No hace mucho recibí una llamada por whatsapp de un gran amigo nuestro (al que no quiero nombrar por razones obvias) quien al enterarse que vivo fuera del país me dio un timbrazo y encomendó muy encarecidamente que cuando pase la pandemia del Covid-19, le trajera unas pildoritas azules, que según él, sirven para mantener las cosas firmes y a las que nuestro amigo las llama muy cariñosamente caramelos para el placer.
Quién podría haber imaginado que por tanto jugar al “deporte total” cuando vivíamos en Potosi, me brotó una protuberancia muy parecida a la de un organo vital e imprescindible, al principio casi imperceptible, parecía una verruga minúscula como una ulupica, pero que fue creciendo desproporcionadamente con el paso del tiempo, hasta convertirse en una especie de abre corcho, justo en el centro de mis partes privadas, al centro del huevo derecho y del huevo izquierdo me dijo con una elocuencia de cuentero.
Es solo cosa de hacer volar la mente para imaginar el gran dilema con el que nuestro amigo se encontraba, aparentemente y según las primeras descripciones de su caso me di cuenta que estaba acosado por el síndrome del “tercer huevo”.
Es ampliamente conocido tanto popular como científicamente de que si una persona que padece o presenta este caso clínico y de no tratarlo adecuadamente y prestarle todas las atenciones del caso, este fenómeno puede desembocar en solo dos salidas, uno; a llevarlo a la ruina total o dos a transportar al extasis prolongado.
Para despejar cualquier atisbo de duda, y que la verdad sea dicha de paso, tener un tercer huevo es “mas” mejor que no tener ninguno, porque por ahí andan pataleando con el rabo entre las piernas muchos individuos que eran nuestros rivales ya sea en el deporte o en la joda, a los que siempre les ha faltado huevos y por falta de eso se perdieron esa década de fandango y buena vida que la pasamos el resto de nosotros.
Solo dios sabe que es un tremendo problema el que acarreo dia a dia ya desde hace varios lustros me siguió comentando durante ese iluminada llamada por whatsapp.
Estoy plenamente convencido de que existen desperdigados por ahí, algunos desvergonzados quienes afirman haber nacido con un tercer huevo lo que de “entrada” creen que les dio la facultad y el derecho de pavonearse y alaraquearce como si fueran tipos “hecho-al-putas”, pero no es así, el haber desarrollado un tercer huevo, trae sus placeres y conlleva sus responsabilidades acotó.
Hay que saber comportarse en todo momento y en todo lugar, especialmente en los espacios públicos y no ser jactanciosos como esos quimsa-pelotas que especulan que poseer la anatomía de un verdadero tribolo es como tener un carro de último modelo, esas aseveraciones son ficticias dijo con tono enérgico, pero lo que sí es cierto es que a ciertas damas de dudosa reputación les encantaría que todos sus proveedores tengan este padecimiento del que soy objeto enfatizó.
Es mas, a los galenos ciertamente les interesaría este asunto desde el punto de vista científico para estudio posterior; pero este inconveniente o esta bendición dependiendo de cómo lo veas, no es tan “de la patada” como parece, porque según nuestro amigo, “dice que incomoda a la hora de hacer lo que sabemos” y que de tanto pensar y repensar en la cura o en la manera de como hacerlo remover de entre-sus-rabos se convierte en un oxímoron y si te descuidas al “tiro” te vuelves un “huevon”, es por todo ello, pero aún más, es por el descalabro tanto físico como mental al que uno está sometido que llegue un momento en el que estaba a punto de deslindarme de esta plusvalía anatómica continuó contando.
Al oir eso, yo le dije, que a mi me parecía una cojudeza monumental querer hacer desaparecer semejante milagrosa condición y que ni en chiste debería de pensar en tan descabellada idea, pero si te sales con la tuyas y dejas que te remuevan o te extirpen ese apéndice de inagotable placer, daría la impresión de que te volviste un completo huevon y cojudo más de yapa le advertí.
Para mi alivio, me siguió platicando, que al no encontrar cura para tan severa aflicción, y que los intentos de removerlo con laser habían fallado estrepitosamente decidió sacarle provecho a tan inusual e inesperada condición, tal es así, que empezó a encamarse con cuanta mina encontraba por su paso hasta tal extremo que se metia con cualquier cosa que tuviera dos patas y que simplemente se moviera.
Muy pronto descubrió que pese a ser poseedor de un tercer huevo y estar en una condición física envidiable no podía darse abasto para satisfacer a la gran cantidad de mujeres que se disputaban por su compañía y con el correr del tiempo y gracias a los corre-ve-y-diles, su fama de amante fogoso y aguantador se había extendido más allá de las fronteras del departamento y como si fuera “llovido sobre mojado” había acumulado una interminable lista de espera de féminas que a gritos reclamaban de sus servicios amantorios, a tal extremo, que sus días y noches parecian que tenian 40 horas interminables y que su calendario estaba mas copado que la sacristia de un cura malmandado, así que no tuvo otra alternativa que recurrir a la ciencia.
Luego de una amplia investigación en los tomos de medicina y los vademecums de los visitadores sociales no encontró nada que le resuelva el problema, así que un día, luego de terminar sus 5 minutos de ejercicios de calistenia, se miró en el espejo y en una franca charla consigo mismo y con su tercer huevo dijo que dejando a un lado la vergüenza (yo diria orgullo) se iría a la capital a visitar a nuestro amigo Cacalaco para pedirle consejos profesionales, -para pedir cura a su condición de tribolo que es lo que yo suponía-, pero me dijo que no, que al contrario, decidió hacerse auscultar el cuerpo entero, no para buscar una cura, sino más bien para pedirle ayuda para mantenerlo como un potro y semental criollo.
Nuestro amigo médico le prescribió viagra, y le recomendó que al tomar la píldora no combinara con otras medicinas y de que no bebiera en demasía porque le podria bajar la presión sanguínea y que hasta sorojchi le podría dar y que si sus priapismos (erecciones largas y dolorosas) duraban más de tres horas como dice la propaganda, en vez de buscar ayuda médica como especifican las instrucciones del medicamento debería de saltar de alegría y sacarle jugo a sus 3 huevos y cabalgar por esos 180 minutos de placer total.
Así pasó el tiempo y me comentó que durante esos dias, se sentía como un degenerado emperador romano, botado en la cama sin más ropas que unas túnicas de seda transparente desde donde se podía vislumbrar su novísima hombría adquirida, se sentía como un dios baco perfecto, las penelopes criollas le ponían uvas y brevas en la boca y el vino corría como riachuelo alborotado por las gargantas del harem de musas libertinas dispuestas al fandango.
No cabe la menor duda de que la pasó de bomba, fue más feliz que una cucaracha y que la receta le cayó como pedrada en ojo de buen boticario y según dijo las centenares de sus chotas estaban aún más felices a tal punto que ellas mismas hacían vaquitas y jaiwanacus vecinales para recolectar dinero para comprarle sus mentadas viagras porque son muy caras.
De pronto, la situación se tornó tan álgida y tan desesperante que para mantener su ‘padecimiento” empezó a romper las alcancías de sus hijos y pedir adelantos a cuenta de su futura jubilación.
En fin, así pasó el tiempo y me las arregle como pude siguió recordando, hasta que de un dia para otro, sin previo aviso, como un balde agua fría, me volvieron las viejas jaquecas, el dolor y las migrañas me empezaron a nublar la vista hasta hacerme perder el sentido del tiempo y del equilibrio, recordó muy apesadumbrado.
Es asi, que otra vez fue a visitar a nuestro amigo Cacalaco y al explicarle sus quejas, nuestro amigo médico, luego de analizar sus síntomas, le receto unas simples aspirinas y le dijo no era nada para alarmarse, que era solamente que le “dio el viento” porque seguramente -pensó el galeno-, nuestro amigo hacia el amor a la intemperie en el congelado clima de la villa imperial y que además tenía la leve sospecha de que estaba tomando viagras de contrabando y no las originales como él había prescrito.
Para evitar los efectos de esos gélidos vientos le instruyó que tomara una aspirina cada mañana antes de tomar su café con leche y después de hacer sus tres abdominales y sus dos cuclillas.
A estas alturas del partido, no sería nada del otro mundo especular que; ya sea debido a la vejez prematura o a los primeros síntomas del alzheimer, nuestro amigo comenzó a confundirse y a perder la noción del tiempo, tanto así que empezó a tomar los medicamentos al revés; el viagra en la mañana y la aspirina en la noche, exactamente lo opuesto a lo prescrito por el doctor.
El resultado no podía haber sido más desastroso comentaba con un tono casi lóbrego, a consecuencia del trastoque del orden en la toma de los medicamentos, en las mañanas ando solo como alma en pena por las calles, camino con el palo mas duro que poste de cemento y lapeando de izquierda a derecha a mis 3 huevos y no pasa nada, nadie me habla, ni hasta los perros callejeros me ladran, ando así porque en esas horas matinales, mis amantes están trabajando o quien sabe siguen con sus medias naranjas disfrutando del sol de la madrugada y cuando llega la noche que es cuando mis chotas vienen a visitarme para que les de su merecido y hacer lo que siempre hacíamos no puedo hacer nada porque el dolor de cabeza y las migrañas alarmantes es tan fatal que no permiten que yo y mi tercer huevo nos paremos.
Pero no puedo culpar a nadie me dijo, solo yo soy el responsable, porque a quien se le ocurre tomar los medicamentos a revés y esperar que los efectos no se confundan?.
Así pasó el tiempo siguió contando, hasta que la situación se hizo tan insoportable que decidió dejar esa vida tan licenciosa y mundana y cortarse de todo vicio adquirido en tan largos años de parranda, así que, sin más trámites de por medio dejo de tomar las aspirinas y milagrosamente sus dolores de cabeza desaparecieron y para dejar las viagras hasta me volví “cartucho” me dijo y como si fuera un milagro del cielo su tercer huevo se esfumó porque según dice la ciencia “órgano que no funciona se atrofia”.
Ya recuperado física y mentalmente observaba una vida sana, hasta “desempolve” mi viejo catecismo e iba sagradamente a las misas de gallo, el confesionario del cura se convirtió en mi segunda casa, siguió contando con un tono bordeando en el orgullo, hasta que un dia fui a la botica con mi hijito a recoger las últimas medicaciones contra la depresión y la gota que le había recetado nuestro amigo médico, cuando vio a un hombre que entra a la farmacia con su hijo de 8 años, y empiezan a caminar por los pasillos, de pronto el niño le pregunta ¿papi, esos globitos de colores son para los cumpleaños?
El hombre lo mira y con la mayor naturalidad le responde: “No hjo, esos son condones, Los hombres los utilizan para tener sexo seguro.”
“Ah, ya veo, respondió el muchacho pensativo. “Sí, he oído hablar de eso en la clase de salud sexual en la escuela” siguen caminando cuando el niño levanta un paquete de 3. Y le pregunta al hombre, y estos papi?
El hombre le responde: “Esos son para los muchachos de secundaria. Uno para el viernes, uno para el sábado, y uno para el domingo. “
“Ay que bien!” dice el muchacho. Levanta un paquete de 6 y pregunta: “Entonces, ¿y estos para quiénes son?”
“Esos son para los estudiantes universitarios,” le responde el tipo “, dos para el viernes, dos para el sábado, y dos para el domingo.”
“WOW!” -exclamó el muchacho, “Entonces, ¿quién utiliza estos?” le pregunta, recogiendo un paquete de 12.
Con un suspiro, el padre respondió: “Esos son para los cortapalos. Uno para enero, uno para febrero, uno para marzo, uno para abril, etc.
Al presenciar y oír semejante cosa pensó que era una premonición casi palpable y en ese momento se dio cuenta de que había llegado la etapa donde el cortapalo común y silvestre hace el amor como si fuera un burgués, o sea, solamente una vez al mes.
