Un día como hoy, hace 365 dias, Máx paso a formar parte del mundo de los adultos en unas circunstancias poco usuales.
El 25 de agosto de 2017, cuatro días antes de el cumpleaños de mi hijo, el huracán Harvey tocó tierra en Texas. Antes de llegar a Houston, ya había causado un sinnúmero de tropelías y destrozos en las Islas de Barlovento, Martinica, Barbados y casi en toda la costa oriental del Caribe.
No contento con haber dejado por su paso una estela de muerte y destrucción y habiendo obliterado comunidades enteras como lo hizo con el pueblo costero de Rockport, arribó a nuestra ciudad con el ímpetu de un ángel apocalíptico; totalmente falto de piedad y con un ensañamiento bordeando en la crueldad a continuar con esa desdichada faena de cercenar vidas y acabar con ensueños e ilusiones que había empezado días antes.
Llegó feroz como un tifon elevado a la quinta potencia por las periferias de la metrópoli en el atardecer de ese trágico viernes. Hizo su entrada devastadora cabalgando por las inmensas olas que creo durante su horrenda travesia. Entro impávido como poseído por la fuerza y la furia iracunda de Neptuno, el dios de los mares y las tempestades.
Clasificado ya como tormenta de categoría 4 y un poco más y predispuesto a infundir terror y sembrar pánico nos invadió sin ningun reparo. Llegó asi, desprovisto del más elemental remilgo y sin una pizca de remordimiento, hizo su entrada funesta con una alevosía cruel sin que nada ni nadie lo detenga.
Encolerizado y más desalmado que la peor de las deidades, casi hundió a la ciudad en esa indescriptible tormenta que arrastro por casi 8,000 kilómetros a través de los mares.
Una ves que sumió a la ciudad en una oscuridad profunda la envolvió sin dubitaciones en una vorágine sin salida, para empeorar la desgracia, el ojo del huracán se quedo pertinazmente dando vueltas sobre el centro y los barrios aledaños descargando inconcebibles cantidades de agua en una lluvia incesante por espacio de tres días, agravando aún más el infortunio de la ciudad y de los seres vivientes.
Se aventó por la urbe con la energía de remolinos de mil vientos y azuzado por el comburente de cálidas aguas oceánicas que acumuló en su fatídico recorrido a través del océano atlántico que fue originado un mes antes en Cabo Verde, en la costa occidental de África.
Secundado por un séquito de mil borrascas y envuelto en un vórtice de letales torbellinos, cada vez con mayor fuerza, sin detenerse ante nada, continuó con una violencia implacable, arrancando las cortezas de los arboles, doblando los postes de luz como si fueran bombillos de cartulina, levantando por los aires casas enteras como hojas secas de otoño.
Cuando al final se fue, se fue, maldecida y declarada persona non grata, no por el alcalde, sino por el suplicio y el desprecio de la gente.
Abandonó la ciudad con el mismo desdén con el que vino, no sin antes dejar descalabrada a la urbe; la dejo bien siniestrada, con los escombros esparcidos por todo trecho.
Para que lo tengamos registrado en la memoria para siempre, antes de irse, nos dejó como un testimonio imperecedero de su visita los estragos de esa catástrofe y las calamidades que causo en su breve pero brutal visita.
Esa hecatombe pluvial, se tradujo en vientos superiores a los 200 km/h, con oleajes de hasta 3,7 metros. Dos días después, el 27 de agosto, la ciudad de Houston, la cuarta más grande de USA, que alberga a casi 2.5 millones de almas en un área geográfica de 1555.50 Km cuadrados (casi 15 veces más grande que el área metropolitana compuesta por Santa Cruz de la Sierra, La Guardia, Warnes y Porongo ) se convirtió en un lago inmenso, totalmente anegada por las aguas de las lluvias y el desborde de las represas.
Los automóviles sumergidos fueron reemplazados por botes y lanchas de la Guardia Costera de Galveston, las que empezaron a navegar por las calles y avenidas convertidas en ríos y lagos, rescatando a personas y animales en su lastimero intento de vadear hacia cumbres sumergidas.
Los helicópteros de la policía revoloteaban valientemente por el cielo encapotado desafiando a los vientos huracanados. Poniendo en riesgo hasta sus vidas, los pilotos ejecutaban con la temeridad de héroes anónimos la “misión imposible” de rescatar a miles de personas que habían trepado a los techos; llevando consigo pedazos de sus pertenencias y recuerdos para no perecer ahogados en el interior de sus moradas. Como una perversa ironía del destino, miles de gentes tuvieron que guarecerse de los aguaceros a la intemperie.
