Heuristica del Metodo del Paracaidismo

En el ensayo “La decadencia de la mentira” , quizás uno de los más representativos de todos sus escritos sobre crítica estética, Oscar Wilde, entre otras cosas, afirma que: “la vida imita al arte mucho mas que el arte imita a la vida”, y que un artista inventa cosas que la vida quiere imitar y que sus seguidores (entre los que me encuentro yo) tarde o temprano acaban por escribir párrafos tan semejantes a la vida que no hay modo de creer en su verosimilitud.

No pretendo insinuar, mucho menos afirmar que estos renglones que ilustran muy de pasada, ciertos pasajes de mi vida y la vida de mis “socios en el crimen”, sean un arte en si mismos, por el contrario, son simplemente facetas de unos instantes, fragmentos inocuos de una vida salpicada por una pisca de locura, son episodios narrados con un toque de fantasia de unos sucesos vividos en el contexto de un arte surreal casi imaginario.

Cuando vi la película “the wedding crashers”, me trajo a la memoria el recuerdo de unas aventuras cuyos objetivos y desenlaces tienen mucho de parecido con los del argumento de este film, tal es la semejanza que daría la impresión de que el guion cinematográfico es un libreto hablado que describe el devaneo y las correrías de una peligrosa banda de jovenzuelos allá en los principios de la década de los ochenta en la que yo califico como la época de la pérdida de la inocencia.

PRIMERA PARTE, EL FANDANGO

No hay diferencia entre el arte y la vida. quien no hace de su vida un arte; no está vivo”.
Alejandro Jodorowsky

Recurrían a la ilusión óptica de los espejismos mágicos para meterse por las rendijas del guateque como rayos de luces y sombras, una vez dentro, invocaban al conjuro de la psicología de los milagros para que no los descubran y poder pasar desapercibidos como los breves olores de los perfumes de segunda mano, como vientos amainados se metian por las cuatro esquinas, casi flotando como espectros de operetas en un estado de catarsis casi invisible.

Silentes como mimos para no despertar sospechas, esperaban confundidos entre la multitud de convidados a que terminen los actos protocolares de los brindis y los discursos de ocasión para luego darse de alta y desatar un torbellino de pasiones y juergas propias de las saturnales decadentes del imperio romano y en menos de que cante un gallo se apropiaban de la jarana y para beneplácito de la concurrencia se convertían en los animadores y principales protagonistas de la pachanga con la única finalidad de pescar en rio revuelto.

Una ves dentro, ya librados a su suerte, empezaban a recorrer las heredades del fandango, soliviantando el ambiente con danzas y brincos al más puro estilo de los pepinos de febrero para dejar paralizados de asombro a los pasantes.

A manera de romper el hielo, irrumpían con una coreografía inicial que incluía actos y bailes similares a los del Cirque du Soleil cuyos acrobáticos movimientos dejaba deslumbrados y henchidos de emoción a los concurrentes, aprovechando ese estado de alucinamiento y obnubilacíon, desperdigaban a las parejas y como en los cuarteles formaban tres filas donde amontonaban a las solteras en la primera, a las casadas en la otra y en la última fila a las que decían no pertenecer a ninguno de esos bandos.

Las separaban de esa manera para catalogarlas de acuerdo a las leyes universales de atracción; por talla, curvatura de las cejas, longitud de cabelleras, medidas de cinturas y cosas por el estilo pero sin discriminamientos de ninguna índole, la única condición obligatoria era que estén aptas y cien por cien dispuestas para los romances y asuntos del corazon y naturalmente tengan la edad legalmente requerida.

Levantaban ese inventario, pese al griterío y él rechifle de las menos agraciadas que se quejaban de no haber sido incluidas en la purga.

Casi siempre, el democrático acto de inventariar generaba tal desasosiego entre las damas no escogidas que las hacía sentir carentes y huérfanas de amor que las obligaba a declararse en bancarrota de querencias y más turbadas que nunca escapaban corriendo a beber de pócimas taumatúrgicas que ofrecian los curanderos de amores no correspondidos, hasta emborracharse con sorbos de consuelos amantorios y resignarse a su suerte desojando margaritas o leyendo estrofas de poemarios escritos con ternura y compasión.

