quedó ahí desolada, con la mirada puesta hacia el infinito y antes de partir vi como su alma moría al ver como la mitad de su efigie enamorada se deslizaba de su cuerpo de madreperla, cerró los ojos y extendió la mano y un beso melancólico alzó vuelo de entre sus dedos y se asentó para siempre en el resquicio más profundo de mi corazón de náufrago.
Mi alma culpable se desvaneció en el vacío inhóspito de mi destierro espiritual, me sentí culpable, abyecto, decaído, medio hombre y cobarde.
Fue un confinamiento oscuro y abismal más cruel que un amor nunca consumado. Pensaba que la razón de abandonar ese amor fue por algo más etéreo, no corporal, simplemente ideal, la deje por andar los caminos inciertos del cambio y la revolución, y el compromiso con la patria, pero la rabia del tiempo me hizo entender que equivocado, inocente y boludo fui al confiar en los hombres y no en las ideas y lo peor de todo es que abandone el encanto de lo sublime por lo inmaterial de una revolución traicionada.
Paso mucho tiempo y una noche de octubre me dirigía rumbo a casa y como de costumbre deambulaba por las mismas calles y callejones de la villa, casi al filo de la esquina melancolica de la plaza central , esa plaza complice de mis devenires de joven en molde de hombre, me detuve y mire el cielo despojado de culpa por la muerte de la tarde y vi como el fantasma apóstata de la noche naciente se amilanó en mi cuerpo de caballero andante y de pronto un eco silencioso grito mi nombre por entre las rendijas y las vidrieras de un anciano jeep toyota.
Me acerque como un saltimbanqui y vi por medio de sus empañados vidrios las siluetas de seis amigos y una guitarra. Me invitaron a pasar y nos acomodamos como sardinas en el cubículo sofocante del jeep toyota de mi amigo Raul.
Yo me senté en el asiento posterior frente a ella, la noche cerrada no me permitia verla, pero la podia sentir, no poseo ningun dote de clarividente pero desde esos primeros instantes supe que mi vida de alguna manera estaría indeleblemente ligada a la de esta muchacha librepensadora, energética, aventurera, viajera y ciudadana universal.
La noche se hizo canción, el destilado de uvas blancas del singani se desparramó por los sedientos collares de nuestras gargantas y brindamos por el porvenir.
Hablamos sobre Carpentier, discutimos brevemente la obra de Whitman y Hemingway y tarareamos un par de tonadas de los Rolling Stones . Era americana y había venido a Bolivia como voluntaria de un programa de ayuda y desarrollo para las poblaciones rurales.
Un dia ajeno e inconsecuencial, sería como una semana después la encontré por las añejas calles del pasaje de los ilustres caminando con sus cabellos casi pelirrojos desparramando destellos de rayos dorados por su paso en perfecta sincronización y armonía tal cual una whipala al viento, la invite a un almuerzo y nos fuimos a una alcoba callada del mercado central.
Comimos una zarza de lechugas, un pan sin levadura de Betanzos y una sopa de maní de Caranavi, el aroma amarillento de la sopa empaño el ventanal de nuestro amor naciente y me di cuenta en ese momento que el juramento pretérito que hice tiempo atrás quedaba sin efecto porque en esta niña de semblante norteno me re-encontraba con el amor olvidado de aquella otra musa caribeña.
Era verdad que un amor se olvida con otro amor o por lo menos eso es lo que me estaba sucediendo, pero aun asi me detuve en el dintel mismo de mis memorias, levante mi mirada a lo azul del infinito y me pregunté si esto era traicionar el amor ya lejano pero aún presente o si más bien si era un anunciamiento de lo inevitable.
Daba la impresión de que fue el Eros el dios griego del amor en persona quien puso la piedra faltante al puente del diablo porque como si fuera un sortilegio el día amaneció más temprano que nunca y me sentí liberado, la coraza en contra del amor juramentado se derritio de mi cuerpo y mi mente me dejó otra vez al libre albedrío de mis sentimientos de macho cabrío.
El viernes siguiente con un grupo de amigos nos fuimos a la pena de Don Lucho, allá por la calle Bolivar, ordenamos lo de costumbre tres tapadas y algo para picar.
Recuerdo bien que el grupo KollaMarka entretenía la noche, las notas de sus zampoñas y charangos y el miserere de sus letras fueron sin saberlo el escenario de nuestro amor naciente.
Todos cantaban y brindaban pero ella y yo no escuchábamos otra canción que la sinfonía de nuestros corazones. Antes de marcharnos le escribí unas letras en el reverso de un pasquín del grupo. le había dicho que no necesitábamos de exégesis coyunturales o codigos terrenales, que si algo salía de esto sería por la magia de lo espiritual y lo atrevido de nuestras somatologias.
Unas semanas más tarde yo estaba de viaje hacia la ciudad de Tupiza para inaugurar una obra comunal, y al pasar por las lejanías del semi valle de pronto vi la imagen de una damisela con mochila azul, botas de hiking y cabellera colorada rastrillando las serranías de cuchu ingenio, le dije a mi amigo flaco Loayza quien conducía el vehículo que parara para ver quien era la silueta peregrina.
Paramos la camioneta y di un silbido de golondrina, se acercó a las faldas del vehículo y sentí que su corazón empezó a bailar como un trompo por la emoción y el encuentro casual.
Ya dentro del vehículo en marcha puse un cassette de Silvio Rodriguez y nunca hubo letra más propicia que estas líneas:
Todo empezó en la sorpresa,
en un encuentro casual
pero la noche es traviesa cuando se teje el azar
sin querer se hace una ofrenda que pacta con el dolor
o pasa un ángel, se hace leyenda y se convierte en amor.