Ante el inminente arribo de ese espectro inexorable se dijo a si mismo que deseaba aprovechar el tiempo que le quedaba como macho cabrío porque si no tomaba al toro por las astas y poner las barbas al remojo lo más probable es que el cuando sus decaídas urgencias lo soliciten, el entraría a la farmacia a comprar un mísero paquete de dos condones , uno para empezar el año y el otro para despedirlo.
Antes de que esa cruel posibilidad se convierta en realidad, el deseaba volver desesperadamente a sus correrías y es por eso que decidió llamarme por el whatsapp rogandome que le traiga viagras originales.
]]>Por esa época, él era dirigente del sindicato de trabajadores de Karachipampa. En una gran asamblea me nombraron secretario de conflictos, me dijo, un título que le cayó como anillo al dedo dada su personalidad a veces beligerante – yo pensé – mientras tanto yo estaba haciendo mis primeras armas en la política, concretamente, en la Universidad.
Compartimos ideologías afines, pese a que militamos en facciones políticas distintas, los dos sin embargo, desde donde nos encontráramos pusimos incontables veces en riesgo el pellejo.
Burlando el constante acoso de la trampa, seguimos cada uno por su lado las huellas escurridizas de una desidia política vestida de ilusión, a la que aportamos con el obligatorio granito de arena en las lides y luchas por la reconquista de la democracia.
Al principio de nuestra amistad, nuestras pláticas o más apropiadamente dicho, nuestras divagaciones; se centraban en torno a la osadía ya irrelevante del foquismo, una teoría ya casi muerta en vida pero que había dejado secuelas profundas en el país, otras veces, nos poníamos a hacer un análisis intelectual a medias tintas de plétoras ideológicas heredadas de pensamientos foráneos, las que como en un río revuelto y a vista y paciencia de los papanatas estaban haciendo hincapié en el país.
Inevitablemente, el magnetismo del discurso incendiario de los picos de oro, sumada a la adoctrinación imperante de esos tiempos, acabó por convencernos y convertirnos en carne de cañón, en piezas movibles a la manera de los peones de un juego de ajedrez callejero, listos para marchar al matadero.
Regularmente, perdíamos hasta el habla en conversaciones sin ton ni son, dialogando hasta el amanecer sin entender un ápice acerca de los mentados medios de producción, el intrínseco valor de la plusvalía y otras sandeces que se nos ocurría.
Hasta que clareaba, burlábamos al sueño, obstinadamente tratando de entender los postulados de la lucha de clases, estudiando de pe a pa la tesis de Pulacayo y distorsionando el intelecto con esas y tantas otras operías en las que inocentemente pretendíamos creer cuando éramos más jóvenes.
No cabe duda, de que, estábamos infectados por ese bicho de izquierdas que sigilosamente merodeaba las casas de estudio y los sindicatos de trabajadores disfrazado de agenda política o de pajpaku vendedor de paraísos terrenales y que casi exclusivamente atacaba a las mocedades núbiles y a las grandes masas de obreros y los ponía en un estado de obnubilación conciencial muy difícil de escapar.
Nos creíamos revolucionarios y libertadores en ciernes por el solo hecho de haber experimentado la compulsión de las necesidades en carne propia y porque alguna que otra vez reaccionamos ante las injusticias cometidas en contra de otros, tal como prescribían los manuales y las consignas desperdigadas por las calles.
Atrapado sin salida en la vorágine revolucionaria, Flaco trato vanamente de hacerse crecer la barba, ingería hormonas caseras hechas sobre la base de carne de membrillo y se untaba la cara con cremas y cosméticos de dudosa reputación, para obtener según el, una apariencia acorde con sus ideas, pero nunca pudo, porque para su mala suerte él había nacido más lampiño que una taza de porcelana.
Matábamos el tiempo dialogando ociosamente acerca del rol de la juventud y la participación popular en epopeyas y sublevaciones que nos prometieron pero que nunca llegaron. Amanecíamos despistando a la noche, con los sesos calcinados por el esfuerzo de tratar de entender los endemoniados axiomas de la utopía de Tomás Moro y casi muertos de sueño, por culpa de la ósmosis, repetíamos como loros amaestrados las historias de pueblos igualitarios que habían descubierto la fuente de la eterna juventud y otras huevadas que estaban de moda.
A veces de por sí y otras veces porque nos daba la gana, poniendo a un lado los problemas reales de carne y hueso, discutíamos a rajatabla sobre necesidades imperiosas y otras majaderías de tinte socialista, lo hacíamos tan fervientemente como si estuviéramos defendiendo un examen de tesis doctoral y lo más cómico era que una vez que entrabamos en razón, nos dábamos cuenta de lo absurdo del asunto, y claro , como perfectos demagogos tratábamos de compensar el desperdicio del tiempo con argumentos aún más pueriles y más machacados que rodilla de zapatero como esa idea peregrina que quería establecer “la dictadura del proletariado”.
Inevitablemente el ímpetu y el fervor revolucionario se fueron apagando paulatinamente, creando de esta manera un precipicio ideológico en la que nuestros pensamientos y principios cayeron abruptamente hasta convertirse en meras palabras, en fábulas quijotescas y en encantamientos del cuento del tío, muy similares a las demagogias exóticas que acarrearon los quintacolumnistas barbudos que brotaron en Ñancahuazú en la década del 60.
Fue sin embargo, tan persistente y severo el padecimiento de ese contagio, que pasaron casi cuatro décadas para sacudirnos de ese sortilegio de ideas y convicciones, parecía como si nos hubieran tatuado en la piel esas consignas sensibleras, a las que con mucha razón, los vendedores de la palabra le chantaron el san benito rimbombante de “mística revolucionaria”.
Con el pasar del tiempo, y, mientras nuestra camaradería maduraba, nos dimos cuenta de que la única ideología verdadera que cuenta en la vida, es la ideología de la amistad, es por ello, que nuestra amistad persistió incólume al paso del tiempo y se mantuvo sólida como un monolito hasta que el Flaco se ausentó de este mundo.
El Flaco, no era precisamente un santo dechado de virtudes o un angelito bajado del cielo con la misión de regalar perdones con padrenuestros y avemarías ajenas, tampoco fue la estampita de la cautela, el decoro y la compostura, fue un hombre, imperfecto como todos, pero lleno de cualidades humanas como pocos.
Vivió su vida como cantaba Frank Sinatra “a su manera”, echó un manojo de canas al aire y transitó incontables veces por la periferia de la moral establecida, al borde del pecado, sin importarle un comino el qué dirán de la gente y limpiándose el trasero con las etiquetas puritanas de los caídos de la cama.
Como contrabalance a sus pecadillos y transgresiones, lo que sí tenía, era una virtud humana que he visto en pocos hombres, la virtud de la solidaridad. Los hombres no nacen solidarios, los hombres se hacen solidarios si sienten en el corazón las indigencias y las miserias de los extraños y toman cartas en el asunto para subsanarlos.
El Flaco llevaba esta cualidad en la sangre y lo demostraba cada vez que la ocasión lo ameritaba. Esa capacidad de sentir en carne propia las penurias y desasosiegos de propios y ajenos le permitió hacer de la nada su camino, un camino quién sabe, ausente de rosales y gladiolos, pero sin duda alguna, lleno de buenas intenciones al que el segador inmisericorde de la guadaña muy prematuramente se lo llevó.
No cabe duda tampoco, que dado su temperamento de amiguero, de jodedor, de rebelde y de contumaz, su vida fue como una montaña rusa de emociones, llena de caídas y subidas pero que al final, como siempre lo quiso, vivió su propio destino, altivo y con la mirada puesta en el devenir terminó sus días bendecido por el tiempo desandando paso a paso los linderos que él mismo había construido.
Sus muestras de desapegos y de lealtades proporcionadas quedarán en las memorias de mucha gente que tocó por su breve paso en esta efímera vida.
Era carismático y deslenguentado quien en sus momentos de apogeo se asemejaba a un hontanar de atrevimientos criollos, llenito de frases, refranes y ocurrencias que solo reforzaban su perfil de jodedor innato.
Le gustaba preciarse de ser un “gánster del amor” como justificativo a sus escapadas y seducciones, fue un díscolo natural, un cándido bandolero sin tapujos, un desarropado de complejos y vergüenzas, fue también como lo puede atestiguar mucha gente, un enamorado empedernido de la vida.
Toda vez que se desataba alguna jodienda, dondequiera que esta se hallase, Flaco le buscaba tres pies al gato para arribar sin falta, una vez en el recinto, sin importarle los protocolos o la ocasión, sacaba cuentos y anécdotas de la manga y reía a mandíbula batiente con mucha pasión y donaire, y cuando había desputes o trifulcas se desgañitaba a carcajadas hasta acallar por completo el suspiro subyugado de los mojigatos privados de recreo y esparcimiento.
Manifestaba asimismo un optimismo contagioso, hasta en los momentos más duros donde reinaba la zozobra y la congoja. Tenía la capacidad de convertir la solemnidad de un velorio en un jolgorio carnavalesco repleto de burlas e ironías.
El Flaco fue un mortal que siempre bailó al son de su propia rumba.
Juntos caminamos por los bienintencionados parajes de la bohemia, nos inmiscuimos en la política y miles de veces tratamos de descifrar los misterios de la vida en sí misma. Recorrimos de rabo a rabo las empedradas callecitas del casco antiguo de nuestra amada ciudad y sus alrededores y en más de una ocasión viajamos largo hasta llegar a los confines más inauditos del país en busca del pan, de la moneda y sobretodo de la aventura.
Flaco!, — siempre te decía que en gran medida fuiste el causante de mi unión, — Te acuerdas ? — Esa vez cuando viajamos a Tupiza, fuiste tu, quien mientras conducías la camioneta divisó la imagen de una forastera con mochila azul, botas de hiking y cabellera casi anaranjada rastrillando las serranías de cuchu ingenio, cuando le diste un silbido de golondrina, la muchacha se acercó y ese mágico momento cambio mi destino para siempre, quien iba a pensar que esa chavala tan intrépida como nosotros hoy sea mi compañera por casi 30 años.
Hoy derramo lágrimas por ti, por tu partida sin retorno, derramo estas lágrimas muy parecidas a las que rodaron por nuestras mejillas cuando nuestros horizontes parecían estar compuestos solo de nubarrones taciturnos y de aciagas pesadumbres.
A estas lagrimas llenas de dolor cristalizado por tu irreparable pérdida, espero que los vientos del sur se los lleve y los esparza despacito en las acequias de los vallecitos circundantes a Potosi, a los que fuimos incontables veces buscando el sol, la uva y la buenaventura o los deje caer retumbando con el sonido estrepitoso de mil lamentos en la pircas existentes de la cumbre del Licancabur al que visitamos esa vez cuando los matuteros contrabandistas de bórax nos corrieron a bala por los agrestes terrenos del desierto del siloli y donde casi morimos de hipotermia el día que se desató esa tormenta de nieve al volver de la laguna verde.
Espero que el lugar donde estés, sea un lugar apacible, un remanso lleno de paz, un rinconcito cubierto de gardenias y kantutas por donde se filtren manantiales de aguas cristalinas y que la savia de esas flores silvestres se conviertan en un bálsamo perfumado y amortajen tu cuerpo de gladiador diletante durante el viaje que emprendiste y del que nunca más volverás.
En el invierno del pasado año cuando tuve la fortuna de haberte visitado en nuestra tierra natal, te vi ya venido a menos, pero siempre con ese optimismo exuberante característico en ti y me recibiste con el cariño y el aprecio de los grandes amigos.
Como buenos citadinos, después de una vuelta necesaria por el viejo boulevard nos fuimos a degustar de las salteñitas de el hornito y platicamos por un buen rato rememorando viejas travesuras con ajos y pimientas.
Esa fue la última ves que te vi con vida y me alegro, que aunque, breve fue la visita hayamos podido darnos ese abrazo que nos dimos, fuerte y sincero, igual que el apretón de manos que te di como presintiendo tu viaje sin retorno.