A las afortunadas, las encandilaban con el destello de sus miradas repletas de lujurias y las hipnotizaban con sus garbos y donaires cubiertos de misterio y fantasía para que pierdan la cordura y en un momento de locura suelten las trenzas y aflojen los estribos y se rindan indulgentes ante sus pretensiones donjuaneras como verdaderas feligresas de la congregación del desenfreno en la esquina más anónima de la calle de la perdición desafiando inpunemente el temporal frígido de la villa.

Así pretendían despedir la noche, a la intemperie, sin importarles la inclemencia de las torrenteras, de las lluvias y las tempestades, cobijados únicamente por el silencio cómplice de la luna y el atisbamiento mudo de las estrellas, inmersos en un acto carnal y primitivo, entrecruzados y abrazados como dos siluetas de una furtiva sombra con la primera voluntaria y si la gracia de la fortuna les permitía, lo hacían sin miramientos, con la conquista del fruto prohibido aun antes de que el mismo novio la pudiera saborear durante la noche nupcial.

Mientras más veía la película, más tenía ganas de chantarles una denuncia y meterles un juicio por plagio intelectual a los guionistas de esta magnifica joya del séptimo arte y demandarles por falta de pago y por concepto de regalías, porque como bien decía, el argumento de esta película es la historia misma de nuestras epopeyas de la jodienda juvenil.

Es más, hasta podría afirmar, que la síntesis de la película bien pudo estar basada enteramente y sin quitarle un ápice, en estos renglones rescatados de las mechas del olvido, los que no son otra cosa que el recuento de un deambular bardo de unos jovenzuelos de la década de los 80.

Si bien fuimos los pioneros en su practica, hay que aclarar sin embargo, que el hecho de entrar de contrabando, o caer con paracaídas, o meterse de coladera a eventos sociales, como matrimonios, bautizos, ceremonias de graduación y aplazamientos e inclusive a velatorios de muertos desconocidos, no la inventamos nosotros ni mucho menos, es más, esta cualidad de meterse de contrabando, es más vieja que el acta misma de nuestra independencia, y está tan enraizada en nuestra cultura y folclore nacional que hasta los bienes e inmuebles de la misma aduana son de contrabando.

Eso si, debo reconocer, sin temor equivocaciones ni falsas pretensiones, que verdaderamente perfeccionamos ese arte ya olvidado a tal grado que funcionaba con la precisión de reloj suizo.

Solo Dios sabe que la finalidad de estos vilipendiados trajines eran para saciar nuestras necesidades alcoholeras, las que sumariamente eran atendidas en un dos por tres, y la segunda, y quizá la más crítica y fundamental como en la película, era intentar acabar la francachela con el pantalón a media asta, copulando en algún rincón de la villa con alguna invitada que dejo a buen recaudo, el sonrojo y el decoro y apurada por la prisa y el olor de la impudicia se animaba a fugarse de la fiesta por unos simples momentos mientras su pareja, dormía la mona, entre San Juan y Mendoza, y así, cubiertos por el manto de las imberbes estrellas y guiados por la polvorienta luz que emanaba del dilapidado farol de la esquina, buscar la oquedad menos visible, para amar sin medida ni clemencia y degustar al ritmo de un abre ojos, del deleite proscrito y clandestino propio de la infidelidad conyugal.

Recuerdo como si fuera ayer, las preparaciones que hacíamos, los inconvenientes que salvábamos y las penurias que soportábamos y a los trucos a los que recurríamos para escurrirnos a los matriquis, y lo hacíamos con el ímpetu pavoroso de los peces sentenciados a muerte que nadan contra la corriente, sorteando cascadas y turbulencias traicioneras, evitando anzuelos y cantos de sirenas para no acabar malolientes y tiesos de susto, envueltos en fajas de hielo en las mesas de los mercados o petrificados como fósiles en las salmueras coloniales de las lagunas de San Ildefonso.

Como en esas épocas no había nada más atinado ni provechoso que hacer y para no malgastar nuestros preciados fines de semana haciendo tareas, asistiendo a museos y a conferencias de sabidurías o en otras operias de esa índole, nos filtrábamos de coladeras, todos los benditos sábados y lo hacíamos religiosamente sin perdernos ni una sola, como si acudir a matrimonios fuera una penitencia decretada por el santo diacono del presbiterio del despelote.

