Relato de una muerte en el año nuevo

Nunca se pudo determinar la causa exacta del deceso, pero lo cierto es que el occiso había caído fulminado por un ataque cardíaco en plena copulación sin ni siquiera haber alcanzado su póstuma eyaculación al promediar la media noche en la víspera de un año trágico.

En ese preciso instante: una prostituta se paró, levanto su copa mitad vacía y mitad llena y dijo:

“Brindo por la vida, por esta paupérrima vida que solo silencios de felicidad nos regala, brindo también por el año que ya murió y por este nuevo que la vida acaba de parir, y sobretodo brindo por todos los desposeídos de amor carnal que se asoman jadeantes a nuestras moradas y se refugian en el anonimato de nuestras sabanas”.

Brindo por ustedes y por todos ellos, por los que vinieron y por los que vendrán y por los que nunca dejaron de venir.

Quiero asimismo aprovechar esta deplorable ocasión para obsequiarles un consejo que sirva al mismo tiempo como epitafio para el que en vida fue.

“Por favor tengan cuidado cuando fornican porque como ven literalmente el amor mata”.

Un silencio total invadió la sala. Jamás nadie había propuesto un brindis como ese dado que en las décadas de historia de la afamada casa de citas nunca antes un cliente había perecido en pleno acto carnal, tampoco nadie se había ido sin haber disparado el ultimo cartucho y menos aún, ningun parroquiano habia estirado la pata faltando un segundo para el nacimiento del nuevo año.

Se arregló su blusa transparente y acomodo sus tetas como si fueran dos madreperlas desobedientes, levanto levemente el pliegue de su vestido al momento de subir a la palestra lo que permitió observar el calzoncillo rojo que llevaba puesta y como un mal presagio dio un paso en falso y rodaron las doce uvas de los deseos por sus piernas semidesnudas, se irguió exuberante como una doncella sin mella, tomo un gárgaro de licor y continúo.

A nombre de todas las presentes y con las reservas y el respeto que el finado merece, quiero declarar enfática y solemnemente que queremos seguir siendo putas, pero putas revolucionarias, y que de hoy en adelante toda cortesana que “haga” pieza será en nombre de la revolución prometida y donaremos el 10% de nuestros honorarios a la causa de los proletarios.

Horas antes de ese trágico acontecimiento un grupo de compañeros: militantes progresistas y soñadores nos reunimos en las graderías destartaladas del “Teatro al aire libre” en un promontorio de piedras alaymosca tan heladas como la mismísima noche, un 31 de diciembre de ese año fatal.

Fuimos ocho los que asistimos a esa reunión clandestina y todos nos habíamos dado cita con nuestros materiales y neceseres propagandísticos. Los materiales en cuestión no eran otra cosa que latas de manteca llenas de pintura casera, una docena y media de brochas y naturalmente una muda de ropa limpia para cambiarnos sobre la marcha por si nos cogía la cana.

Eran alrededor de las 7 de la noche en Villa Imperial. Los rayos del sol ya se habían escapado como de costumbre porque al deslindarse de las faldas del cerro, el anochecer se adueñaba de la urbe y así de pronto la ciudad se cubría con su poncho gris y se convertía en territorio de lo frio, lo oculto, lo misterioso y quien sabe de lo inapropiado.

Echamos una moneda al aire para decidir la ruta y el destino de esa noche moribunda.

Nos dividimos en dos grupos de a cuatro y con la ayuda de una vela robada de una iglesia cercana alumbramos el mapa de la ciudad que estaba en frente nuestro.

Partimos la ciudad en dos, mi amigo y compañero Negro se hizo cargo de la brigada número uno y se fue hacia el sur con su ejército minusválido de tres camaradas, se fueron cantando y silbando melodías de mambrú.

Con el ultimo destello de luz de la vela robada atravesaron el lomo de la serranía y se perdieron como se pierden las quinta columnas de la esperanza y yo me quede a cargo de la brigada número dos y naturalmente nos fuimos hacia el norte.

La tarea era de embadurnar la ciudad de punta a punta con estrofas revolucionarias y algúno que otro poema de amor o desagravio y pintar las paredes de las casas como si estas fueran lienzos infinitos de tocuyo blanco y bayeta para que cuando despierte la muchedumbre ya recuperada de la fiesta de despedida al año que feneció, se encuentren con una metrópoli llena de efigies de santos en armas, de campesinos en ronda, mineros con guardatojos y dinamitas en las manos tan verosimil y fantastico como un agigantado mural de nuestro Alandia Pantoja.

Ya la penumbra, madre y amiga de lo clandestino se había desparramado por la urbe citadina, di la vos de orden y empezamos la marcha hacia el poniente de la ciudad.