Para despedirme querido flaco, quiero parafrasear unas letras de un bolero de Carlos Puebla que tanto te gustaba, tan cabales son estas letras, que bien pudieran servir como un epitafio perfecto.
” Aquí se queda la clara,
la entrañable transparencia,
de tu querida presencia….”
Hasta que volvamos a encontrarnos otra vez.
Tu amigo
Marco Felix
Febrero 2020.
Esa madrugada, Evo transitó por la planicie de Tiahuanacu ataviado de un “unku” o túnica andina galardonada con bordados de oro de la efigie del sol en el pecho. Venia caminando lentamente con pantalón y sandalias blancas y un gorro de arlequín de cuatro puntas, en contraste radical con su atuendo sombrío de dirigente cocalero y secretario de deportes de la federación del chapare.
Con la parsimonia de los que se creen los elegidos caminaba gesticulando venias al embobado gentío que permanecía como una turba de hipnotizados ante la abyecta mirada del pseudo mesías altiplanico, una ves que sonaron los pututos se desató la carantoña, alborotados por los bailes y el consumo ilimitado de alcohol no se dieron cuenta que estaban siendo testigos y participes de la entronización a un nesciente dictadorzuelo de características casi apocalípticas quien más temprano que tarde terminaría por sembrar división y odio entre los bolivianos, instigar al racismo, prostituir la constitución, pignorar las arcas del estado y fomentar un culto a la personalidad como lo hicieron Gadafy, Duvalier y otros dictadores de la misma laya.
Por los 14 trágicos años que duró su dictadura, daría la impresión que ese nefasto día cuando los yatiris y amautas como buenos pájaros de mal agüero le entregaron el báculo como un símbolo de poder y machumachismo, el destino de Bolivia estaría echada a su suerte y sumida en un “eviterno” significando que, habiendo comenzado en el tiempo, no tendría fin; tal como los ángeles del cielo.
Gracias a Dios no se consolidó la figura del eviterno, porque al final, fue el pueblo entero, cansado de tanta arbitrariedad y absolutismo por parte de los corruptos y de las legiones de zánganos amarra-huatos de su mal gobierno y hastiados hasta el tuétano del abuso cotidiano perpetrado por las huestes desalmadas del MAS, quienes decidieron desbaratar y ponerle punto final a la conjura de los hechiceros y ponchos rojos de Achachicala.
Fue también gracias a las pititas, a los motoqueros y a la lucha versátil de los jóvenes por recuperar nuestra democracia que esa cábala de los yatiris no se llegó a cumplir.
El 10 de noviembre del finado año, en pleno aniversario de un departamento al que Evo había estropeado, menospreciado e insultado repetidas veces, anunció que renunciaría a la presidencia y dos meros días después escapó con el falso licenciado a cuestas en el anonimato de la noche, en las horas oscuras como sus almas, en esa bendita noche, Evo Morales no era el mismo, dejó de ser el elegido.
Morales, huyó como lo que siempre fue, un cobarde que pidió asilo a gritos desde su madriguera del Chapare al darse cuenta de que las pititas no se romperían, que ni Kaliman, ni la chimultrufia, ni el chapulin colorado le salvarían el pellejo.
La noche del 12 de noviembre, cuando el avión enviado por su compinche Lopez Obrador de México lo vino a extirpar de Chimoré, lo desarraigaron como se desarraiga a un árbol torcido que no da frutos en medio de llantos y sollozos de sus secuaces, los cocaleros del trópico de Cochabamba.
La pertinaz resistencia de las pititas y el empute general del pueblo hicieron que Evo y compañía de indeseables huyeran con los rabos entre las piernas, en medio de la noche, se fugaron así porque como lo vaticinara durante el apogeo de su enfermizo poder, el clarividente y agorero de Álvaro García Linera ese día glorioso de noviembre la profecía se cumplió y el sol se escondió para ellos.
En esa triste noche, Evo no estaba arropado con las diáfanas vestiduras que lució campechanamente durante el día de la toma de posesión, casi tres lustros antes, es más, esa noche de noviembre, el déspota tenia el semblante de un condenado a vivir en la ignominia y el olvido.
Empero, no estaba desnudo, estaba ataviado con jirones de ira, envuelto en harapos de odio como un esperpento encolerizado, escupiendo improperios a sus generales y súbditos amotinados, se pasó varias horas dando rienda suelta a sus rencores acumulados por Twitter, casi al despuntar el día, escapó aferrado de inquina, saturado de encono, jurando venganzas a tramar sediciones e incendios desde pasturas lejanas.
Aparentemente el mamotreto de la purificación del “hermano indígena” no dió los resultados que esperaban, es más, todo resultó al revés, resulta que la medicina llegó a ser peor que la enfermedad, porque Evo: con el pasar de los años, no solamente se convirtió en un tirano y mandamas prepotente sino que personificó en sus desmanes las aborrecidas máculas de los dictadores y al saberse amo y señor del tawantinsuyo acopió una cornucopia de pecados y malas costumbres prescritas por autoritarios de la calaña de los maduros, los ortegas y los castros.
Se fue, como lo que siempre fue, un indígena de nombre pero no de carne. Evo dejó de pretender ser indígena desde el momento en que asumió el poder. Muy atrás quedaron los tiempos de vida espartana de sus años juveniles cuando solo aspiraba era a ser un mediocre jugador de futbol y tener un cato donde sembrar hojas de coca.
No tardo casi nada en saborear las bondades del poder casi absoluto, las veleidades de la vida palaciega, en el mamarracho que mandó construir en pleno centro de la ciudad de La Paz, se compró helicópteros, limusinas y aviones, despilfarró la friolera de 350,000,000 de pesos del erario nacional en canchas de césped sintético, gastó un dineral en un inservible satélite lleno de defectos como defectos tiene su poca hombría, construyó un elefante blanco en medio de la nada a título de museo personal para amontonar bártulos y cachivaches y los recuerdos peregrinos de su proceso de cambio, se encamó según dicen con un montón de mozalbetas azuladas y tuvo hasta hijos fantasmas con caras bien conocidas.
En el momento en que el avión de la fuerza aérea mexicana que vino a recoger al sátrapa salió de los cielos bolivianos, terminó la pesadilla nacional, una pesadilla que duró más de la cuenta y cuya factura aun el pueblo boliviano tendrá que pagar.
Las atrocidades que cometió quedaran registrada en los anales de la historia como uno de los capítulos más deshonrosos de nuestra vida política.
Dejando en claro el estado de podredumbre de su alma, y como era de esperar, fue sin un dejo de arrepentimiento ni un atisbo de culpa por sus fechorías, escapó evo por la puerta trasera de la historia no sin antes dejar al país que lo vio nacer envuelto en llamas, ensangrentada y más convulsionada que nunca.
Ni siquiera tuvo la virtud de irse con un mensaje de paz y armonía, lo hizo como gobernó al país en esos 14 años de angustia, con prepotencia casi delincuencial y con actitudes bordeando en la locura y sin una pisca de piedad porque como el mismo declaró en sus interminables campañas electorales que ni en Dios cree.
Quien se rinde, Nadie se rinde !
Quien se cansa, Nadie se cansa !
“Papa Doc” consolidó su poder político aplicando el terror de Estado y explotando las supersticiones y temores ancestrales mágico-religiosos del pueblo haitiano.
Todopoderoso en Haití, hizo correr el rumor de que el “Varón Samedi ” (Satanás) le había concedido el poder de conocer lo que cada haitiano tenía en mente, cosa que reafirmaba un terror psicológico paralizante de la ciudadanía sin educación.
Lo arriba descrito no son extractos de algún capitulo del “Otoño del Patriarca” de García Marquez o de “Yo el Supremo” de Roa Bastos, tampoco son párrafos copiados de alguna narrativa esquizofrenica acerca de las actitudes y modus operan di de los dictadores , son realidades desgarradoras de conductas infrahumanas que han quedado plasmadas en la memoria colectiva y en las ensangrentadas historias de África y de nuestro continente.
Es tan grande la megalomanía de Evo, el dictador que más tiempo ha durado en el poder en Bolivia, que se hizo construir un museo, entre pequeñas casas de adobe, calles de tierra, un clima inhóspitoy una población que no pasa de más de 680 habitantes, en Orinoca , el lugar de nacimiento del tirano.El museo del Evo, es una edificación que requirió cuatro años y cerca de 52 millones de bolivianos en construirse.
En estos días, nadie visita el museo del Evo, según cálculos del banco central, la inversión económica que se hizo se tardaría 630 años en recuperarla, pero ya no es el dinero lo que importa, el Museo del Ego como es popularmente conocido se desmorona poco a poco por la falta de manutención y el inexistente flujo turístico , se desmorona paulatinamente como se desmorona el culto a la personalidad de evo.
No contento con su museo, el absoluto dueño de todo dictaminó que lleven su nombre escuelas, carreteras, mercados y campos de futbol con pasto sintético y que le levanten monumentos en los cuatro puntos cardinales del pais.
Se hizo construir un palacio detrás de la vieja sede de gobierno, utilizada desde el siglo XIX y apodada el Palacio Quemado desde que fue incendiado en 1875, en pleno centro de la ciudad con tal desatino arquitectónico que destruyo la fisonomía colonial del casco viejo de la ciudad de La Paz.
En el adefesio arquitectónico que mandó a construir, la suite de Evo tiene una superficie de más de 1000 metros de área y equivale a la extensión de 17 casas populares para familias enteras que al dictador le gusta regalar a sus acólitos durante las campanas electorales.
Está ampliamente documentado que en sus 14 años de desgobierno, Evo no solamente dilapido el dinero del pueblo sino también empeño el futuro de las nuevas generaciones.
En el transcurso de esos largos y trágicos años de poder absoluto adquirió gustos propios de jeques y reyes. Cuentan sus edecanes que antes de comer como un sibarita obligaba a todo su gabinete de ministros a probar sus alimentos prohibitivos como medida preventiva ante cualquier intento oligárquico de envenenamiento y según dicen solo bebe tragos de etiquetas azules.
Se ayuda a precisar la hora con un reloj Cartier incrustado de diamantes de un costo de $25,000 verdes americanos. Cuando se cansa de volar en sus helicópteros, a modo de descanso viaja 3 cuadras en una caravana blindada de autos Lexus.
Es verdad que Evo no tiene la costumbre de vestirse con trajes de diseñadores decadentes como Armani o de Ralph Loren, pero Beatriz Canedo , la couturier de moda y don Manuel Sillerico, por cierto es un sastre de mucha valía le confeccionan trajes que rondan los $30,000 bolivianos como aquel que lució durante una ceremonia ancestral en la localidad de Tiwanaku.
Mientras el tirano se pavonea con la vanidad de originario bien vestido, gran parte de la población mayoritariamente indígena a la que dice representar sigue en la miseria subsistiendo con lo que pueden y amparándose de los elementos con harapos y con ropas de segunda mano.
No cabe duda de que Evo Morales se olvidó de su condición de indígena hace ya más de un decenio, atrás quedaron los tiempos espartanos de dirigente cocalero , hoy por hoy el autoritario vive como el más ilustre burgués del imperio que tanto ataca y solamente se disfraza de campesino cuando son épocas de proselitismo para viajar en su jet privado ataviado con poncho, guirnaldas de coca en el cuello y c’hulu en la cabeza a hablar de igualdad a sus desiguales, los verdaderos indígenas campesinos.
Sabemos que es un amante del futbol, siempre busco un pretexto político para asistir a las inauguraciones de las 3 pasadas copas mundiales e incluso tuvo la osadía de viajar al Imperio a presenciar la inauguración de la copa centenario todo pagado por el pueblo boliviano.