Obviamente, nos metíamos en todos esos embrollos a sabiendas de que podíamos acabar o presos en las frígidas mazmorras de la policía, o ser prontuariados de por vida, por contravenir las normas de la moral, o peor aún , acusados de cometer miles de tropelías y pecados sin nombre y ser condenados por los múltiples delitos de intromisión, seducción, copulación, irrupción, intimidación y de todos los delitos terminados en “ión”, y hasta de corrupción, por intentar corromper a las nodrizas, a las monjas y a las beatas que eran a veces las invitadas de honor.

Aun así, lo hacíamos de todas maneras, con suma precaución y con la confianza de la experiencia adquirida en centenares de paracaidismos exitosos, siguiendo las huellas y el sigilo anónimo de los fantasmas, sin ser invitados y obviamente – nobleza obliga, – nos aparecíamos con nuestro regalo de bodas y con nuestras perchas bien planchadas y almidonadas como si fueran uniformes de malmandados.

El regalito de marras, consistía muy precariamente las más de las veces, en un amasijo de flores de fantasía, o en una media-docena de vasos de vidrio barato comprado a las volandas en el mercado negro, o en el peor de los casos, llevábamos los tres artefactos indispensables y codiciados en un nuevo hogar, como son el lavador acompañado de su jarra y su bacín de fierro enlozado, todos bien envueltos en papel celofán.

Nos aparecíamos muy diligentes y puntuales en el umbral de la puerta del jubileo con los regalos a cuestas, en caso de haber seguridad en la puerta de la trapatiesta, lo más probable era que al ver los regalos, los guardias automáticamente asumirían que éramos invitados legítimos y nos dejarían pasar sin ningún contratiempo, porque, solo a los deschavetados se les ocurriría malgastar el dinero inexistente llevando regalos a un evento al cual no fueron invitados.

Estas actividades no eran automáticas, mucho menos garantizadas, ni tampoco nos invitaban por nuestras lindas caras, es más, fueron siempre actividades onerosas que requerían una metódica planificación, una proba estrategia y una dosis de buena fortuna, pero lo más importante, era que requerían de un alto grado de sinverguenzura como condición “sine qua non”, lo cual no era nada del otro mundo dado que el descaro y la desfachatez eran nuestro estado natural y nuestras tarjetas de presentación.

Las estratagemas dependían de la ocasión, la mayoría de las veces –por si las moscas- a media semana, nos asomábamos a los talleres de la imprenta del padre de un amigote, para ver si este malandrín tenia invitaciones de sobra, porque él siempre se aseguraba de mandar imprimir unos extras “para casos de emergencia” según él explicaba.

Si este era el caso, entonces la cosa resultaba mucho más fácil y nuestro ingreso estaba virtualmente asegurado sin mayores dolores de cabeza y libres de todo estrés y contratiempo.

En la villa de esos tiempos, los jóvenes y particularmente los estudiantes andábamos largados de la mano de Dios y más pobres que monjes jesuitas, de esos que llevan una dieta de sibarita y viven la apacible “dolce vita” en los conventos amurallados de la ciudad, si, de esos mismos que hicieron miles de votos de pobreza, pero ni uno solo de castidad.

Las miles de veces que caminábamos por los empedrados de calles del jolgorio persiguiendo el rastro y las huellas del tumulto de las cofradías de enamorados, lo hacíamos siempre con mucha fe y con la alegria contagiosa de un tíaso en marcha y con la disciplina militar de una tropa extática de Dioniso.

Bien trajeados y disfrazados con indumentarias de apariencia solvente, recorríamos los senderos de la diversión con la parsimonia y la elegancia de don Juan Tenorio.

Pese a caminar ataviados como cortesanos del rey, de nuestros bolsillos vacíos pero llenos de viento, escapaban tristes melodías despojadas de oros y riquezas, poniendo al descubierto el estado paupérrimo de nuestros avatares, era siempre así, que al no tener metálico, eternamente nos fiábamos dinero de los sutanos y los menganos y hasta el día de hoy miles de esas deudas quedan impagas, nunca cerramos las cuentas porque éramos fanáticos de los preceptos de esa verdad bien verdadera que dice: “deber es de caballeros y cobrar es de cholos”.