Los pobres y los menos afortunados que son casi siempre las primeras victimas de los desastres, pasaron varios días en los áticos y en las cúspides de los techos agitando pañoletas blancas durante el día y disparando cohetes de mansalva durante la noche; pidiendo auxilio, aferradas a sus mascotas empapadas de lodo y de miedo antes de que los grupos de salvamento los lleven al centro de convenciones Brown, en el que llegaron a refugiarse más de 15,000 personas durante esos trágicos días.
Houston fue sumergida en ciertos lugares hasta por 5 metros de agua como resultado de las lluvias torrenciales, acarreadas por esa especie de diluvio de la era moderna. Los meteorólogos indicaron que fue un evento que estadisticamente solo ocurre 1 vez cada 1000 anos.
Es tarea casi imposible de comprender y cuantificar la magnitud de los destrozos, la perdida material y la cantidad de agua que trajo Harvey en su paso devastador por los estados de Texas y Luisiana.
Cerca al medio millón de automóviles inundados, más de U$ 120 billones de perdida, el equivalente a casi 18 veces la deuda externa de Bolivia, llovió la friolera de 21 trillones de galones de agua, lo suficiente para dotar de agua potable a Nueva York, una ciudad de 8 millones de habitantes por 50 años según la cadena televisiva ABC o como reporto CNN, que con esa cantidad de agua bien se podría haber llenado 85,000 veces el Astrodome, el primer estadio techado del mundo con una capacidad para 68,000 personas.
El 26 de agosto por la noche, estaba programada la pelea entre Floyd Mayweather Jr. y el luchador de la UFC Conor McGregor. Ese día, una familia amiga nos había invitado a cenar, esta por demás decir que durante la cena el único tema de conversación fue la inminente llegada de Harvey.
Unos decían que Houston ya había soportado varios huracanes y otras tantas tormentas en su larga historia, y por ello, alegaban que tenían la experiencia suficiente como para hacerle frente a los destrozos, las epidemias y otras barbaridades que acarrean los huracanes y que en vez de mortificarse por algo que no podían controlar; mejor era disfrutar de la comida y luego pase lo que pase, esperarían estoicos la llegada de las tempestades y los relámpagos, otros confiaban en que la tormenta tropical no se convierta en huracán o que si finalmente eso ocurría, al menos rezaban que no llegase a categoría 4.
El resto de los convidados, entre los cuales estaba yo, no obstante que es mala costumbre y falta de respeto, nos pasamos gran parte de la cena sin desprendernos de nuestros celulares, viendo “en real time” la subida de las aguas por el webcam que el servicio de meteorología había instalado en los bayous (canales) de la ciudad.
Veíamos alarmados con una inquietud creciente como las aguas del brays bayou circundante a nuestro barrio subían y subían sin que nadie ni nada pueda detener ese ascenso imparable; pese a esos signos ignominiosos, aún teníamos la remota esperanza de que la ruta del huracán se desvie y que en vez de acercarse a Houston, se vaya a morir en la inmensidad azul del océano atlántico de donde había venido.
Eran aproximadamente las 6:45 de la tarde cuando nos despedimos de nuestros anfitriones y nos fuimos caminando a casa donde nos esperaba Rex, nuestro increíble boxer, sobreviviente de dos previas inundaciones. Ni bien llegando a nuestra morada, el cielo se cubrió de siniestros nubarrones y empezó una tenue pero traicionera llovizna de esas llamadas calabobos donde las gotas de agua parecen que flotan el aire.
En la ciudad de Houston, ese día, contrariando al axioma que dice: “después de la tormenta viene la calma”, la calma se antepuso a la tormenta. Todo parecía seguir su curso normal como en cualquier otro día de verano, las calles y las autopistas congestionadas por el trafico de siempre, la gente haciendo compras en los shopping malls, unos, pasando la tarde bebiendo cafés lates en starbucks o absortos en sus afanes cotidianos, otros, paseando a sus mascotas por los parques y disfrutando de los remanentes de ese atardecer de agosto.