Es muy probable que si no la veía en esa fracción de segundo caminando por las laderas de ese cerro nunca quizás hubiese florecido el amor nuestro. Es el destino como dirían otros pero para mi fue una afirmación de que realmente los amores verdaderos no se los busca sino ellos llegan cuando uno menos lo espera, y asi fue , ella llego y hecho bandera en mi pecho aun trepidante de dolor.
Se arrimo al estribo de la camioneta y nos fuimos rumbo a Tupiza, serian como las doce del dia cuando llegamos a una plazuela vacía de Cotagaita y almorzamos un ají de fideo con uchulurus de río abajo y bebimos refresco de mockochinchi. Llegamos a Tupiza como a las 3 de la tarde a las oficinas regionales de mi trabajo, los comunarios y autoridades habían preparado una parrillada de carnes de llama, vaca y ternero para festejar la obras y el recibimiento mio.
Me pusieron guirnaldas en el cuello y me echaron mixtura de colores en la cabellera y rompí una botella barata de champagne Argentino para challar la obra y el curaca le echo agua bendita para que dure mil años y yo me eche un discurso de diputado alabando al gobierno por ser tan bueno con los comunarios y sus intereses.
Comimos tunas, mote, choclo y bebimos chicha, bailamos unas cuecas y al merodear la medianoche nos fuimos rumbo al Hotel Mitre cantando y silbando y tomados de la mano sucumbimos ante el fogueo de ese amor incandescente que me hizo olvidar la terrible locura de mi otro amor expatriado.
Unas semanas más tarde nos fuimos a merodear por las tierras del Tunupa, a explorar esa amazonia jupiteriana llena de volcanes y lagunas multicolores, la tierra de Cora-Cora y Chullima.
Mi amigo flaco como de costumbre conducía la camioneta institucional, nos habíamos procurado alimentos, bebidas y otros menesteres para el largo viaje.
Emprendimos el recorrido antes de la anunciación del alba y nos perdimos en la lejanía de los cerros, pasamos por los parajes indómitos de la puna altiplánica y nos desmontamos de las serranías hasta llegara a la laguna colorada.
Admiramos la naturaleza subterrenal de esas tierras imposibles de describir donde el silencio es infinito y los volcanes eructan bocanadas de borax para cubrir las mesetas y los cielos andinos.
Nos rociamos las caras con las aguas argentas de la inmensa laguna. Nos miramos en el espejo mágico de esas aguas y nos besamos ante la mirada mustia de los flamencos rosados y el panorama fantástico del licancabur.
Esa noche nos hospedamos en un complejo científico Japonés , ella y yo nos acurrucamos y nos metimos a una bolsa de dormir porque el frío era tremendo , el termómetro marcaba -20 bajo cero y nos preguntamos que como los pobres flamencos sabrian resistir las tormentas de viento y el frío polar de los alrededores, al despertar el día decidimos regresar a la civilización.
A medio camino, en ruta hacia Uyuni, una tormenta de nieve colosal empezó a caer y en solo dos horas el manto blanco de sus nieves cubrió por completo el horizonte, si no fuera por la pulsera de mano uno no podría saber si era de noche o de dia.
No se podía distinguir ningun objeto a mas de dos metros de distancia, nunca había experimentado una tormenta semejante. La nieve caía como un alluvion de apocalipsis, y parecía que el mundo estaba llegando a su final, era como si los Dioses estuviesen echando baldes y barriles de nieve alrededor de la camioneta para vararla y no dejarnos escapar.
Pusimos la camioneta en 4 por 4 pero aun asi se movía muy lentamente porque las ruedas solo rotaban en sus ejes y de pronto pasó lo que más temíamos, el motor de la camioneta se apagó y nos quedamos empantanados en el mar niveo.
Mi amigo y yo decidimos salir para destapar la capota de la camioneta y diagnosticar lo sucedido pero la nieve había cubierto las puertas y era imposible el poder abrirlas es asi que salimos gateando por las ventanas y lastimeramente pudimos abrir la capota para limpiar el carburador.
De pronto se hizo real la posibilidad de morir de hipotermia y quedar congelados en la vereda del camino y me asuste no por mi sino por ella.
Ella estaba durmiendo en el asiento trasero pero al apagarse el motor la calefacción se murió fue en ese momento cuando despertó agitada ante un mundo blanco cubierto de nieve y viento sureño. No teniamos ningun instrumento para auxiliar a la camioneta , solamente había un inflador de mano en la parte trasera del asiento, la saqué y empecé a soplar aire en la embocadura del carburador pero la nieve era más persistente y se metia por toda rendija lo que dificultaba la operacion hasta el punto de lo imposible.
Pero los dioses son grandes porque luego de varias intentonas y decenas de soplidos el carburador se limpio y el motor empezó a rugir otra vez, dejamos que la camioneta se recargue por sí sola, la enganchamos su 4 por 4 y emprendimos el retorno tan rápido como pudimos porque si te quedas trancado en esas soledades del desierto de Silioli o plantado en la interminable ruta árida las posibilidades de rescate son mínimas.
Luego de esas peripecias quijotescas retornamos a la ciudad y en ese momento decidimos vivir juntos y nos alquilamos un cuartucho unos pasos más abajo del cine américa.
Ya pasaron 25 anos de esa aventura mágica y hoy seguimos juntos todavía descubriendo día a día el significado de la vida y continuamos con este viaje bendecidos y perplejos ante lo atrevido de esta nuestra inmortal saga .