Es por eso, que en menor o en mayor medida, recurríamos a esos métodos inusuales para caer como paracaidistas en eventos de toda laya solo por darle gusto a nuestras adrenalinas y calmar así nuestras energías de juglares troperos.

En las sociedades de esos tiempos, no era tan importante cuanto uno sabia, sino más bien, era vital a quien uno conocía, consecuentemente, era de incalculable valía entablar estratégicas amistades.

Por ejemplo: trabar amistades con el imprentero que ya mencione, quien aparte de regalarte invitaciones truchas te podía imprimir veinte mil obituarios y edictos oficiales, lo suficiente como para empapelar todas las paredes de tu casa y de tu barrio.

Hacer buenas migas con el zapatero de la esquina era absolutamente necesario, porque este sujeto, no solamente te ponía un chafallo en tus calzados sino que también en un abrir y cerrar de ojos te aumentaba la altura de tus zancos para el zapateo que se avecinaba y así de paso y por buena gente compensaba tu desnutrición y falta de estatura.

Ni que se diga de mantener amistad con el lustrabotas de la esquina, quien entre betunes y tintas, con escobillas en cada mano y malabarismos de por medio te relataba todo el acontecer policíaco del día y te ponía al corriente de cuanto chisme recorría por la ciudad y de yapa te hacía leer gratis el periódico del día.

Y así, charla que te charla, te lustraba tus manacos a tal punto que podías ver tu imagen de fandanguero reflejado en las puntas de tus calzados como si fueran espejos cóncavos y convexos.

Y no menos crucial, era el sostener amistad con el sastre del atelier de moda, quien por supuesto, no solo te ponía cierres a tu bragueta desobediente sino también te remendaba los agujeros de tus pantalones y te cosía parches de cuero en las postrimerías de tus raídos vaqueros y cuando las cosas realmente andaban mal, te daba la vuelta al terno completo y así en un abrir y cerrar de ojos tenías una pilcha nueva como si fuera un traje de doble cara.

Pero, si no se podía conseguir las invitaciones con antelación, independientemente del método empleado, entonces seguíamos invariablemente una rutina que siempre daba resultados y cuyo modus operandi es más o menos como sigue:

Primero, había que rondar por la catedral como dicen los ingenieros y los agentes del orden para hacer una evaluación directa, ( – in-situ – ) de los matrimonios en cuestión.

En esos tiempos, muchas de las parejas que contraían nupcias, especialmente esas de alcurnia y de buena cuna, lo hacían en la catedral de la ciudad y para ello se acantonaban en las inmediaciones de la plaza principal en compañía de sus invitados de rigor y de su séquito interminable de damas de honor, las que venían por delante espolvoreando las baldosas y los adoquines con talcos perfumados y desparramando pétalos de jazmines y serpentinas de miles de colores hasta convertir las calles en una alfombra persa estampada de flores casi marchitas para que atraviese por ella la comitiva oficial de autoridades, padrinos y parentelas de los novios.

Las novias hacían su aparición por la vereda de la calle de la pulmonía, después del repiqueteo del segundo campanazo, arrastrando la cola interminable de sus vestidos donde habían hecho bordar en punto de cruz los poemas de amor y las cartas de despecho de todos sus pretendientes, llegaban así, en medio del murmullo y la adulación de propios y extraños, venían envueltas en un inmenso tul de seda como pastas de Millan, con ramos de filigranas de plata bordadas en el encaje de sus ajuares de novia.

Pasada la ceremonia, salían por el portón principal como visiones divinas en medio de una lluvia de arroz, emergían como de la nada, agitando un abanico de papel en una mano y con un ramo de rosas en la otra, se ponían de espaldas en la primera grada y aventaban los pétalos de rosas a la conglomeración de amigas y primas, a las que les había dejado el tren y a las solteronas empedernidas que saltaban una encima de la otra como arlequines en esteroides con la ilusión de atrapar ese manojo de flores que les permita ser otra vez pretendidas porque aún no tuvieron la fortuna de haber sido entregadas en santo matrimonio.