Para camuflar su mediocridad de futbolista amateur pero darse ínfulas de jugador profesional , se compró con plata del pueblo boliviano, nada mas ni nada menos que el avión del Machester United y lo decoró a su gusto y antojo, hizo pintar la whipala y en las alas le puso tres rayas de colores rojo, amarillo y verde para aparentar y así anduvo volando por todo el pais destilando odio y división entre los bolivianos.
Dos cosas son ciertas, primero: ni en sus mas inocentes sueños podrá Álvaro García Linera como dijo en una declaración que después de concluir su interminable mandato se retiraría a dictar cátedra de matemáticas ciencia política en la Universidad y segundo: Evo Morales nunca tendrá la oportunidad de regresar a su cato del chapare a sembrar coca y criar al hijo fantasma que tuvo con la Zapata y sobre todo a terminar apaciblemente sus días como un estadista amado y aclamado por su pueblo.
La partida y el adiós definitivo de estos dos indeseables son una ganancia neta para el país.
]]>El 25 de agosto de 2017, cuatro días antes de el cumpleaños de mi hijo, el huracán Harvey tocó tierra en Texas. Antes de llegar a Houston, ya había causado un sinnúmero de tropelías y destrozos en las Islas de Barlovento, Martinica, Barbados y casi en toda la costa oriental del Caribe.
No contento con haber dejado por su paso una estela de muerte y destrucción y habiendo obliterado comunidades enteras como lo hizo con el pueblo costero de Rockport, arribó a nuestra ciudad con el ímpetu de un ángel apocalíptico; totalmente falto de piedad y con un ensañamiento bordeando en la crueldad a continuar con esa desdichada faena de cercenar vidas y acabar con ensueños e ilusiones que había empezado días antes.
Llegó feroz como un tifon elevado a la quinta potencia por las periferias de la metrópoli en el atardecer de ese trágico viernes. Hizo su entrada devastadora cabalgando por las inmensas olas que creo durante su horrenda travesia. Entro impávido como poseído por la fuerza y la furia iracunda de Neptuno, el dios de los mares y las tempestades.
Clasificado ya como tormenta de categoría 4 y un poco más y predispuesto a infundir terror y sembrar pánico nos invadió sin ningun reparo. Llegó asi, desprovisto del más elemental remilgo y sin una pizca de remordimiento, hizo su entrada funesta con una alevosía cruel sin que nada ni nadie lo detenga.
Encolerizado y más desalmado que la peor de las deidades, casi hundió a la ciudad en esa indescriptible tormenta que arrastro por casi 8,000 kilómetros a través de los mares.
Una ves que sumió a la ciudad en una oscuridad profunda la envolvió sin dubitaciones en una vorágine sin salida, para empeorar la desgracia, el ojo del huracán se quedo pertinazmente dando vueltas sobre el centro y los barrios aledaños descargando inconcebibles cantidades de agua en una lluvia incesante por espacio de tres días, agravando aún más el infortunio de la ciudad y de los seres vivientes.
Se aventó por la urbe con la energía de remolinos de mil vientos y azuzado por el comburente de cálidas aguas oceánicas que acumuló en su fatídico recorrido a través del océano atlántico que fue originado un mes antes en Cabo Verde, en la costa occidental de África.
Secundado por un séquito de mil borrascas y envuelto en un vórtice de letales torbellinos, cada vez con mayor fuerza, sin detenerse ante nada, continuó con una violencia implacable, arrancando las cortezas de los arboles, doblando los postes de luz como si fueran bombillos de cartulina, levantando por los aires casas enteras como hojas secas de otoño.
Cuando al final se fue, se fue, maldecida y declarada persona non grata, no por el alcalde, sino por el suplicio y el desprecio de la gente.
Abandonó la ciudad con el mismo desdén con el que vino, no sin antes dejar descalabrada a la urbe; la dejo bien siniestrada, con los escombros esparcidos por todo trecho.
Para que lo tengamos registrado en la memoria para siempre, antes de irse, nos dejó como un testimonio imperecedero de su visita los estragos de esa catástrofe y las calamidades que causo en su breve pero brutal visita.
Esa hecatombe pluvial, se tradujo en vientos superiores a los 200 km/h, con oleajes de hasta 3,7 metros. Dos días después, el 27 de agosto, la ciudad de Houston, la cuarta más grande de USA, que alberga a casi 2.5 millones de almas en un área geográfica de 1555.50 Km cuadrados (casi 15 veces más grande que el área metropolitana compuesta por Santa Cruz de la Sierra, La Guardia, Warnes y Porongo ) se convirtió en un lago inmenso, totalmente anegada por las aguas de las lluvias y el desborde de las represas.
Los automóviles sumergidos fueron reemplazados por botes y lanchas de la Guardia Costera de Galveston, las que empezaron a navegar por las calles y avenidas convertidas en ríos y lagos, rescatando a personas y animales en su lastimero intento de vadear hacia cumbres sumergidas.
Los helicópteros de la policía revoloteaban valientemente por el cielo encapotado desafiando a los vientos huracanados. Poniendo en riesgo hasta sus vidas, los pilotos ejecutaban con la temeridad de héroes anónimos la “misión imposible” de rescatar a miles de personas que habían trepado a los techos; llevando consigo pedazos de sus pertenencias y recuerdos para no perecer ahogados en el interior de sus moradas. Como una perversa ironía del destino, miles de gentes tuvieron que guarecerse de los aguaceros a la intemperie.
Los pobres y los menos afortunados que son casi siempre las primeras victimas de los desastres, pasaron varios días en los áticos y en las cúspides de los techos agitando pañoletas blancas durante el día y disparando cohetes de mansalva durante la noche; pidiendo auxilio, aferradas a sus mascotas empapadas de lodo y de miedo antes de que los grupos de salvamento los lleven al centro de convenciones Brown, en el que llegaron a refugiarse más de 15,000 personas durante esos trágicos días.
Houston fue sumergida en ciertos lugares hasta por 5 metros de agua como resultado de las lluvias torrenciales, acarreadas por esa especie de diluvio de la era moderna. Los meteorólogos indicaron que fue un evento que estadisticamente solo ocurre 1 vez cada 1000 anos.
Es tarea casi imposible de comprender y cuantificar la magnitud de los destrozos, la perdida material y la cantidad de agua que trajo Harvey en su paso devastador por los estados de Texas y Luisiana.
Cerca al medio millón de automóviles inundados, más de U$ 120 billones de perdida, el equivalente a casi 18 veces la deuda externa de Bolivia, llovió la friolera de 21 trillones de galones de agua, lo suficiente para dotar de agua potable a Nueva York, una ciudad de 8 millones de habitantes por 50 años según la cadena televisiva ABC o como reporto CNN, que con esa cantidad de agua bien se podría haber llenado 85,000 veces el Astrodome, el primer estadio techado del mundo con una capacidad para 68,000 personas.
El 26 de agosto por la noche, estaba programada la pelea entre Floyd Mayweather Jr. y el luchador de la UFC Conor McGregor. Ese día, una familia amiga nos había invitado a cenar, esta por demás decir que durante la cena el único tema de conversación fue la inminente llegada de Harvey.
Unos decían que Houston ya había soportado varios huracanes y otras tantas tormentas en su larga historia, y por ello, alegaban que tenían la experiencia suficiente como para hacerle frente a los destrozos, las epidemias y otras barbaridades que acarrean los huracanes y que en vez de mortificarse por algo que no podían controlar; mejor era disfrutar de la comida y luego pase lo que pase, esperarían estoicos la llegada de las tempestades y los relámpagos, otros confiaban en que la tormenta tropical no se convierta en huracán o que si finalmente eso ocurría, al menos rezaban que no llegase a categoría 4.
El resto de los convidados, entre los cuales estaba yo, no obstante que es mala costumbre y falta de respeto, nos pasamos gran parte de la cena sin desprendernos de nuestros celulares, viendo “en real time” la subida de las aguas por el webcam que el servicio de meteorología había instalado en los bayous (canales) de la ciudad.
Veíamos alarmados con una inquietud creciente como las aguas del brays bayou circundante a nuestro barrio subían y subían sin que nadie ni nada pueda detener ese ascenso imparable; pese a esos signos ignominiosos, aún teníamos la remota esperanza de que la ruta del huracán se desvie y que en vez de acercarse a Houston, se vaya a morir en la inmensidad azul del océano atlántico de donde había venido.
Eran aproximadamente las 6:45 de la tarde cuando nos despedimos de nuestros anfitriones y nos fuimos caminando a casa donde nos esperaba Rex, nuestro increíble boxer, sobreviviente de dos previas inundaciones. Ni bien llegando a nuestra morada, el cielo se cubrió de siniestros nubarrones y empezó una tenue pero traicionera llovizna de esas llamadas calabobos donde las gotas de agua parecen que flotan el aire.
En la ciudad de Houston, ese día, contrariando al axioma que dice: “después de la tormenta viene la calma”, la calma se antepuso a la tormenta. Todo parecía seguir su curso normal como en cualquier otro día de verano, las calles y las autopistas congestionadas por el trafico de siempre, la gente haciendo compras en los shopping malls, unos, pasando la tarde bebiendo cafés lates en starbucks o absortos en sus afanes cotidianos, otros, paseando a sus mascotas por los parques y disfrutando de los remanentes de ese atardecer de agosto.
Nada parecía disturbar esa sospechosa calma, lo único discordante fue que rato antes de la entrada del sol, una bandada de golondrinas voló por debajo del puente como un preludio al cataclismo que estaba a la vuelta de la esquina.
Días antes, Máx me había pedido permiso para ir a ver la pelea de box en la casa de su amigo Mark que queda a unos 3 kilómetros de la nuestra. Ese viernes por la tarde cuando retornamos a casa después de la cena a la que nos habían invitado, tal como habíamos acordado antes, me dijo que iría conduciendo su automóvil a la casa de su amigo.
A esas alturas, a mí, ya me había invadido un presentimiento medio raro, le dije que más bien yo lo llevaría en mi vagoneta por si el agua empezaba a correr por las calles y no quería que se quede varado en alguna esquina y porque ademas a dos cuadras de la casa de su amigo quedaba un súper mercado, de tal modo que mataría dos pájaros de un solo tiro, lo llevaría a su cita y al volver aprovecharía para ir a la tienda a proveernos de suministros y pertrechos para bandear el huracán, le dije también que me llame inmediatamente concluida la pelea para ir a recogerlo.
Ese fue el primer error que cometí, dado que minutos antes, Max me dijo: creo es mejor que llame a mi amigo para que me recoja y mientras tanto debemos llevar los autos a algún garaje alto, a uno de esos garajes tipo caracol y dejarlos ahí mientras dure la tormenta, yo le contesté; no creo que vayamos a inundarnos en una noche, si mañana continua lloviendo entonces pondremos los carros a buen recaudo.
Lisa y Sara que estaban en california, alarmadas me llamaron varias veces pidiéndonos que evacuemos Houston y nos fuéramos a Dallas o a Austin a la casa de unos amigos que muy gentilmente habían ofrecido hospedarnos mientras pasaba la tormenta. Ese fue el segundo error cometido, pues de haber escuchado esos consejos, hubiésemos por lo menos evitado la angustia y desesperación que vivimos en esos largos días.
Alrededor de las 8 de la noche, con el cielo totalmente encapotado, el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua y desató un vendaval con relampagueos y truenos propios de ciclón malhumorado y cayó esa lluvia torrencial que jamas había experimentado, ya no llovía a cántaros como dicen, literalmente llovía a mares y las descargas eléctricas de los rayos hacían estremecer a toda la ciudad.
Ya con la certidumbre que algo imparable se avecinaba, me puse febrilmente a levantar de los pisos cualquier objeto desparramado y ponerlos encima de la isla de granito de la cocina, saque toda la ropa que pude de los cajones inferiores de las cómodas y roperos y los avente a las camas, traspase algunas conservas y otros alimentos de los bajos de la despensa y las puse en los estantes de arriba.