Empezamos la tarea y emprendimos la ruta con pinceladas brutales pintando una especie de tragedias griegas a nuestro paso. La columna que yo dirigía pasó inadvertida por la plaza principal, caminábamos silenciosos cobijados por el ruido de los petardos escandalosos que el gentío disparaba hacia el cielo y por las esporádicas luces amarillentas que se desprendían de los árboles de pino.

Las explosiones pirotécnicas sumadas al tañer las campanas y al ladrido de los perros callejeros daban la impresión de que por fin se habia decretado la absolución papal por día del juicio pero en realidad eran simplemente los protocolos y las jaranas por la inevitable muerte del año viejo y los preámbulos verbeneros de bienvenida al nuevo año que estaba a la vuelta de la esquina.

Como buenos y obedientes feligreses,  la cáfila de eternos fiesteros habian decidio anticiparse a rematar al viejo año y despedirle con bombo y sonaja  y como no podria ser de otra manera  festejar el nacimiento del nuevo con mucha mas fuerza y ahinco.

El populacho estaba tan sumergido en la vorágine de la celebración que ni notaron que nos deslizamos como fantasmas rumbo al norte de la ciudad,  sin ninguna novedad pasamos por encima y por debajo de los arcos de platería esquivando el confeti desparramado por las losetas, como una fila india en campaña caminamos sigilosos eludiendo hasta el paso de nuestras propias sombras.

Cierto es que esa noche pintamos y repintamos las paredes de cientos de casas anónimas, garabateamos las fachadas con cánticos de sublevación y de esperanza. Sin darnos cuenta, nos habíamos deslindado hasta las postrimerías de la plaza Eduardo Avaroa.

Encendimos unos cigarrillos y nos pusimos a fumar echando bocanadas de humo hacia el cielo abierto en la periferia del puente y entre vericueto y vericueto nos acordamos de la Guerra del Pacifico.

Muchos dicen perdimos nuestro litoral no por falta de espiritu combativo sino que lo perdimos por estar de jauja y sumidos en la festividad de las carnestolendas del año 1879, el mismo fenomeno se estaba repitiendo, esa noche la gentuza estaba dándole rienda suelta a su albedrío y estaba de fiesta igualmente embebida en la jauja de las fiestas de fin de año.

Antes de partir, le pintamos la indumentaria al héroe del Topater y le escribimos un mensaje que decía: Don Eduardo, !Carajo!, estamos cansados pero no rendidos y nos fuimos.

Recuerdo que entre calle y calle, entre avenida y avenida llegamos a las cercanías del tanque Bolívar. Mientras nos acercábamos al lugar escuchamos un ruido lastimero, como un lamento de almas, se parecia a un aullido del lobo descarriado, era como una mezcla de gemido de placer con alaridos de dolor, era algo indescifrable pero profundo.

Aun todavía con la llamarada viva de la vela robada pudimos distinguir las siluetas de dos amantes confundidos en un solo cuerpo. Sus sombras se movían como las ondulaciones de una ola pecaminosa y la enjundia de sus lujurias salpicaba las paredes de adobe con secreciones de amores perros y en el suelo yacía inerte un corpiño cubierto de espermas y empapado en sudores de amores infieles.

Luego de una pausa, empezó otra vez el abofeteo y las patadas, los pellizcos y los gritos, y continuaba el amancebamiento feroz, el acto impúdico era exacerbado por los portentosos bramidos libidinosos de la imilla que acallaban hasta el triquitraque del festejo en evolución.

Ambos maullaban como gatos callejeros en su encolerizado estado de celo, aparte de fornicar como si fuera la ultima noche de su vida, el macho la estaba ultrajando y maltratando impunemente de tal forma que no parecía un asunto de amantes sino más bien un ajuste de cuentas, para terminar con esa indulgencia sexual y como un advenimiento de la urgencia del  orgasmo  le dio una bofetada atroz que casi le rompe la mandíbula y la onda sonora del lapo por poco despotrica  al balcón del ahorcado desde sus cansinas barandillas,  por el impacto sus aretes de orfebre empezaron a volar por los cielos.

Ante semejante paliza nos acercamos y quisimos muy diplomáticamente separarlos y parar de esta manera ese abuso si no sexual pero si físico y es ahí cuando la chola de tickaloma se levanta la pollera y se ajusta las trenzas y nos grita: “es mi macho y mi amante, tiene derecho a ultrajarme, que me pegue si le da la gana, y ustedes maricones de mierda no se metan, vayan a cuidar el culo de sus cholas que les deben estar metiendo los cuernos…”

Como diría mi abuela, la atrevida casi nos come y no era para más y patatín para que te quiero empecé el descenso liderando a mi tropa todavía alucinada ante semejante muestra de candor y decaída por haber perdido esa sin igual batalla lingüística y corporal…y así nos fuimos….pintando.