Era imposible reglamentar la presencia irrefutable de los curiosos y menos aún ahuyentar el acecho permanente de los paracaidistas de cepa como nosotros. Todos los presentes, convidados o no, que se daban cita en los sagrados predios de la iglesia mayor, se fundían en una mescolanza más desordenada que la torre de babel, y ansiosos esperaban que el cura decrete la absolución del pecado original y los uniera de una ves como dios mandaba porque ya estaban cansados de escuchar oraciones y avemarías, peor aún, permanecían hincados y sin poder moverse condenados al suplicio del cosquilleo en los pies, desesperados de querer bailar y porque ademas se estaba haciendo ya tarde y daba la impresión que esas largas ceremonias le estaban robando tiempo a la fiesta.

Una ves recuperados del espanto y el letargo de la liturgia, inmediatamente se generaba una trifulca de proporciones bíblicas entre los presentes porque todos querían escapar a la calle y ser los primeros en sentar soberanía en las trece gradas pétreas de la catedral para presenciar la salida triunfal de los novios y ademas tener la oportunidad de llevarlos en ancas y vitorearlos por el connubio que acababan de cometer.

Desde tempranas horas de la tarde, la gentuza iba confluyendo en el medio de la plaza del regocijo, la que no daba abasto, porque el reguero de gente la desbordaba por el este hasta la iglesia de San Benito, por el norte hasta la iglesia de la Merced, por el sur hasta el convento de Santa Teresa, y por el oeste llegaba hasta las gigantes puertas de la capilla del cementerio municipal enclavada en la zona casi medieval de San Roque.

Eran así de tumultuosas, las tracaladas casantorias que parecían marchas del hambre o manifestaciones políticas en contra de las dictaduras y del “sociolismo”.

Nadie sabía porque había esa fiebre de casamientos, eran como diría, Garcia Marquez “amores en tiempos del cólera”, lo que sí es verdad, es que eran una jauja y bonanza económica para los notarios de fe pública que por tanta actividad hasta se les acababa la tinta de tanto escribir los certificados de matrimonio y para los curas ni que decir, eran como una bendición bajada del mismo cielo, puesto que cobraban de acuerdo al pecador, un dineral por la misa entera y si una pareja requería una oración con verso y poesía les sacaban los ojos de la cara.

Otros especulaban, que en esos días ocurrían muchos matrimonios porque los enamorados no tenían televisión y la única manera de divertirse era practicando el kamasutra en las desoladas y frígidas noches de la villa y que esta era sin duda la causa por la cual la gran mayoría de los casamientos se consumaban más por prescripción medica que por razones del corazón, o finalmente como decían los tinterillos, se casaban para no verse involucrados en riñas de sábanas o en pisck’o pleitos.

En fin, sin importar cual fuese la causa o la razón, la verdad era, que eran tantos los comprometidos dispuestos a perder su libertad que las banquetas de la santa catedral no podían acomodar al colosal contertulio, de tal manera, que el cura de turno no tenía más remedio que oficiar una misa a lo vox populi y casarlos en masa como en un sindicato de amantes ayudado por un megáfono de mil vatios para que se oigan bien claro las arengas y los mandamientos y a continuación procedía con una oración en plural y un desparrame de tres gotas de agua bendita por pareja y así los casaba sin más preámbulos ni lloraderas.

Pasada la solemne ecuménica, las parejas de novios salían de la casa de Dios en los hombros de sus padrinos, convidados y demás compinches en una procesión parecida a la del primer jueves de la cuaresma, y claro, los coladeras enfilaban hacia la puerta como estampida de bueyes, tropezando con los escapularios, rompiendo las pilas bautismales, y dejando desparramados por los suelos las alas desportilladas de los santos de yeso.

Corrían como desquiciados, apagando las velas a medio arder con el aire casi mojado que salia de sus pulmones a punto de explotar, así salían, en ese estado de hipertermia colérica a echar mixturas y confeti a los flamantes esposos y para alegrar aún más la ocasión hacían explotar sendos cuetillos y cachorros de dinamita en el aire como contrapunto al repiquetear plañidero de las campanas de los templos.