Cansado y temeroso me senté en un sillón del living, me quede pegado como con clefa, sin ni siquiera pestañear a ver las noticias por la televisión, mientras tanto, Rex se paseaba nervioso casi aullando por el miedo, presintiendo que algo grave estaba por ocurrir.
En el noticiero de las 9 de la noche, el gobernador del estado, el alcalde de la ciudad, los cuerpos de bomberos y el jefe de la policía empezaron a leer un edicto por el cual se pedía a la ciudadanía a evacuar voluntariamente la ciudad antes de que sea tarde.
Pasadas las 10 de la noche, dio la impresión de que el cielo se abrió de par en par, los truenos y los relámpagos caían cada vez más cerca, cada ves con mayor fuerza e intensidad, la lluvia continuaban sin cesar trayendo consigo lo que parecían torrentes de agua escapadas de las cataratas del Niágara o del Iguazú.
Ya varios barrios enteros habían perdido la electricidad, sin embargo, pese a la oscuridad, aún se podía observar las siluetas de los rascacielos que parecían estructuras fantasmales iluminadas de rato en rato por el centello y el resplandor de los rayos airados que descendían del cielo escupiendo millones de voltios y en esa vertiginosa caída formaban una hilera zigzagueante de luces de otros mundos que desaparecían y volvían a aparecer en intervalos de menos de medio segundo.
Las autopistas y los puentes se empezaron a inundar, lo que impidió la evacuación de algunos intrépidos que se atrevieron a salir de sus casas. Familias enteras murieron ahogadas en el interior de sus vehículos atrapadas sin poder abrir las puertas por la presión de las aguas desaforadas que corrían como riadas desbocadas.
Como a eso de las 11 de la noche, llamé a Max para ver como estaba, me dijo que por ahí todo estaba bien, lloviendo pero que no había porque preocuparse todavía. De pronto, el noticiero se centro en el barrio de Meyerland donde vivimos, salí apresurado a la calle a comprobar las noticias que decían que el nivel de agua del brays bayou estaba por llegar al limite y que en cuestión de horas lo más probable era que todo el barrio se inundaría, tal como había pasado durante las dos previas inundaciones de los años anteriores.
Mientras seguía apegado a la TV, viendo el noticiero, llamé otro par de veces a mi hijo, no contesto, fue en ese momento que decidí que, cueste lo que cueste, tenia que ir a recogerlo, juntos podríamos afrentar cualquier eventualidad. Salí de mi casa y vi que lamentablemente mi cuadra ya se había inundado y el agua había llegado a cubrir la mitad de las llantas de mi vagoneta Ford Explorer.
Al saberme inmovilizado y sujeto a los avatares del temporal, me asusté no solo por mi sino más que todo por mi hijo y mi mascota, me cundió el pánico ante la impotencia de no poder ir a recogerlo, no tenia noticias de mi vástago, eso era lo que más me preocupaba, intente llamarlo varias veces más, el resultado siempre era el mismo, mis llamadas se iban directo a su voicemail, respire profundo y me tranquilice un rato porque me dije a mi mismo que seguramente se le acabo su batería.
Poco antes de la media noche, el agua mezclada de lodo y fango empezó a escurrirse silenciosa como una víbora por debajo de la puerta, era una mazamorra de color castizo, tenia ese color seguramente porque en su paso arrasador se entremezcló con las parafinas y otros químicos de las refinerías de petroleo que circundan a la ciudad, por precaución me fui a mi dormitorio, Rex saltó encima de la cama y se enrolló muerto de miedo a un lado de mi costillar.
Lo que más temía se había hecho realidad. Durante la primera inundación, perdimos entre muchas cosas, los tesoros más preciados, las fotos de mis hijos y sus scrapbooks, los garabatos y los dibujos que hicieron en las clases de artes manuales, los videos y las películas que le hice durante su niñez, los álbumes de fotos de la familia de mi esposa llena de memorias gráficas en las que había guardado fotos hasta de sus bisabuelos, los cientos de cartas de amor que yo le había escrito a Lisa cuando eramos jóvenes, que ella las había conservado con tanto esmero por más de 25 anos, con la intención de que algún día mi hijos tengan la oportunidad de leerlas y así puedan comprender el significado de nuestra improbable aventura.
Si bien es cierto que despues de las dos previas inundaciones lloré por la perdida de autos, muebles y otros cachivaches, ahora ni siquiera desperdiciaría una lagrima por esas cosas materiales, porque son solo eso, pedazos de madera, telas, fierro y un poco de textura.
Los recuerdos que importan, los pocos que pude rescatar de los anteriores desastres, ya los puse a buen recaudo en los gabinetes más altos de los armarios empotrados, las memorias, los momentos intangibles, no necesitan resguardos, esos viven en la mente y en el corazón y no pienso perderlos mientras tenga un hálito de vida.
Exactamente a la 1.30 de la mañana, de las estanterías resbalaron los libros y las estatuillas: cayeron en picada directo a hundirse en esa especie de charco en que se había convertido mi casa, las bandejas de plata y las copas de cristal de bacará resbalaron desde las vitrinas, los muebles flotaban a la deriva como boyas desprovistas de balizas, las sillas nadaban patas arriba chocándose con los peluches y con la multitud de calzados disparejos desparramados por doquier, los cuadernos, las hojas y las tareas de Max parecían buquecitos de papel navegando en la tormenta perfecta, en ese momento, el nivel del agua estaba a meros centímetros de cubrir los enchufes pues había llegado a subir a 24 pulgadas del suelo.
Obviamente, el peligro era claro y presente, temía que una vez que el agua entre por los orificios de los enchufes, se desate una descarga de miles de voltios y nos fulmine en el acto y terminemos con la panza arriba y las patas estiradas como sapos electrocutados.
Puse a mi perro encima de una banqueta sobre la cama, mientras mentalmente yo sopesaba mis opciones que tristemente no eran muchas: una alternativa era agarrar un paraguas y arroparme en un poncho de plástico; treparme al techo y esperar que pase la tormenta, sin embargo, el dilema era de como yo lo subía a Rex; la otra opción era poner a rex encima de un salvavidas que tenia en la piscina, salir a la calle, atarnos con una cuerda a la rama del árbol y esperar flotando que baje el cauce de esos raudales que ya habían hecho cuantiosos destrozos por mi barrio.
A las 2;30 de la mañana, recibí un mensaje de texto de mi vecino Josh, me indico que debería a como de lugar lograr llegar a su casa en construcción (ubicada exactamente frente a la nuestra) que la estaba edificando de acuerdo a las nuevas normas de la ciudad, a 7 pies sobre el nivel de suelo.
Me dio el número de teléfono de otro vecino quien momentos antes había logrado llegar a la casa en cuestión, lo llame inmediatamente para coordinar y decirle que estaba a punto de cruzar la calle, cuando contesto, lacónicamente me dijo, Marco, ni lo intentes y peor aún con rex, lo más probable es que los arrastre la corriente y terminen ahogados y mezclados con los escombros de la ciudad en el fondo del bayou.
Mientras tanto, el agua dentro mi casa ya estaba dándome a la cintura, rex ladraba de terror encaramado como garrapata en la cornisa superior de esa especie de torre de salvación que a la apuranza que le había armado. Los poderosos ladridos de mi camarada perruno, eran sin embargo, acallados por el estruendo colosal de los relámpagos que daban la impresión que caían en el centro del mismo de la casa y amenazaban con a partir el techo por la mitad.
A los 5 minutos recibí otro texto en el que me indicaban que Gerardo (mi otro vecino que vive a 200 metros a la mano derecha) estaba esperándonos en las gradas de su casa con una linterna en las manos para guiar nuestro escape pues la noche estaba cerrada y más negra que nunca.
Inmediatamente, cogí mi celular, mi billetera y los pasaportes por si las dudas y los puse en una bolsa doble de nylon y con un tape los amarre alrededor de mi muñeca, puse el lazo en el collar de rex, de un jalón lo tuve que bajar pues se resistía a saltar por miedo al agua.
Tambaleando y chapuceando, logramos llegar a la puerta principal a la que abrí con fuerzas sacadas de no sé donde porque la riada que corría en la calle quería entrar a empujones e impedir nuestra salvación, logre cerrarla por milagro, ya en la calle, note que el agua había llegado a cubrir hasta las ventanas de mi vagoneta, el auto de mi hijo estaba 100% cubierto por el agua.
Para no desprendernos durante el vado lo encarame a rex a mi espalda sujetándolo fuerte con su lazo enroscado en mi mano y así empezamos ese penoso trayecto , nadando y tropezando con los setos y los arbustos de los jardines que parecían algas marinas.
Estábamos a unos pasos de la casa de mi vecino y su familia, a quienes quedare eternamente agradecido por habernos cobijado en su hogar y por la ayuda material y moral que nos brindaron no solamente en esos 2 días aciagos, sino aun mucho después cuando ya la calma había regresado a Houston.
Eran las 3 de la mañana, cuando por fin Gerardo nos haló y nos metió a su casa, muy gentilmente ellos ya me habían preparado una muda de ropa para que me cambie y hasta me dieron una toalla para que seque a Rex.
No pegamos ni una pestañeada esa madrugada pues la lluvia persistía y los raudales amenazaban con inclusive inundar su nueva casa, que al igual que mi otro vecino, el la había construido a 7 pies de altura, dos años antes de la visita de Harvey.
Una ves a salvo, intente inútilmente comunicarme con Max, en mi desesperación lo contacte por snap, facebook y deje multitud de mensajes y textos, pero el resultado siempre fue el mismo.
Finalmente, a la 1 pm del día siguiente, me llamó para decirme que estaba bien y que efectivamente no pudo llamarme la noche anterior porque se le había acabado la batería , que luego de la pelea se pusieron a jugar dardos hasta la madrugada y que como todo buen adolescente recién había despertado, me dijo que estaba seco porque gracias a Dios la casa no se había inundado y que no me preocupara tanto que me podría dar un patatús.
No sabia si llorar de emoción y alegría o decirle unos cuantos ajos por haberme hecho pasar esas horas de zozobra. Sin lugar a dudas, para mí, esas fueron las horas de mayor angustia que nunca antes había experimentado.
Luego de haber escuchado su voz y de enterarme de que estaba a salvo, se me entro la paz al cuerpo y finalmente caí agotado y recién pude cerrar los ojos dilatados por la angustia a tratar de dormir un rato.
A las 11 de la mañana del día domingo, dos días después de la inundación, en pleno onomástico de Max, paso por la calle convertida en rio una lancha de la patrulla policial instando por parlantes a los residentes a evacuar ya que las dos grandes represas en el norte de la ciudad estaban a punto de rebalsar lo que por seguro decían traería aún mucha más agua.
Ante tal noticia, me contacte con la familia que lo cobijaron a Max y decidí que aunque a nado yo iría porque tenia la obligación y la necesidad de reunirme con el, analizamos la situación y caímos en cuenta de que la Cruz Roja había improvisado un campamento de rescate en el parque Godwin, ubicado a unas 6 cuadras de mi casa, quedamos en que ellos me recogerían ahí.
Me despedí muy agradecido de mis vecinos que nos desearon buena suerte y de paso me dieron una mochila llana de ropa seca y otros menesteres y salí casi arrastrando a rex con el agua por los tobillos, yo iba tanteando por donde pisar, Rex mientras tanto, a sabiendas de que ya estábamos a salvo se puso a hacer piruetas y a nadar de espaldas, gracias a Dios, las aguas habían bajado considerablemente y una hora después finalmente pude reunirme con mi hijo.
En el atardecer del 29 de agosto, en compañía de la familia de su amigo y nuestro perro festejamos cumpleaños número 18 de Max. Sin duda, un día trascendental en su vida pues muy pocos jóvenes podrán afirmar que arribaron a la mayoria de edad en el ocaso de un fenómeno natural considerado como el huracán más fuerte y con más daños materiales que ha tocado tierra y que solo ocurre una vez en un milenio.
