La espera en la Puerta de Jaffa

Días antes de nuestro viaje a Israel, en el grupo de WhatsApp de padres de “Lone Soldiers” había leído varias recomendaciones. Si la llegada de la Brigada Hashmonaim estaba prevista para las cinco de la mañana, lo aconsejable era estar en la Puerta de Jaffa, una de las principales entradas a la Ciudad Vieja de Jerusalén, a más tardar a las 4:45. Se esperaba que muchas familias y amigos se congregaran allí para recibir a los soldados después de una travesía larga, agotadora y exigente.

La noche anterior puse la alarma para las 3:30 de la madrugada. A esa hora, sin embargo, Jerusalén todavía dormía.

Lisa y yo salimos del hotel en silencio y emprendimos el camino hacia la Puerta de Jaffa. Caminamos unos quince minutos, atravesando el centro comercial Mamilla, prácticamente vacío a esa hora. La ciudad estaba envuelta en esa oscuridad azulada que precede al amanecer, cuando la noche todavía no ha terminado, pero el día ya comienza a anunciarse.

Llegamos y, para nuestra sorpresa, fuimos los primeros. La Puerta de Jaffa estaba prácticamente desierta.

Poco después llegó Nicola, una madre que había viajado desde el Reino Unido con el mismo propósito que nosotros. Habíamos establecido contacto con ella unos días antes a través de WhatsApp y ahora, finalmente, nos encontrábamos allí, compartiendo la misma espera y la misma incertidumbre.

Poco a poco comenzaron a llegar más personas. Primero unos pocos. Luego grupos enteros: familias con niños pequeños, padres, abuelos y amigos. Cada uno parecía traer consigo una historia, una preocupación y, sobre todo, la esperanza de ver aparecer detrás de aquellas milenarias murallas a un hijo, a un nieto, a un amigo convertido en soldado de las Fuerzas de Defensa de Israel.

Mientras comenzaba a clarear, el espacio frente a la Puerta de Jaffa se fue llenando. La escena tenía algo de irreal: Jerusalén comenzaba a despertar mientras nosotros esperábamos a nuestros soldados. Algunos hablaban en voz baja; otros miraban constantemente hacia la entrada, como si quisieran hacer aparecer a los soldados con la sola fuerza de la mirada.

Habíamos llegado para presenciar un momento que iba mucho más allá de una simple llegada. Al promediar las nueve de la noche del 5 de agosto había comenzado el Masa Kumta —מסע כומתה, literalmente “marcha de la boina”— de los soldados de la Brigada Hashmonaim rumbo a Jerusalén. En el ejército israelí, estas marchas constituyen un rito de paso para las unidades de combate: durante aproximadamente diez horas, los soldados habían avanzado por las colinas de Jerusalén con el equipo de combate completo, en un recorrido que la propia IDF describe de unos 45 kilómetros. En el caso de Hashmonaim, la marcha culmina en Jerusalén, donde los nuevos combatientes reciben la boina azul característica de la brigada.

Para Max y sus camaradas en armas no era simplemente una caminata. Era la culminación de meses de entrenamiento, disciplina, esfuerzo y sacrificio. Era avanzar durante horas llevando sobre los hombros el peso de todo el equipo de combate, pero también el peso simbólico de todo aquello que habían vivido hasta llegar a ese momento.

Y nosotros estaríamos allí para recibirlos.

A eso de las 4:30 de la madrugada, cuando la expectativa comenzaba a crecer entre la gente, recibí un mensaje de Max —Moshe—. Nos avisaba que, debido a la complejidad de la marcha, llegarían con al menos una hora de retraso.

La espera acababa de prolongarse. Sin embargo, después de todo lo que habíamos esperado para llegar hasta ese momento, una hora era nada.

Cuando finalmente amaneció, la Puerta de Jaffa ya estaba llena de gente. La entrada que durante siglos recibió peregrinos, viajeros, comerciantes y ejércitos volvía a convertirse, una vez más, en escenario de una llegada. Situada en el lado occidental de las murallas, la Puerta de Jaffa conduce hacia los barrios cristiano y armenio, y desde allí el camino continúa por las estrechas calles de la Ciudad Vieja hacia el Barrio Judío y, finalmente, hacia el Kotel, el Muro de los Lamentos.

A lo lejos comenzaron a aparecer los primeros soldados. La espera se transformó en emoción. Los vimos atravesar la Plaza Tsahal, precedidos por los redobles de los tambores y el sonido del shofar: cansados, empapados en sudor, algunos con la mirada fija al frente, otros apenas dejando entrever el agotamiento acumulado tras tantas horas de marcha.