Nada parecía disturbar esa sospechosa calma, lo único discordante fue que rato antes de la entrada del sol, una bandada de golondrinas voló por debajo del puente como un preludio al cataclismo que estaba a la vuelta de la esquina.
Días antes, Máx me había pedido permiso para ir a ver la pelea de box en la casa de su amigo Mark que queda a unos 3 kilómetros de la nuestra. Ese viernes por la tarde cuando retornamos a casa después de la cena a la que nos habían invitado, tal como habíamos acordado antes, me dijo que iría conduciendo su automóvil a la casa de su amigo.
A esas alturas, a mí, ya me había invadido un presentimiento medio raro, le dije que más bien yo lo llevaría en mi vagoneta por si el agua empezaba a correr por las calles y no quería que se quede varado en alguna esquina y porque ademas a dos cuadras de la casa de su amigo quedaba un súper mercado, de tal modo que mataría dos pájaros de un solo tiro, lo llevaría a su cita y al volver aprovecharía para ir a la tienda a proveernos de suministros y pertrechos para bandear el huracán, le dije también que me llame inmediatamente concluida la pelea para ir a recogerlo.
Ese fue el primer error que cometí, dado que minutos antes, Max me dijo: creo es mejor que llame a mi amigo para que me recoja y mientras tanto debemos llevar los autos a algún garaje alto, a uno de esos garajes tipo caracol y dejarlos ahí mientras dure la tormenta, yo le contesté; no creo que vayamos a inundarnos en una noche, si mañana continua lloviendo entonces pondremos los carros a buen recaudo.
Lisa y Sara que estaban en california, alarmadas me llamaron varias veces pidiéndonos que evacuemos Houston y nos fuéramos a Dallas o a Austin a la casa de unos amigos que muy gentilmente habían ofrecido hospedarnos mientras pasaba la tormenta. Ese fue el segundo error cometido, pues de haber escuchado esos consejos, hubiésemos por lo menos evitado la angustia y desesperación que vivimos en esos largos días.
Alrededor de las 8 de la noche, con el cielo totalmente encapotado, el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua y desató un vendaval con relampagueos y truenos propios de ciclón malhumorado y cayó esa lluvia torrencial que jamas había experimentado, ya no llovía a cántaros como dicen, literalmente llovía a mares y las descargas eléctricas de los rayos hacían estremecer a toda la ciudad.
Ya con la certidumbre que algo imparable se avecinaba, me puse febrilmente a levantar de los pisos cualquier objeto desparramado y ponerlos encima de la isla de granito de la cocina, saque toda la ropa que pude de los cajones inferiores de las cómodas y roperos y los avente a las camas, traspase algunas conservas y otros alimentos de los bajos de la despensa y las puse en los estantes de arriba.
Cansado y temeroso me senté en un sillón del living, me quede pegado como con clefa, sin ni siquiera pestañear a ver las noticias por la televisión, mientras tanto, Rex se paseaba nervioso casi aullando por el miedo, presintiendo que algo grave estaba por ocurrir.
En el noticiero de las 9 de la noche, el gobernador del estado, el alcalde de la ciudad, los cuerpos de bomberos y el jefe de la policía empezaron a leer un edicto por el cual se pedía a la ciudadanía a evacuar voluntariamente la ciudad antes de que sea tarde.
Pasadas las 10 de la noche, dio la impresión de que el cielo se abrió de par en par, los truenos y los relámpagos caían cada vez más cerca, cada ves con mayor fuerza e intensidad, la lluvia continuaban sin cesar trayendo consigo lo que parecían torrentes de agua escapadas de las cataratas del Niágara o del Iguazú.
Ya varios barrios enteros habían perdido la electricidad, sin embargo, pese a la oscuridad, aún se podía observar las siluetas de los rascacielos que parecían estructuras fantasmales iluminadas de rato en rato por el centello y el resplandor de los rayos airados que descendían del cielo escupiendo millones de voltios y en esa vertiginosa caída formaban una hilera zigzagueante de luces de otros mundos que desaparecían y volvían a aparecer en intervalos de menos de medio segundo.
Las autopistas y los puentes se empezaron a inundar, lo que impidió la evacuación de algunos intrépidos que se atrevieron a salir de sus casas. Familias enteras murieron ahogadas en el interior de sus vehículos atrapadas sin poder abrir las puertas por la presión de las aguas desaforadas que corrían como riadas desbocadas.