6 meses después, Max recibió la noticia de que fue aceptado a la prestigiosa “Crockel School of Engineering de la Universidad de Texas in Austin”. Actualmente, la número uno en el mundo en la carrera de Ingeniería Petrolera, seguida de cerca por al A&M también de Texas, ambas facultades no tienen parangón y de hecho en este campo cuentan con mucho más pedigree que las Ivy League como Stanford, MIT y Cornell.
Texas y más específicamente Houston, cobija a 500 compañías petroleras de exploración y producción, 9 refinerías y 150 firmas de servicios petroleros con operaciones a escala mundial, haciendo que esta región sea el epicentro global en investigación, educación, desarrollo y experimentación en temas de energía y petroleo.
La Universidad de Texas at Austin, tiene en promedio una población estudiantil de 50,000 estudiantes distribuidos en las más de 174 carreras que ofrece constituyéndose así en una de las más grandes de USA.
Empero, la facultad de Ingeniería de UT alberga aproximadamente a 7000 estudiantes en las carreras de; Aerospace Engineering & Engineering Mechanics, Biomedical Engineering, Chemical Engineering, Civil, Architectural & Environmental Engineering, Electrical & Computer Engineering, Mechanical Engineering y Petroleum & Geosystems Engineering.
La carrera (The Hildebrand Department) de Petroleum & Geosystems Engineering es muy competitiva, para ingresar y ser alumno del PGE un estudiante tiene que competir con estudiantes graduados en el top 10% de sus respectivos colegios, vencer una multitud de rigurosos exámenes de proeficiencia académica y demostrar otras actividades extracurriculares que los distingan, tal es así que la población estudiantil de esta carrera constituye solamente el 9.5% de la facultad de Ingeniería y menos del 0.5% de la población total de la Universidad.
En Mayo visitamos la hermosa ciudad de Austin, la capital del estado de Texas, para asistir a un programa de orientación para estudiantes y padres de familia organizado por la Universidad.
Durante la presentación, el decano de la Facultad de Ingeniería Petrolera, mostró unas estadísticas que me embargaron de emoción y de orgullo al saber que mi hijo fue uno de los afortunados 90 estudiantes admitidos de más de 4,000 postulantes de diversas partes del mundo que la carrera había aceptado.
Exactamente un año después de haber sobrevivido las consecuencias de Harvey, como una convergencia y signo de los tiempos, hoy 29 de agosto de 2018, cumpleaños de Max es el primer día de clases de su nueva etapa, en su alma mater, su nueva morada la Universidad de Texas at Austin.
]]>Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Edgar Allan Poe
Ni siquiera habían acabado de comer la torta, cuando, por un cruel desatino del destino nos descubrieron y en un santiamén se percataron de que habíamos descendido en la boda en calidad de “paracaidistas”.
No cabe duda, de que nos pillaron, por el escándalo y la colosal trapisonda que armamos, pues según nos comentaron después, aparte de dar vueltas como ruecas, habíamos libado más de la cuenta, a tal punto que el servicio de bebida había mermado considerablemente, por lo que a partir de ese momento, los garzones no tuvieron otro remedio que dar vueltas por el recinto con charolas en la mano, sirviendo con cuentagotas minúsculas raciones de licor y llevando cuentas en las servilletas con el fin de evitar que ciertos sinvergüenzas se aprovechen de la situación y pretendan repetir la dosis.
Otra de las razones por la que nos descubrieron, al decir de ciertos comentarios antojadizos que circularon en la prensa, fue por el desparpajo y la falta de pundonor que habíamos demostrado al brincar como arlequines con movimientos ondulares de la pelvis alrededor de los novios durante el bailete de la consabida marcha nupcial, como si fuera poco, habíamos perpetrado todo ese descalabro en contraste con el frágil y timorato proceder de los prometidos que bailaban como dos angelitos bajados del cielo con la cadencia de una melodía divina, dando pasos al vacío, como si estuvieran pisando huevos o distribuyendo pésames en un velorio.
El contertulio de invitados se quedo pasmado de asombro ante nuestras cabriolas y la apoteósica manera de explayarnos, estaba claro, que en un abrir y cerrar de ojos, habíamos convertido el convite en un sainete nunca antes visto y en un bacanal de proporciones épicas, era indiscutible, que nos estábamos divirtiendo con tanto ahínco y pasion que casi agujereamos los pisos de machihembre por tanto zapatear el “imapaj casarum, imapaj casarum”.
Todos se miraban entre si, deslumbrados al presenciar semejante barahúnda, de pronto, el desconcierto se apoderó del guateque, en medio de la confusión, empezaron a pellizcarse el uno al otro para comprobar si estaban despiertos o si estaban soñando, porque no podían dar crédito a lo que estaban viendo, se asustaron tanto que se les erizaron los pelos y se quedaron tiesos como piedras.
Ni bien lograron sacudirse del marasmo, cayeron en cuenta de que la fiesta se les escapaba de las manos, de quedarse patidifusos sin hacer nada, no les hubiese quepado otra cosa que conformarse con los despojos de la merendola y rogar a la banda de música a que toquen y canten a capella para amenizar sus danzas y así por lo menos evitar el bochorno de bailar al ritmo de las notas peregrinas de músicas prestadas, ante tal eventualidad, formaron una comitiva inquisidora, se armaron de valor, dejaron a un lado el visible “complejo de inferioridad de entretenimiento” que padecían y empezaron a hacer indagaciones.
Un par de minutos después, luego de atar cabos, llegaron a la conclusión de que la algaraza, simple y llanamente había sido infiltrada por una caterva de ilustres desconocidos que no solamente estaban disfrutando con mucho descaro y atrevimiento, sino también, que los insumos de bebidas y comidas estaban a punto de desaparecer, cosa que no se podía entender, pues habían ordenado 15 bateas llenas de bocaditos de carnes frías, 8 turriles repletos de refrigerios y más de 100 damajuanas de singani a granel, lo suficiente como para embrutecer a todo un regimiento.
Para fortuna del personal de servicio durante esos críticos momentos de la pesquisa, no lograron deducir que una ves que irrumpimos en el fiestón, lo primero que hicimos fue “aceitear” a los mozos y garzones para que nos dieran tripletes y no nos hagan faltar combustible, de percatarse de ello, con seguridad los hubieran ejecutado en el acto, culpado por la desaparición del pisquete y achacado de la consecuencia irremediable de esa sequía chupistica que se estaba experimentando.
Inmediatamente después de que los correveidiles les confirmaron que un puñado de pícaros habían tomado la fiesta por asalto, secuestrado los brebajes y apropiado alevosamente de toda la algarabía, los novios decidieron tomar cartas en el asunto, para tal efecto, aldabaron la puerta principal con candados y pusieron cerrojos con armellas en las ventanas para que no escape ni una mosca.
Se abrieron paso por entre la turba aduladora que en ese momento estaba haciendo fila con el objetivo de prenderles dolares de alasitas en las solapas del traje del novio y en los ribetes de tafetán del velo de la novia, se treparon a la improvisada tarima y ordenaron parar la música en seco, arrebataron de un jalón el micrófono al cantante que se había quedado mudo por el arrebato y conminaron a gritos a los padrinos, al maestro de ceremonias y a los invitados oficiales a que nos apedreen públicamente en pleno salón de baile y nos corran a palos hasta las afueras de la ciudad y encima nos den un tremendo vapuleo y a manera de escarmiento nos azoten las nalgas con manojos de itapallu para desagraviar semejante patraña y para que nunca más volvamos a tener la osadía de colarnos a una fiesta sin ser invitados.
Antes que nos cojan las huestes de convidados, salimos del acontecimiento casantorio sin miramientos, como venablos disparados por la emergencia del momento, galopando como caballos fustigados por la pavura y pies para que te quiero corrimos más raudos que un soplido, nos dimos a la fuga en un estado de levitación apresurada.
Escapamos como almas que lleva el diablo por las brechas y los resquicios del evento, una ves fuera del recinto, aligeramos el trote esquivando las pedradas y los insultos que nos lanzaban, continuamos la huida, tropezando con los pedregales y los adoquines durmientes de las angostas callejuelas, ya sin aire en los pulmones y a punto de desfallecer, logramos detener esa huida estrepitosa en el linde del precipicio, sin darnos cuenta, habíamos arribado al borde de la ciudad, paramos la marcha aquejados por una taquicardia de antología y nos sentamos un rato a descansar en la orilla del camino.
Poco a poco y con la ayuda de unos cigarrillos sin filtro recuperamos el aliento, viramos la mirada atrás y pese a la oscuridad pudimos ver la polvareda convertida en niebla que habíamos causado con esa ajetreada huida y fue así que caímos en cuenta de que los perseguidores no pudieron atrapar ni siquiera las siluetas de nuestras sombras, entonces, justo ahí, en complicidad con el guiño solidario de la luna llena y el brillo socarrón de las estrellas de casiopea, nos cagamos de risa rememorando los pormenores de semejante escapatoria, pero cuando se desvaneció el eco de nuestras carcajadas, cundió el temor y nos dimos cuenta de nuestra triste realidad.
Ya era casi la medianoche en la villa imperial, una quietud casi sobrenatural se había apoderado del ambiente a pesar de que era sábado, la ciudad estaba tan silenciosa que hasta se podían oír las pisadas furtivas de los gatos en celo caminando sigilosamente por los tejados buscando amantes con soltura dispuestas a cometer el pecado carnal, ese silencio casi sepulcral era ocasionalmente roto por los zumbidos de los zarpazos y por los maullidos mezclados de espanto y placer producto de las grescas y los amoríos de esos gatos arrabaleros.
Salvo el ronco sonido de los bocinazos de algún carro a la deriva o los ladridos distantes de los perros callejeros, la noche estaba intolerablemente muda, ausentes los ruidos escandalosos que son característica inconfundible y materia prima de las bullangueras noches sabatinas, ese silencio contagiado de afasia no era otra cosa que una conspiración en contra de nuestro derecho constitucional a la diversión, razonaban unos, o quizá sea simplemente una temporal trastada del destino, especulaban otros.
Nadie podía explicar con exactitud la causa de ese silencio de catacumbas, era probable que la medianoche fue victima de un repentino ataque de apatía e indiferencia, lo que si era evidente, era que esos dos estados de animo incompatibles, se habían apareado en un rito de nigromancia con la clara intención de barruntar a nuestras espaldas y mediante sus sortilegios del otro mundo, de un plumazo desbaratar nuestros planes.
Eran señales ignominiosas imposibles de ignorar, indicaban más claro que agua, que la promotora del jolgorio, la jovial y socapadora oscuridad, tenia toda la intención de estirar la pata aquejada por los síndromes de la displicencia sin importarle un comino nuestros deseos e inquietudes, de quedarnos paralizados sin hacer nada al respecto, inevitablemente nos “dejaría el tren del esparcimiento”, de ser así, no nos quedaría otra, que contemplar la idea de terminar la francachela a medio gas, chawarados y con la “tripa abierta” y recogerse a casa con el rabo entre las piernas.
Como un regalo no merecido, el inminente adios de la medianoche, nos obsequio un gran dilema, una disyuntiva perversa que nos ponía entre la cruz y la espada, pues nos obligaba a escoger entre “recogernos” o “continuar”, la sola mención de la primera opción, generaba un pánico aterrador entre los fandangueros porque todos sabían que el resultado nos sumiría en un estado de abatimiento irreversible, el único remedio para aliviar semejante agobio, era escoger la segunda alternativa, lo que suponía, ubicar sobre la marcha otro guateque o presterio o en el peor de los casos un local de “remate” para despedir a la noche como dios mandaba.
Para resolver el problema de ese atolladero, alguien sugirió echar una moneda al aire para decidir el curso a seguir, descartamos esa descabellada idea, dado que matemáticamente no ofrecía un chance mayor al 50% de salir con nuestro gusto, al final, decidimos efectuar una votación y así solucionar el impasse, el resultado no podía haber sido más contundente pues casi todos expresaron su deseo de continuar con la parranda, con excepción de uno de nuestros amigos que decidió irse a su casa, porque en ese momento, le empezaron a brotar los síntomas del cólico saturnino habida cuenta de que dos horas antes había injerido tres vasos de posk’o api en el mercado.