Era ahí, en ese desorden engendrado por el gentío y el alboroto, que uno escrutaba delicadamente a cada pareja, calculábamos la cantidad de convidados y medíamos los decibelios altisonantes de la bulla y tomábamos temperatura al pandemónium que armaban sus secuaces.

Prestábamos también mucha atención a la indumentaria de los novios porque había una correlación directa entre el volumen de la bulla y el atuendo de los cónyuges, mientras más bullanguera la algazara y más colorido el atavió de los novios, la fiesta prometía más joda y más despelote, es así que seguíamos a fe ciega este método que casi siempre y con certeza matemática denotaba la calidad y el potencial de la fiesta de bodas en ciernes.

Mientras tanto, los novios recorrían los empedrados de la villa, en esos vetustos taxis del año de la milonga, alquilados bajo la pretensión de comportarse como carroza nupcial, y a cuyos traseros amarraban un racimo de latas de leche evaporada y sardinas entomatadas para que suenen como cascanueces y anuncien las ultimas casualidades del amor.

A modo de un paseo nupcial, transitaban por los recovecos de la viejas calles, que no hacia mucho fueron el escenario de sus amoríos clandestinos y de sus apareamientos prematuros, de soslayo veían por entre los visillos como sus amigotes y los curiosos les agitaban banderitas y pañuelos blancos como si casarse fuera un acto de liberación de la patria.

Recorrían el trayecto amarrados como garrapatas sin querer desprenderse en el asiento descapotado del vehiculo, a la vista y paciencia de vulgo, manoseando y hurgándose sus intimidades incrementando así el jubilo en ascenso de los transeúntes y ante la mirada dislocada del chófer quien no sabía si conducir o hacerse una paja, así iban por el camino del desposorio como esos gatos callejeros en estado de celo a punto de expirar y dejando el vehículo impregnado de secreciones y olores de coitus interruptus que ni con sahumerios de sándalos, aromas de anises o inciensos de eucaliptos se volverían a quitar.

Paseaban así, anunciando a los cuatro vientos que estaban listos para escudriñar sus níveos cuerpos y que esta vez lo harían sin la urgencia de los amantes solteros, con la calma y con el gusto de un amor legalizado, porque ahora tenían la bendición de la santa vicaría y el respaldo necesario con los papeles del notario.

Mientras todo este barullo ocurría, nosotros formábamos un comitiva cuya misión era dar con el paradero del lugar del evento, tarea relativamente sencilla dado el carácter enclaustrado de la geografía capitalina.

Los matriquis, eran noches interminables de algarabía, santificadas por el mismísimo Baco, dios del vino y de la vendimia, inspirador de la locura ritual y del éxtasis total, eran noches llenas de placer económico al calor de los líquidos espirituosos que se servían como lluvias torrenciales en tiempos de sequía.

Cabe mencionar, que, independientemente de la alcurnia o el nivel social de los novios, en estos eventos sociales se servían por lo general mucha bebida y muy rara ves alguno que otro bocadillo como entremés, y si lo hacían, invitaban con tremendo alboroto un par de galletas de agua embadurnadas de mantequilla, con una pinche aceituna en el medio como adorno, convidaban esos mini manjares para prevenir los síntomas prematuros de la embriaguez, y si servían platos fuertes, eran a la muerte de un obispo, no daban comida para evitar espectáculos de malos modales y posibles vómitos por indigestión, o brotes de urticarias contagiosas.

Una ves iniciado el fandango, los mozos, quienes eran de hecho los personajes más importantes del evento, se aparecían luciendo sus ajuares blancos y sus michi corbatas negras lo que les daba una apariencia de conductores de operas de baja ralea, se aparecían por turnos zigzagueando por entre los danzantes equilibrando en las manos unas charolas redondas de aluminio repletas de los famosos “ferrocarriles”.

Los ferrocarriles, no eran otra cosa, que una veintena de tragos de dudosa manufacturación y de colores secundarios apiñados una detrás de la otra como un tren de juguete, eran servidos en unos vasitos de vidrio tan minúsculos que parecían dedales de sastre y para el colmo de las cosas te obligaban a beber uno detrás de otro, sin perder el aliento y al seco, los cuales al cabo de unos míseros minutos impulsaban al vomito colectivo de los participantes.