Pero seguían avanzando.

Y entonces comprendí que la imagen que estábamos presenciando tenía algo profundamente simbólico. Entraban en la Ciudad Vieja de Jerusalén por la Puerta de Jaffa, atravesando un lugar por el que durante siglos habían pasado peregrinos y ejércitos de distintas épocas. Pero ellos no llegaban como conquistadores ni como invasores. Llegaban como jóvenes soldados israelíes que habían elegido servir y que, después de una larga noche de marcha, avanzaban hacia uno de los lugares más sagrados del pueblo judío.

El destino final era el Kotel. Allí tendría lugar la ceremonia de culminación de su entrenamiento y la entrega de las boinas que simbolizaban su incorporación a la unidad de combate.

Las peripecias y el cansancio de la noche quedaron atrás. La marcha había terminado. Pero, para ellos, algo mucho más grande estaba comenzando.

No mucho después de Yom Kipur, Max decidió hacer aliyá, acogerse a la Ley del Retorno y, en consecuencia, alistarse en las Fuerzas de Defensa de Israel como Lone Soldier.

Cuando nos comunicó aquella decisión, al principio la recibí con grandes dudas, con miedo, con el corazón lleno de angustia y una profunda desazón. No solo por la situación de guerra y los eternos conflictos de Oriente Medio, sino también porque él se encontraría a miles de kilómetros de distancia de su familia.

Sin embargo, una vez superada aquella primera etapa de miedo, comencé a mirar a Max con una mezcla de admiración, profundo amor e inmenso orgullo. Decidir abandonar las comodidades del hogar para servir y proteger al pueblo de Israel revela un nivel de madurez y de altruismo que merece un respeto absoluto. Se necesita una valentía excepcional para dar ese paso, dejar atrás todo lo conocido y comenzar una vida completamente nueva en defensa de una nación y de su pueblo.

Y entonces recordé un acontecimiento importante ocurrido no hace tantos años en Bellaire High School, en Houston. Cuando Max se unió al equipo de atletismo durante su último año de colegio, era, sin duda, uno de los corredores más lentos de la pista.

Pero nunca permitió que eso lo detuviera. A base de pura tenacidad, esfuerzo y una determinación inquebrantable, fue mejorando semana tras semana hasta convertirse, al final de la temporada, en uno de los corredores más veloces del equipo.

Su entrenador lo expresó mejor que nadie en el discurso que pronunció al entregar las medallas:

—Cuando Max llegó a las pruebas y lo vi correr el primer día de entrenamiento, pensé que jamás lograría formar parte del equipo de corredores de Bellaire. Qué equivocado estaba. Ahora lo miro y siento orgullo por la ética y la valentía de este muchacho, que no solo llegó a formar parte del equipo, sino que se convirtió en uno de los corredores más veloces y aguerridos.

Había demostrado que todos estaban equivocados. No porque hubiera nacido con un talento extraordinario, sino porque estaba dispuesto a trabajar más que los demás, a soportar la frustración y, sobre todo, a no rendirse.

Y quizás por eso, aquella madrugada, mientras esperaba verlo aparecer por la Puerta de Jaffa, no podía dejar de pensar en aquel muchacho que empezó en la cola y que terminó convirtiéndose en uno de los corredores más rápidos del equipo. El mismo muchacho que ahora había recorrido decenas de kilómetros de noche, cargando todo su equipo de combate, rumbo a Jerusalén.

El corredor que se niega a rendirse.

Moshe:

Sé que ahora te adentras en un mundo de desafíos intensos, entrenamiento exigente y grandes responsabilidades.

Habrá días en los que el desgaste físico resulte agotador. Días en los que el clima sea inclemente, en los que la distancia de casa se sienta como una carga enorme y en los que te preguntes cuánto más puedes dar.

En esos momentos, busca fuerzas en tu interior. Apóyate en tus compañeros. Recuerda al corredor que llevas dentro. Recuerda al muchacho que nunca aceptó que su punto de partida determinara hasta dónde podía llegar. Y ten siempre presente que posees el corazón, la resistencia y el espíritu necesarios para afrontar lo que venga.

Aquella madrugada, en Jerusalén, comprendí algo que quizás ya sabía desde hace muchos años: no eres el corredor que corre más rápido porque nunca se cansa. Eres el corredor que, cuando está cansado, sigue corriendo.

Y eso, Moshe, es exactamente lo que eres.

No necesito historias de gloria. No necesito medallas ni elogios. Solo necesito que vuelvas a casa.

Dad