Ajena a nuestros tejemanejes y deliberaciones democráticas, y como si “al intento” quisiera empeorar nuestra mala pata, en esos postreros instantes, la cómplice noche aún se debatía obstinadamente entre morir en paz o en soportar la constante agonía de prolongarse hasta los principios de los amaneceres para que nosotros, los reyes de la joda y el desenfreno, continuemos con la parranda.
En anticipación a cualquier eventualidad, elevamos nuestros ruegos al hacedor, para que por su intermedio no permita que la noche, nuestra amiga y confidente se apague y más al contrario le de fuerzas para que mantenga viva la lumbre del jaleo, sin embargo, pese a nuestras más sentidas suplicas, la noble compañera, fiel y mustia alcahueta de nuestras calaveradas nocturnales se había cansado y finalmente decidió pasar a nueva vida acechada por el ímpetu del advenimiento del nuevo día, presionada por los indecorosos preceptos de la prudencia y los mandamientos del buen comportamiento.
Las pruebas fehacientes de su partida, serian confirmadas meras horas después por los primeros rayos de sol que inexorablemente empezarían a desmontarse como una cofradía de aguafiestas desde las serranías del cerro mayor y por el alboroto ensordecedor, que como siempre, armarían los gallos trasnochados con esos cantos bucólicos que en ves de anunciar la llegada de la alborada, cantarían las condolencias por la trágica partida de la noche.
Ya finiquitada la noche, no nos quedaba otra que seguir adelante con la odisea fantástica de la jarana en la frontera misma del alba, inevitablemente y casi al filo de la madrugada, cansados y maltrechos, desafiando las ventoleras y las brutales brisas del amanecer nos apersonábamos a cualquier cantina abierta a fin de continuar la bebendurria y dar honesta sepultura a la farra inconclusa.
Para rematar como se debía, siempre lo hacíamos con la ayuda de unos cortafríos y unas chelas al ambiente y para no derrochar energías durante el santificado acto de doblar el codo, permanecíamos inmóviles como monolitos muertos de frio, apoltronados en las sillas endebles y vetustas de los locales de dispendio, esperando que se disipe la oscuridad y se amainen los soplidos del viento matinal y una ves que clareaba al despuntar el día, salíamos de esas madrigueras oscuras como salen las viscachas, con los ojos rojos, frotándonos las manos y con el aliento casi congelado a perseguir a los rayos escurridizos del Intiraymi.
Llegábamos a esos timbiriches protegidos por la penumbra y la circunspección de la madrugada en un estado de total improperio, muchas de las veces en contra de nuestra voluntad, arrastrados como por imanes por los olores y por los sabores, por los ruidos de los ruidos y por las resonancias reverberantes de las músicas propias del desmadre que emanaban desde las entrañas de los boliches.
Otras veces sin embargo, por causas y azares desconocidos o porque a la dilapidada noche le dio la gana de amanecer mas temprano, terminábamos la velada sentados alrededor del pilón sobre una patilla de cal y canto con la guitarra en la mano, bajo el manto de los cipreses y el follaje entumecido de los arboles de pino de alguna plazoleta anónima esperando febrilmente que nos pesque la bendita madrugada.
Sin inmutarse ante el paso despiadado del tiempo, las manillas del reloj de la catedral marcaban las 3.33 am, el guarismo exacto de la ominosa hora del diablo, como es de suponer, a esas alturas de la insipiente aurora, las opciones para continuar con la jarana no eran muchas, pero un destino casi obligatorio era de llegar a lo de la “Isica” o en su lugar a lo de la “mamacita” a cualquier costa.
La Isica era un timbiriche de dos pisos ubicado en las cercanías de la calle cívica donde servían cerveza al hielo y sobre todo un fricase que al decir los sibaritas era como para chuparse los dedos, él fricase era cocinado a fuego lento con unos inmensos trozos de carne de chancho, con maíz pelado y tunta y muchos otros ingredientes nativos que cuando los servían en esos platos de porcelana china daban la impresión de que los alimentos nadaban en un jugo de especias y ajíes machos más rojos que los vinos de las sacristías.
Si por mala fortuna, las puertas de la Isica estaban cerradas, entonces el destino eran los santos aposentos del bar de “la mamacita” cuyas coordenadas geográficas la ubicaban en la arista esquinera de las calles Smith y Bustillos, muy cerca del arco de San Roque y la plaza de los perros, a unas simples cuadras de los cabarets y burdeles circundantes al camposanto de la ciudad.
Uno llegaba a este boliche, no solamente buscando cobijo y calor sino también para degustar de las laguas y de las llallaguas y otras bebidas de baja catadura, que pese a las tempraneras horas se servían en este local, pero si por razones de fuerza mayor el epilogo de la parranda nos encontraba por los alrededores de la universidad, cerca de la cuadra de los cocanis en inmediaciones de la calle Oruro para ser más especifico, entonces nos convidábamos al bar más antiguo de la ciudad, al mismo que según contaba Don Segundino , su dueño y locatario , que una vez enterados de la existencia de un “barquito” a la deriva en la mediterraneidad de Potosi, llegaron desde Mejillones, en el sur de Chile una comitiva oficial compuesta de marineros y almirantes de fragata a obsequiarle un timón de madera, – el mismo que hoy está expuesto muy orgullosamente detrás de la barra de la cantina – seguramente le regalaron el timón porque pensaron que era inconcebible un “barquito” sin timón, pero lo que desconocía la generosa comitiva era que en realidad el bar se llamaba “Bar Quito” en honor a la capital del hermano país del Ecuador.
Una característica única de esta cantina, fue que su propietario aparte de hacer emborrachar a su clientela tenía el propósito de inculcar valores positivos y altruistas por lo que recopilaba, pensamientos, máximas y frases de los sabios y filósofos y los escribía en las paredes o las garabateaba en cartulinas que pegaba en los dinteles de los ventanales y en cada recoveco del bar con la esperanza de que “con el trago” les entre también algo de cultura.
Un estribillo que lo recuerdo muy bien, estaba escrito en la pared del baño, el que muy acertadamente decía: “En este humilde rincón, hasta el más macho se baja el pantalón”
En el bar Quito, se servían los populares tragos conocidos como “te con te” y los ponches que en su forma más primaria es un combinado de agua hervida de canela con singani muy efectivos para cortar el frío.
Otras veces, dependiendo de la posición geográfica del jaleo, al tiempo de recogernos, nos asomábamos a las mazmorras oscuras del bar el “Mocko Teniente “ ubicado en las extremaduras de la calle Chayanta. Este bar, es el equivalente Potosino a los “cementerios de elefantes”, esos tugurios que pueblan las villas miserias de la metrópoli de La Paz, donde acuden los desahuciados de la vida a despedirse de sus oprobios y morir literalmente al pie del cañon.
Los parroquianos que habitaban esta especie de boliche del medioevo, bebían bajo un anonimato total, con las cabezas gachas sin musitar ni una sola palabra, bebían así, amparados por el silencio y la oscuridad casi total de las lúgubres paredes de ese antro que más parecía un escondrijo de almas en pena que un bar de apacible barrio, era sin embargo muy especial, porque era un bar 100 por ciento para rematar y cuyas puertas se abrían a partir de las 2 de la mañana.
Si la búsqueda frenética de jolgorios nos pillaba por los vecindarios polvorientos de los “rancho guitarras”, en esos parajes donde el diablo perdió el poncho, en el meridiano de la vieja calle de la pólvora (calle Hernández) entonces sin cavilar nos dirigíamos al bar la “Cortina Rosada” a tomar cócteles en jarras de plástico, cuyo dueño don Tito, un eximio guitarrista invitaba como entremés un magnifico k’allu de tomates, locotos y cebollas tan picantes que hasta a los muertos hacia reaccionar, no sin antes deleitarnos con un par de tonadas, al que momentos después de echar dos gotas a la pachamama, alzábamos las copas y con mucha euforia nos sumábamos cantando en coro la zamba de la esperanza, de lo contrario, nos congregábamos en el interior del bar “la colmena” que estaba ahí en el confín de k’arkupila muy cerca de la plaza el minero a la que ingresábamos por entre sus crujientes puertas celestes de vaivén a mezclarnos y confraternizar con los clientes que en su mayoría estaba compuesta por dirigentes sindicales, ju’kus y rescatistas de mineral.
Si nada alentador se pintaba en el panorama, ya casi como último remedio, terminábamos encogidos como ovillos acullicando bolos de coca y entre pijche y pijche liquidábamos bidones de bebidas elaboradas en base a sultana, ramitos de canela y un poco de anís, en las mesas verdes de la “sede de los chóferes” sobre la calle La Paz, que a la sazón estaba ubicada al voltear la esquina del bar el quijote en las inmediaciones de la plazuela 15 de mayo a un costado del templo de San Juan de Dios enfrente a la esquina donde vendían thayas de camote y pito de trigo pintadas con savias de ayrampo.
Muy raras veces, cuando era obvio que no quedaba abierto ningún evento social al que podamos acceder para cumplir con nuestros deberes dionisíacos, aunque a regañadientes, teníamos que admitir que el apogeo de la noche se había desvanecido habiendo sumido a la ciudad en un sosiego sin precedentes, en consecuencia y a modo de epitafio a la oscuridad y bienvenida a la madrugada, nos acercábamos a alguna de las quintas de mala ralea que pululan los arrabales de la ciudad, uno de ellos era “El Rosedal”, un antro de bajo calibre donde servían brebajes de dudosa procedencia y chichas mezcladas con helado de canela mal llamadas garapiñas, porque la garapiña es una bebida oriunda de Cuba, y como una burla a la misma ironía, le pusieron un nombre primaveral sin importar que el inexistente jardin del local era huérfano de plantas y rosales.
Los taimados locatarios de esta chicheria, asi como de la “Quivincheña” y tantas otras “quintas” recurrian a trucos subliminales, urgidos por su apetencia vehemente de dotarles de un toque caribeño a sus frígidos locales, para lo que hacían pintar en las paredes de sus establecimientos, hileras de paisajes tropicales con tréboles de cuatro hojas, madreselvas llenas de gardenias y enredaderas de lirios arbustivos, sin que falten las palmeras rebalsando de cocos y los arboles de mangos maduros y en los cielos falsos hacían dibujar nubes de colores con golondrinas y papagayos a medio vuelo y miles de mariposas en cinta, vaya uno a saber, si lo hacían para despistar a las señas tangibles del crepúsculo, o para embaucar a los comensales y pretender hacer creer a los clientes que todavía era de día y que estaban bebiendo en alguna estancia campestre de Santa Cruz o en una chicheria valluna de Cochabamba.
Para recrear la temperatura de los valles y combatir el frio paralizante, encendían hachones y en un brasero ponían a hervir una lata llena de hojas de eucalipto para que sus vapores aromaticen el ambiente y al mismo tiempo inciten a la clientela a perder la inhibición y lanzarse a la pista de baile a mover el esqueleto con los ritmos de las cumbias y los acordes de los vallenatos que salían de los parlantes empotrados en los farallones del patio, pero quizá lo mejor de todo, era que las meseras eran verdaderas cholitas que los dueños traían desde los valles aledaños.
“El Rosedal”, era primariamente frecuentado por las trabajadoras domesticas y sus consortes, por los cholos de los barrios de la circunvalación, en los días de pago, se atiborraba de mineros y palliris de pailaviri que bajaban en masa formando una procesión interminable a pignorar sus magros salarios en menos de que cante un gallo, durante los feriados patrios, el local rebalsaba de generales y capitanes, de sargentos y conscriptos mostrencos del cuartel militar cuyas barracas estaban a la vuelta de la esquina, como muy bien se dice “a un tiro de piedra”.