Al bordear la media noche, los músicos alquilados empezaban a hacer sonar sus trombones y clarinetes y de pronto la muchedumbre empezaba a entonar en tono disperso, dependiendo el estrato social de los cónyuges, o la pequeña serenata nocturna, de Mozart o el tradicional himno casantorio, “Ímapaj casaran, imapaj casaran, wawa chuckunaypaj” literalmente traducido como : “para que te estarás casando, para que te estarás casando…..para acurrucar a tus guaguas sera ”.

A esta hora, cuando la mitad de la fiesta ya estaba ida, el trago fluía como manantial sin límite y era este el momento propicio para que los paracaidistas nos adueñáramos de la fiesta entera, de todo su contenido, de todos los insumos y consumos y hasta de los sonidos de los clavicordios y de yapa tomábamos de rehén a la misma noche, doblegándola a nuestro antojo para que deje de quejarse por el ultraje y la desobediencia a sus recomendaciones de buen decoro y circunspección y como castigo la atábamos en el confín de bullicio a una silla solitaria para que amanezca como víctima de drácula, con el cuello abierto por la mortal herida del fulgor de la mañana.

Armábamos tanto escándalo y despelote que convertíamos el fiesterio en un evento incompatible con el santuario de la discreción, en una especie de bacanal, en una cornucopia desbordada de pasión y de locura, donde el mismísimo baco se sonrojaba de vergüenza y se escapaba por la ventana con la ultima gota de pudor que le quedaba.

Despojábamos al evento de sus moralidades banales y la infundíamos con ánimos y gestos, piropos y carantoñas dirigidas a las invitadas en anticipación a lo que podría suceder.

Sin embargo, hubo otras veces, que como una conjura en nuestra contra, prohibían el consumo desequilibrado de licores, tanto así que los mozos eran obligados a solo servir solo 4 tragos por nuca y llevar cuenta en un papel a la manera de tricas y quinas de una anotacion del juego de cacho.

Esta prohibición insensata, no solo contradecía nuestros principios sino que de hecho era una afrenta a la constitución de los paracaidistas que no soportábamos ninguna ley seca, pero si los padrinos y contribuyentes se salían con la suya, entonces no había más remedio que ‘aceitear’ a esos hombrecillos vestidos con uniformes de pingüino para que no nos “hagan faltar” y que nos sirvan dobletes y hasta tripletes y así agenciarse una cuota respetable de licores suficiente para pasar la noche.

Naturalmente, hubo otros eventos en los cuales mis amigos y yo tuvimos que recurrir al olvidado, pero aun respetado, arte de meter de contrabando “chanchitos de cuarta categoría”, los disimulábamos metiéndolos en bolsas nylon en las mangas y solapas de nuestros sacones de terciopelo, empleábamos todas esas artimañas para “impulsarnos”, para perder la vergüenza y darnos el ánimo necesario para bailar unas cumbias y unos mambos de esos que solo se oyen y se ven en las chicherías de los patalados.

Otras veces, obligados por las circunstancias, recurríamos al truco de empinar el codo anticipadamente en los baratos tugurios de la villa, con el deseo y la esperanza de alcanzar el codiciado estado de “estar al punto”, ese aletargado estado de boludez que por arte de magia nos hacía creer que eramos agraciados como Brad Pitt, que bailábamos como Michael Jackson, que cantábamos como Mercedes Sosa o que poseíamos un pico de oro como de diputado suplente y más beodos que una uva, nos echábamos unos discursos cojudos e incoherentes sobre la relevancia de la inmortalidad de las moscas en la sociedad plurinacional y cuanta huevada se no salia del hocico.