Serian como las once y media de la noche cuando las campanas de las Iglesias y los conventos empezaron a repiquetear.

Las palomas de la plaza principal no podían conciliar el sueño debido al incesante ruido de los petardos, empezaron a volar en círculos viciosos sin poder escapar del remolino bullicioso, para empeorar las cosas, el tin-tin de las tañer de las campanas más los ecos de los cuetillos confundían sus rutas, ante tal  falta de cordura y por pura bronca todas se unieron y empezaron a cagar al mismo tiempo, el estiércol blanco de sus heces empezó a caer paulatinamente desde la cornisa más alta de la catedral como copos de una tormenta de nieve caliza.

Emblanquecidos por el excremento de las palomas y con nuestras latas de pintura a cuestas llegamos pintando hasta la bifurcación geográfica del barrio de San Roque. Barriada que abriga entre muchas cosas a dos instituciones importantes como son el cuartel del Regimiento Pérez 3 de Infantería y el burdel más afamado de la villa conocida popularmente como “La Pastora” o “La Curva”.

A estas horas y ya casi terminado nuestro itinerario politico-artistico, estábamos a punto de desbandar la columna y partir cada uno por su camino, cuando de pronto vimos un Jeep de la PM (Policía Militar) parqueado en sentido contrario en el atrio de un boliche de la cuadra.

Atisbamos por la rendija de la puerta del lugar de jolgorio y vimos a un coronel sentado en una silla completamente borracho y dormido. Yacía abatido como un emperador sin hojas de laurel. Estaba ahí con la cabeza desnuda apoyada en el hombro de su recluta babeando a raudales por encima de la fatiga de su subordinado.

Una luz cintilaba en el suelo, era el brillo de una de las estrellas de lata del comandante de guerras imaginarias,  seguramente la pobre estrella se cayó de una de  las tantas condecoraciones cosidas al pecho del uniforme del coronel.

Una vez estudiada la situación y analizada la posibilidad de ser descubiertos y sopesar mentalmente las consecuencias y las condenas y los maltratos a los que sin duda hubiésemos sido objeto si nos pescaban con las manos en la masa decidimos seguir adelante.

Para ponerle un poco de condimento a la travesura empezamos a darle una mano de pintura con colores revolucionarios anaranjados al jeep militar y cambiar el tono verde olivo de su fisonomía de camuflaje.

Como segunda mano le pintamos unas rosas rojas, insinuando quizás una emulación a la revolución de los claveles de Portugal, el levantamiento popular que provoco la caída de la dictadura de Salazar.

Para nuestra columna, este acto fue el más inaudito, la perla misma de nuestras correrías y para cerrar la aventura con un broche de oro decidimos, dada la cercanía del lugar, irnos a echarnos una copa de champan en los santos aposentos del prostíbulo más famoso de la ciudad “La Pastora” y de paso brindar por el advenimiento del nuevo año con las putas más oprimidas de la sociedad.

Conjeturamos que las putas tenían más necesidad que nadie de brindar por la llegada de un nuevo año que sin duda y con la ayuda de Dios cambiaría sus suertes de gitanas vendedoras de placer.

Es así que llegamos al umbral mismo de aquel lupanar ubicado como si fuera una trastada de la geografía local justo al frente del cementerio municipal. Ingresamos al lugar justo al filo de la media noche, el local estaba semi-desierto, pero había unos cuantos feligreses bailando sin hacer ruido como si fueran duendes escapados del mismo cementerio donde mi amigo Gato Medrano hizo una apuesta en el bar el Ataúd y se pasó la noche perturbando el sueño de los muertos.

Esa noche como ninguna otra el local estaba lóbrego, las luces de colores que normalmente alegraban el lenocinio se habían cambiado por unas luces mortecinas de color morado como presagiando que algo terrible iba a acontecer.

El ambiente estaba tan pesado que se podía haber cortado como se corta una maza de pan, en la atmósfera se percibía un tufo de perro con mal de rabia, del techo se descolgaba un olor penetrante a anís y el humo de los inciensos erotizantes se desparramaban por el salón formando un manto fantasmal.

Normalmente y debido a la carencia de calefacción en los tugurios y burdeles de la villa, los propietarios ponían en el medio de los salones unos braseros con carbón y hacían hervir una salmuera de hojas de eucalipto para ambientar el lugar y proporcionar un poco de calor a las huestes congeladas y de paso afilar el sistema olfativo de los parroquianos de ocasión.

Mire mi reloj Rolex de fantasía y vi que sus agujas marcaban las 11:59: 59 de la noche, faltaba escasamente un segundo para que se acabe el año viejo.