Como a eso de las 11 de la noche, llamé a Max para ver como estaba, me dijo que por ahí todo estaba bien, lloviendo pero que no había porque preocuparse todavía. De pronto, el noticiero se centro en el barrio de Meyerland donde vivimos, salí apresurado a la calle a comprobar las noticias que decían que el nivel de agua del brays bayou estaba por llegar al limite y que en cuestión de horas lo más probable era que todo el barrio se inundaría, tal como había pasado durante las dos previas inundaciones de los años anteriores.
Mientras seguía apegado a la TV, viendo el noticiero, llamé otro par de veces a mi hijo, no contesto, fue en ese momento que decidí que, cueste lo que cueste, tenia que ir a recogerlo, juntos podríamos afrentar cualquier eventualidad. Salí de mi casa y vi que lamentablemente mi cuadra ya se había inundado y el agua había llegado a cubrir la mitad de las llantas de mi vagoneta Ford Explorer.
Al saberme inmovilizado y sujeto a los avatares del temporal, me asusté no solo por mi sino más que todo por mi hijo y mi mascota, me cundió el pánico ante la impotencia de no poder ir a recogerlo, no tenia noticias de mi vástago, eso era lo que más me preocupaba, intente llamarlo varias veces más, el resultado siempre era el mismo, mis llamadas se iban directo a su voicemail, respire profundo y me tranquilice un rato porque me dije a mi mismo que seguramente se le acabo su batería.
Poco antes de la media noche, el agua mezclada de lodo y fango empezó a escurrirse silenciosa como una víbora por debajo de la puerta, era una mazamorra de color castizo, tenia ese color seguramente porque en su paso arrasador se entremezcló con las parafinas y otros químicos de las refinerías de petroleo que circundan a la ciudad, por precaución me fui a mi dormitorio, Rex saltó encima de la cama y se enrolló muerto de miedo a un lado de mi costillar.
Lo que más temía se había hecho realidad. Durante la primera inundación, perdimos entre muchas cosas, los tesoros más preciados, las fotos de mis hijos y sus scrapbooks, los garabatos y los dibujos que hicieron en las clases de artes manuales, los videos y las películas que le hice durante su niñez, los álbumes de fotos de la familia de mi esposa llena de memorias gráficas en las que había guardado fotos hasta de sus bisabuelos, los cientos de cartas de amor que yo le había escrito a Lisa cuando eramos jóvenes, que ella las había conservado con tanto esmero por más de 25 anos, con la intención de que algún día mi hijos tengan la oportunidad de leerlas y así puedan comprender el significado de nuestra improbable aventura.
Si bien es cierto que despues de las dos previas inundaciones lloré por la perdida de autos, muebles y otros cachivaches, ahora ni siquiera desperdiciaría una lagrima por esas cosas materiales, porque son solo eso, pedazos de madera, telas, fierro y un poco de textura.
Los recuerdos que importan, los pocos que pude rescatar de los anteriores desastres, ya los puse a buen recaudo en los gabinetes más altos de los armarios empotrados, las memorias, los momentos intangibles, no necesitan resguardos, esos viven en la mente y en el corazón y no pienso perderlos mientras tenga un hálito de vida.
Exactamente a la 1.30 de la mañana, de las estanterías resbalaron los libros y las estatuillas: cayeron en picada directo a hundirse en esa especie de charco en que se había convertido mi casa, las bandejas de plata y las copas de cristal de bacará resbalaron desde las vitrinas, los muebles flotaban a la deriva como boyas desprovistas de balizas, las sillas nadaban patas arriba chocándose con los peluches y con la multitud de calzados disparejos desparramados por doquier, los cuadernos, las hojas y las tareas de Max parecían buquecitos de papel navegando en la tormenta perfecta, en ese momento, el nivel del agua estaba a meros centímetros de cubrir los enchufes pues había llegado a subir a 24 pulgadas del suelo.
Obviamente, el peligro era claro y presente, temía que una vez que el agua entre por los orificios de los enchufes, se desate una descarga de miles de voltios y nos fulmine en el acto y terminemos con la panza arriba y las patas estiradas como sapos electrocutados.