Durante la apoteosis del quilombo, bailábamos como trompos, bebíamos como condenados literalmente tomando la vida a la ligera, como si tuviéramos la conciencia tranquila, así, esperábamos el menor descuido para atrapar a nuestras presas como lo hacen los zorros en gallineros mal cuidados, pero no faltaba algún cojudo que aguaba la fiesta, porque en un arranque ausente de prudencia, y con la copa en la mano se animaba a brindar por la felicidad de los flamantes esposos, hasta ahí, todo bien, luego continuaba desparramando unas gotas para la pachamama como si fuera un presterio o un tipanack’u, y lo peor era que el beodo indiscreto empezaba a sugerir públicamente al cónyuge “tienes que matar al gato hermano” ante el desparpajo de los padrinos de la boda que se jalaban de los pelos por el bochorno y boquiabiertos contemplaban como un inmisericorde silencio inundaba la sala y pretendía terminar con el jolgorio, y como si eso no fuera poco, terminaba su soliloquio con broche de oro, con una cagada colosal, que consistía en recordar al marido-cero-kilómetros que estaba a punto de arrepentirse, que aún tenía tiempo, que lo pensara dos veces, antes de consumar el coito de rigor.

“Matar al gato” en la jerga de los fandangueros no era otra cosa que recordarle que su primera infidelidad debería de acontecer en los primeros 3 meses de casado o de lo contrario su matruiqui no funcionaría.

Pese a todo, continuaba la fiesta, y uno seguía pignorando el tiempo y el espacio, bailongueando con la tal y con la cual, y casi siempre uno quedaba deslumbrado por la muchacha que estaba sentada en una tarima, la misma que al compás de la música abría las piernas con la cadencia ondulante de las puertas de vaivén, y así, la muy pendeja, dejaba entrever el vértice de su sensualidad pecaminosa, y tal espectáculo era como un maleficio de gitanos que nos convertía en sonámbulos, de esos que tienen los ojos abiertos, pero que no ven como cuando caminan y ante semejante vista, a uno se le desorbitaba los ojos y perdía el sentido y la razón y empezaba uno a deambular como desquiciado y a soñar despierto con la hembra libertina que meneaba sus caderas como una bailarina de vientre de un harén árabe, y así, uno pasaba la noche ensopado en los sudores de la gente, aquejado por una arrechera galopante y con los jugos de la lujuria chorreando como babas.

Toda la noche, uno continuaba, bebiendo como marmota, bailando como trompo y dándole rienda suelta al despelote, mientras tanto, el tiempo pasaba, enemigo público número uno de los bohemios de pacotilla, era inevitable el paso inexorable de las horas, estas continuaban pasando sin importarles lo bien que nos estábamos divirtiendo y así, sin uno desearlo llegaba el momento menos esperado, el momento de recogerse.

El momento de la recogida, era uno de los instantes más temibles y difíciles de afrontar, no es exagerado decir que odiábamos y aborrecíamos con el alma este fatídico momento, pero no había nada más que hacer, los músicos habían empaquetado sus cornetas y platillos, los mozos, habían ya acumulado y combinado los tragos no-bebidos en un mediano turril para el cha’ki del día siguiente y el avance que se hizo con la muchacha que se meneaba, esa, la del vestido lila y zapato manaco quedaba al descubierto, no funcionaba, porque estaba claro que ni para pagar tus propios tragos tenías y entonces como pretendías poder mantenerla?

La noche se había desvanecido, y como siempre, más de las veces nos había dejado con la tripa abierta, con el corazón hecho trizas y desconsolado y con unos priapismos incontrolables que al no ser debidamente atendidos nos podría haber dejar disminuidos y postrados en una cama olvidada de la sala de emergencias de la sanidad citadina.

Y lo peor era que, a estas benditas horas, no había ni cómo ni donde rematar, porque los boliches con cierta reputación ya habían apagado sus luces, desenchufado el tocadiscos, cerrado sus puertas y puesto patas arriba las sillas de caoba sobre las mesas de formica carcomida y echado a palos a los borrachines que no querían desprenderse de la botella.

Ni modo, había que marcharse, no había más remedio, a no ser que alguien quien tuviera la billetera gorda y los riñones aun funcionando y como una muestra de franca camaradería se anime a indicar el camino más expedito para arribar a algún bar de la vecindad.

A pesar de la álgida situación, siempre había esos locales innombrables que aun todavía admitían en sus dominios a trasnochadores empedernidos, a bohemios de quincalla y a bebedores sin remedio, a esos locales sabíamos acudir si la situación así lo requería.

SEGUNDA PARTE (EL REMATE) continuara……