De pronto, se oyó un alarido que venía de unos de los corredores, por la puerta grande adornada por una cortina de seda rosada salió dona Pastora (QEPD) la Grand Madame corriendo como alma que se lleva el diablo.

Tenía la cara más pálida que una tunta, seguramente a consecuencia del espanto y el susto su melena lucia tan alborotada que parecía una leonina de circo pobre, sin importarle el que me dirán de la concurrencia anunció con una vos de afrodita marchita que un cliente acababa de morirse haciendo el amor con un puta extranjera.

Por su casa de citas habían pasado muchas cosas, desde triple asesinatos de pasión, desafíos de capa y espada y hasta bautizos de hijos bastardos, que de por cierto se realizaban con todas las de la ley y con curas de sotana y crucifijo, los mismos curas que venían religiosamente cada carnaval en sus miércoles de ceniza a bendecir el lupanar más famoso de Potosí.

Pero nunca nadie se le había muerto así en una noche como esa, en ese mismo instante, justo cuando las almas en pena del campanario del camposanto exhalaban el último suspiro del año que fenecía.

Es así que nunca se supo si el año terminó o comenzó con esa desesperada muerte de amor.

Este hecho motivó a la concurrencia a levantar una especie de altar en la tarima y en lugar de festejar por el año nuevo, los ‘clientes’ se pusieron a rezar por el alma del que en vida fue.

Nobleza obliga, con el alma compungida ordene a nuestra columna sentar guardia de honor alrededor del cadáver y con una pesadumbre muy grande y una parsimonia de dolientes ordenamos a la banda músicos que dejen de tocar esas cumbias arrabaleras y se pongan mejor a entonar la marcha fúnebre de Chopin. Escuetamente declaramos un minuto de silencio simultáneamente a la interpretación de una típica de un corneta militar.

Pasados los actos de rigor y como para no perder la ocasión, me pare en plena tarima, levante mi copa y empece a brindar por el año nuevo y a expresar mis sentidas condolencias a la meretriz aquella que había matado de amor al cliente sin suerte, porque en efecto ella era la única persona cercana al fallecido.

Para finalizar mi discurso me eché una tirada política rescatada de los estatutos del partido nihilista. El MIR lucha por organizar a los trabajadores del sexo en defensa de sus intereses y contra las explotaciones del capital humano a través del cooperativismo y el sindicalismo, bla, bla, bla. Fue un acto proselitista nunca antes visto y en el lugar más inverosímil que pueda existir.

En esos momentos un cafiso apareció con un trapo ensopado en jugos de amor, era la misma sabana con la que los amantes se habían cubierto para esconder sus coitos momentos antes de que el desdichado estirara la pata sin ni siquiera haber alcanzado el orgasmo, según atestiguo a modo de epitafio la libertina atribulada por el dolor.

El cafiso rápidamente extendió la tela húmeda y cubrió el cadáver como si esta fuera la mismísima sabana de Turín, se asomó un poco más y le cerró los ojos , porque según dijo no era bueno que se vaya de esta tierra con los ojos tan abiertos porque daría la impresión de que murió de arrebato y no de amor.

En medio del dolor y la penumbra se improvisó un jurado transicional y se empezó a carnetizar a todos los presentes, como por un arte de magia negra muchos de los asiduos se transformaron de derechistas del año muerto en izquierdistas del nuevo y esa metamorfosis política ocurrió en el espacio político más inaudito posible, en seno de la mancebía más popular de la ciudad.

Fue tan efectivo el discurso y tal fue la ayuda y la consolación que prestamos a las cortesanas, que acabaron jurando a nuestro Partido Político, el MIR, para luego de la reconquista de la democracia, la Unidad Democrática y Popular (UDP) salió victoriosa en la mesa electoral instalada en los aposentos de aquel lenocinio.

Fue ahí, en ese preciso momento que la puta bebió el trago del estribo y cariacontecida termino de brindar por las miserias de la vida de mesalinas y los vaivenes de su compromiso político.

Antes de salir del lugar , pintamos nuestro último cartel, fue un epitafio para el que en vida fue, para el hombre sin nombre que murió por falta amor y por exceso de amor.

Las letras del epitafio decía más o menos así…

“Conocí el bien y el mal, pecado y virtud, justicia e infamia; juzgué y fui juzgado, pasé por el nacimiento y la muerte, por la alegría y el dolor, el cielo y el infierno; y al fin reconocí que yo estoy en todo y todo está en mí”

Hazrat Inayat Khan

Finalmente cuando abandonamos el lugar de tragedia y amor eran las 6 de la mañana del día 1 de enero y ya el gallo había anunciado la nueva alborada…era por fin otro año….