Puse a mi perro encima de una banqueta sobre la cama, mientras mentalmente yo sopesaba mis opciones que tristemente no eran muchas: una alternativa era agarrar un paraguas y arroparme en un poncho de plástico; treparme al techo y esperar que pase la tormenta, sin embargo, el dilema era de como yo lo subía a Rex; la otra opción era poner a rex encima de un salvavidas que tenia en la piscina, salir a la calle, atarnos con una cuerda a la rama del árbol y esperar flotando que baje el cauce de esos raudales que ya habían hecho cuantiosos destrozos por mi barrio.
A las 2;30 de la mañana, recibí un mensaje de texto de mi vecino Josh, me indico que debería a como de lugar lograr llegar a su casa en construcción (ubicada exactamente frente a la nuestra) que la estaba edificando de acuerdo a las nuevas normas de la ciudad, a 7 pies sobre el nivel de suelo.
Me dio el número de teléfono de otro vecino quien momentos antes había logrado llegar a la casa en cuestión, lo llame inmediatamente para coordinar y decirle que estaba a punto de cruzar la calle, cuando contesto, lacónicamente me dijo, Marco, ni lo intentes y peor aún con rex, lo más probable es que los arrastre la corriente y terminen ahogados y mezclados con los escombros de la ciudad en el fondo del bayou.
Mientras tanto, el agua dentro mi casa ya estaba dándome a la cintura, rex ladraba de terror encaramado como garrapata en la cornisa superior de esa especie de torre de salvación que a la apuranza que le había armado. Los poderosos ladridos de mi camarada perruno, eran sin embargo, acallados por el estruendo colosal de los relámpagos que daban la impresión que caían en el centro del mismo de la casa y amenazaban con a partir el techo por la mitad.
A los 5 minutos recibí otro texto en el que me indicaban que Gerardo (mi otro vecino que vive a 200 metros a la mano derecha) estaba esperándonos en las gradas de su casa con una linterna en las manos para guiar nuestro escape pues la noche estaba cerrada y más negra que nunca.
Inmediatamente, cogí mi celular, mi billetera y los pasaportes por si las dudas y los puse en una bolsa doble de nylon y con un tape los amarre alrededor de mi muñeca, puse el lazo en el collar de rex, de un jalón lo tuve que bajar pues se resistía a saltar por miedo al agua.
Tambaleando y chapuceando, logramos llegar a la puerta principal a la que abrí con fuerzas sacadas de no sé donde porque la riada que corría en la calle quería entrar a empujones e impedir nuestra salvación, logre cerrarla por milagro, ya en la calle, note que el agua había llegado a cubrir hasta las ventanas de mi vagoneta, el auto de mi hijo estaba 100% cubierto por el agua.
Para no desprendernos durante el vado lo encarame a rex a mi espalda sujetándolo fuerte con su lazo enroscado en mi mano y así empezamos ese penoso trayecto , nadando y tropezando con los setos y los arbustos de los jardines que parecían algas marinas.
Estábamos a unos pasos de la casa de mi vecino y su familia, a quienes quedare eternamente agradecido por habernos cobijado en su hogar y por la ayuda material y moral que nos brindaron no solamente en esos 2 días aciagos, sino aun mucho después cuando ya la calma había regresado a Houston.
Eran las 3 de la mañana, cuando por fin Gerardo nos haló y nos metió a su casa, muy gentilmente ellos ya me habían preparado una muda de ropa para que me cambie y hasta me dieron una toalla para que seque a Rex.
No pegamos ni una pestañeada esa madrugada pues la lluvia persistía y los raudales amenazaban con inclusive inundar su nueva casa, que al igual que mi otro vecino, el la había construido a 7 pies de altura, dos años antes de la visita de Harvey.
Una ves a salvo, intente inútilmente comunicarme con Max, en mi desesperación lo contacte por snap, facebook y deje multitud de mensajes y textos, pero el resultado siempre fue el mismo.
Finalmente, a la 1 pm del día siguiente, me llamó para decirme que estaba bien y que efectivamente no pudo llamarme la noche anterior porque se le había acabado la batería , que luego de la pelea se pusieron a jugar dardos hasta la madrugada y que como todo buen adolescente recién había despertado, me dijo que estaba seco porque gracias a Dios la casa no se había inundado y que no me preocupara tanto que me podría dar un patatús.
No sabia si llorar de emoción y alegría o decirle unos cuantos ajos por haberme hecho pasar esas horas de zozobra. Sin lugar a dudas, para mí, esas fueron las horas de mayor angustia que nunca antes había experimentado.
Luego de haber escuchado su voz y de enterarme de que estaba a salvo, se me entro la paz al cuerpo y finalmente caí agotado y recién pude cerrar los ojos dilatados por la angustia a tratar de dormir un rato.
A las 11 de la mañana del día domingo, dos días después de la inundación, en pleno onomástico de Max, paso por la calle convertida en rio una lancha de la patrulla policial instando por parlantes a los residentes a evacuar ya que las dos grandes represas en el norte de la ciudad estaban a punto de rebalsar lo que por seguro decían traería aún mucha más agua.
Ante tal noticia, me contacte con la familia que lo cobijaron a Max y decidí que aunque a nado yo iría porque tenia la obligación y la necesidad de reunirme con el, analizamos la situación y caímos en cuenta de que la Cruz Roja había improvisado un campamento de rescate en el parque Godwin, ubicado a unas 6 cuadras de mi casa, quedamos en que ellos me recogerían ahí.
Me despedí muy agradecido de mis vecinos que nos desearon buena suerte y de paso me dieron una mochila llana de ropa seca y otros menesteres y salí casi arrastrando a rex con el agua por los tobillos, yo iba tanteando por donde pisar, Rex mientras tanto, a sabiendas de que ya estábamos a salvo se puso a hacer piruetas y a nadar de espaldas, gracias a Dios, las aguas habían bajado considerablemente y una hora después finalmente pude reunirme con mi hijo.
En el atardecer del 29 de agosto, en compañía de la familia de su amigo y nuestro perro festejamos cumpleaños número 18 de Max. Sin duda, un día trascendental en su vida pues muy pocos jóvenes podrán afirmar que arribaron a la mayoria de edad en el ocaso de un fenómeno natural considerado como el huracán más fuerte y con más daños materiales que ha tocado tierra y que solo ocurre una vez en un milenio.
6 meses después, Max recibió la noticia de que fue aceptado a la prestigiosa “Crockel School of Engineering de la Universidad de Texas in Austin”. Actualmente, la número uno en el mundo en la carrera de Ingeniería Petrolera, seguida de cerca por al A&M también de Texas, ambas facultades no tienen parangón y de hecho en este campo cuentan con mucho más pedigree que las Ivy League como Stanford, MIT y Cornell.
Texas y más específicamente Houston, cobija a 500 compañías petroleras de exploración y producción, 9 refinerías y 150 firmas de servicios petroleros con operaciones a escala mundial, haciendo que esta región sea el epicentro global en investigación, educación, desarrollo y experimentación en temas de energía y petroleo.
La Universidad de Texas at Austin, tiene en promedio una población estudiantil de 50,000 estudiantes distribuidos en las más de 174 carreras que ofrece constituyéndose así en una de las más grandes de USA.
Empero, la facultad de Ingeniería de UT alberga aproximadamente a 7000 estudiantes en las carreras de; Aerospace Engineering & Engineering Mechanics, Biomedical Engineering, Chemical Engineering, Civil, Architectural & Environmental Engineering, Electrical & Computer Engineering, Mechanical Engineering y Petroleum & Geosystems Engineering.
La carrera (The Hildebrand Department) de Petroleum & Geosystems Engineering es muy competitiva, para ingresar y ser alumno del PGE un estudiante tiene que competir con estudiantes graduados en el top 10% de sus respectivos colegios, vencer una multitud de rigurosos exámenes de proeficiencia académica y demostrar otras actividades extracurriculares que los distingan, tal es así que la población estudiantil de esta carrera constituye solamente el 9.5% de la facultad de Ingeniería y menos del 0.5% de la población total de la Universidad.
En Mayo visitamos la hermosa ciudad de Austin, la capital del estado de Texas, para asistir a un programa de orientación para estudiantes y padres de familia organizado por la Universidad.
Durante la presentación, el decano de la Facultad de Ingeniería Petrolera, mostró unas estadísticas que me embargaron de emoción y de orgullo al saber que mi hijo fue uno de los afortunados 90 estudiantes admitidos de más de 4,000 postulantes de diversas partes del mundo que la carrera había aceptado.
Exactamente un año después de haber sobrevivido las consecuencias de Harvey, como una convergencia y signo de los tiempos, hoy 29 de agosto de 2018, cumpleaños de Max es el primer día de clases de su nueva etapa, en su alma mater, su nueva morada la Universidad de Texas at Austin.

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