Yo, como muchos, tuve mis esporádicos encuentros amatorios con una de estas lindas cholitas , una buena moza de ojos medio verdes y una cinturita de avispa que había venido desde Villavecia, según me contaba, a estudiar corte y confección, Julia se llamaba y para pagar la matrícula de su instituto, según ella, trabajaba de moza de lunes a jueves, porque de viernes a domingo, se hacía “chinka”, se desaparecía del panorama ya que la muy bandida se iba a bailar a una de las Mayos, a la 15 o la 25 y para cerrar la fiesta con broche de oro, seguro se hacía arrastrar hasta los extramuros con un algún cooperativista de San Benito.
Muchos años después, regrese a la villa en calidad de turista, me asome a indagar por su paradero y no la encontré porque la Julia se había mudado para la ciudad de El Alto y según me dijeron; que para curarse del amartelo y de su mal de amores, decidió volverse cachiscanista y me entere que así se gana la vida como luchadora invicta bajo el seudónimo de la Cándida Eréndira.
Es la purísima verdad que acudíamos a esos bares de mala muerte, lo hacíamos porque no teníamos otra solución y porque éramos adictos a la joda y amábamos el desbarajuste y en resumidas cuentas lo hacíamos porque nos importaba un carajo el que dirán de las malas lenguas, de esas pitonisas de mal agüero que afirmaban que a esos antros solo iban a libar los que ya no tenían remedio.
En fin, si la jarana terminaba por razones de fuerza mayor como cuando en las épocas de las dictaduras donde los milicos imponían los estados de sitio y decretaban la ley seca, entonces había que hacer de tripas corazón y darle a la caminata rogando a los santos que uno no se quede dormido en alguna esquina de la villa, porque a esas horas olvidadas de la mano de dios, rondaban los cacos, los pandilleros y los amigos de lo ajeno que hasta te podían robar los zapatos, a mí me paso una vez que me quede dormido frente al comedor universitario, pero los rateros – que por cierto llevaban antifaces – solo pudieron hacerse con el zapato izquierdo, pero se vea como se lo vea, había que recogerse y punto.
¿Y qué se podría decir del día siguiente? No era chiste, era colosal el esfuerzo para recuperar del estado flatulento y casi comatoso en el que uno se encontraba, postrado en la cama, asustado como un fantasma ante la inminente visita del doctor delirium tremens, con espasmos y convulsiones violentas y aquejado por calambres de epiléptico, temblando como una hoja de calamina por los efectos del síndrome de hiperacusia, y para el colmo, sin control nuestras ventosas que despedían gases en burbujas llenas de vapores con olor a peste y como si fuera poco, ni las compresas de aire frio envueltas en la frente, ni los cataplasmas, ni los sueros, mucho menos los supositorios podían aminorar los efectos de la fiebre de casi 50 grados de calentura causada por los microbios de las nauseas contagiadas.
Muchos, los sin experiencia, trataban de reponerse recurriendo a sanaciones taumatúrgicas o de la manera más provinciana posible, bebiendo una limonada a medio hervir, meneada con un poco de azúcar prieta y espolvoreada con moléculas de alikal o alkaseltzer, confiando con fe ciega en la falacia de sus propagandas que decían que esos remedios eran un antídoto eficaz para los efectos de las borracheras, de modo que, bebían esos líquidos burbujeantes a manera de transfusiones depurativas para que expulsen los malestares de la resaca.
Si no contaban con esos remedios extranjeros, mandaban a la empleada o a la hermana menor a la botica de la esquina a comprar una media docena de mejorales y desenfriolitos para aliviar la calentura y disminuir los ataques repetitivos de cefaleas que causan esas jaquecas criminales que dejándolas sin atender podían hasta desportillar la cabeza.
En cambio, nosotros, los fiesteros de profesión, los PhD de la joda, optábamos por lo más natural y saludable, recurríamos al experimento comprobado y ratificado por décadas de experiencia que consistía en dirigirse al promediar las diez y media de la mañana hacia la salteñeria “el hornito”, (en la calle Linares frente al Bazar de los Pozos, que según las tertulias familiares, hace mucho tiempo casi toda la cuadra perteneció a los antecesores de este escribidor) a saciar la sed imperante con una papaya salvietty y aminorar el hambre tercermundista con las famosas saltucas que por ser tan pequeñitas cabían tres en la mano y cuya costumbre socialmente aceptada era comer seis y pagar solo de cuatro.
Luego de ese protocolar gastro-culinario acto, la coyuntura requería merodear los alrededores de la plaza del regocijo o dar vueltas interminables por el viejo bulevar hasta toparse con algún poseedor de las cinco palabras mas importante de la jerga carantoña “hay que curar el chaqui”.
Por los alrededores del casco viejo de la ciudad existen un montón de bares y restaurantes donde uno podía aplacar los efectos de la resaca, pero dos locales tienen preponderancia debido a la ubicación estratégica de sus predios.
El club Internacional, que de internacional no tiene nada, ubicado en plena plaza principal, de muy fácil acceso si es que uno es “socio del club”, de lo contrario, uno debe ser “invitado” por algún miembro para poder ingresar y así poder sentarse en esos sillones de cuero del año de la corneta a degustar de los “tapados” tales como el San Pedro y los Majuelos y de alguna que otra empolvada botella de Whisky o vino Argentino, valga la aclaración de que solo se daba cuenta de esos brebajes durante la celebración de la caída del dictador de turno o a la muerte de un obispo, porque por esos tiempos, esos licores embotellados y con corcho, eran tragos que solo podían beber los platudos y los miembros de la rancia aristocracia potosina, pero que al final de cuentas, después de tres tragos y una platica en el mingitorio se convertía nomas en un boliche común y silvestre en donde se jugaba cacho y se hablaba huevadas como en cualquier otro antro de la villa.
Unas cuadras más arriba, en la esquina de las calles Chuquisaca y Padilla se encontraba el “Galey”, domiciliado en el primer piso de una típica casa colonial, era un clásico establecimiento, amoblada con butacas y sofás confortables para acoger a su “distinguida” clientela compuesta mayoritariamente por jueces y tinterillos que acudían al bar como si fuera la corte suprema, para seguramente escaparse de sus pleitos y demandas y porque además quedaba muy convenientemente ubicada cerca de los bufetes de los leguleyos.
Muy afamado era este bar por sus espectaculares “pichelitas” y los deliciosos riñoncitos a la plancha, las pichelitas en cuestión eran una combinación preparada con jugo de limón y con singani a granel y meneadas con un poco de azúcar en unas jarritas de vidrio que el dueño, don Acuti Perez, agitaba de arriba para abajo y de izquierda a derecha como una ánfora de lotería y con tales movimientos cardinales generaba una especie de mini remolino en la barriga de la jarra y cuando escanciaba ese liquido en las copitas de vidrio tan pequeñitas que parecían dedales de los sastres subía la blanca espuma y daba la impresión de ser un fino pisco sour o un legendario champan Francés.
Otra característica de el “Galey” era que estaba regida por un estricto horario de atención que unicamente se alteraba durante el aniversario de la ciudad y cada 29 de febrero durante los años bisiestos. Abría sus portones el local a las 11 de la mañana y las cerraba puntualmente a las 3 de la tarde, ni un minuto más ni un minuto menos, sin importar los berrinches y los ruegos de algunos clientes que querían literalmente beber como abogados “hasta perder el juicio y quedar botados en el suelo como expedientes”.
A estas alturas, serian tal vez las cuatro y media de la tarde, los cielos rojizos habían dado a luz a un mágico atardecer, de esos en donde hasta el tiempo se pierde en la lejanía de horizonte, era la hora propicia para hacer acto de presencia en los locales de Doña Laura (QEPD) íbamos casi volando como silbidos empujados por la prisa sin prestar atención a las miradas envidiosas y al murmullo de los menos afortunados.
Ni bien llegando al mercado artesanal de la calle Sucre, se empezaba a sentir en el aire casi congelado por el frio, los olores de los brazuelos de cordero, los aromas de los ajíes de gallina y las esencias de los fiambres finamente complementadas con el soporífero perfume de los caldos de menudencias, todo esta cornocupia de efluvios, prometían entibiar la frígida tarde e impregnar la ciudad entera con las emanaciones de esas comidas y bebidas sensacionales a tal punto que las exaltaciones de esas fragancias eran como un conjuro difícil de sacudirse, eran peor que un hechizo de bruja libertina que nos arrastraba involuntariamente como los imanes arrastran a los metales.
Una vez empernados a las sillas del bar de Doña Laura, ubicado al final de la calle Sucre, muy cerca al regimiento de infantería y en frente del estadio deportivo capitán Rojas, no solamente nos dedicábamos a la tarea de acabar con los líquidos espirituosos, sino también, nos empeñábamos a competir en el antiguo deporte del sapo o del tradicional cacho, lo que invariablemente conducía a “continuar ” pero, solo y únicamente, si alguien invocaba alguno de los axiomas de la trilogía sagrada de: “nos bajaremos” o el ritual de la “champinchada” o el obligatorio “salud al seco, hermano”.
El peregrinaje a lo de doña Laura más o menos terminaba, dependiendo del tamaño del bolsillo, en promedio, alrededor de las 7 de la noche, está era la hora donde se empezaba la retirada a tientas, gateando y revolcándonos en charcos de orines y vómitos ajenos y turulatos continuábamos dándonos empellones contra los muros de las casas alineadas en ambos extremos de la serpenteante calle Sucre.
Hacíamos que recogernos muy a duras penas y simultáneamente despotricábamos a pulmón abierto en contra de los arquitectos coloniales por no haber prevenido con antelación que los individuos en este soberano estado de impedimento motriz necesitaban anchas avenidas para tambalear hasta llegar a su destino.
Empero, en la mayoría de los intentos, el “acto de recogerse” terminaba casi donde empezaba, porque a unos míseros pasos se encontraba el tristemente celebre bar “el paso de los toros”, triste: porque era un boliche de poca cuantía cuya especialidad era vender singanis manufacturados con los desperdicios de las uvas de los valles aledaños que todo el mundo los conocía con el nombre de “chanchos”, con su fachada amarillenta y cubierta de hollin parecia una calca mal hecha de la famosa chicharroneria de La Paz, celebre; por los zafarranchos que se desataban en el segundo piso entre los asiduos del local y los pendencieros clientes del bar “Liz Tigres” que quedaba al a vuelta de la esquina, quienes venían en busca de altercados y trifulcas, los mismos que luego de consumir tres tragos se violentaban tanto que querian coger a los por los cuernos a los toros de los afiches pegados en las paredes, trágica; porque cientos de embriagados terminaban la jornada accidentados porque a tiempo de “recogerse” rodaban como bolas de nieve trasbocando hasta sus conciencias por las empinadas gradas empapadas de sangre del local de mala muerte.
Una cuadra más allá, como trampa imposible de soslayar, se hallaba la imponente esquina de los padres de la patria, que daba inicio al viejo paseo de el bulevar, modelado al estilo de las ramblas de Barcelona, esas cuatro calles enlozetadas desprovistas de veredas mas sus arterias circundantes, constituían sin lugar a dudas, el pasaje más famoso y al mismo tiempo el perímetro más peligroso de la Villa Imperial, esa caótica explanada rebosante de diversion y encanto, tenia por epicentro a la popular sandwicheria “la calavera” sobre la calle Matos, tres pasos mas abajo del restaurante de “la charqui Maria” y terminaba en el otro extremo de la esquina de los mencionados libertadores justo al chocarse con el colegio franciscano colindante con la cruz de madera que crece empotrada en la pared lateral de la iglesia de San Francisco.
Según cuentan, muy pocos habían logrado atravesar el bulevar de punta a punta sin antes haber caído fulminado ante los olores a canela y singani de camargo de los “calientitos” que se dispensaban a diestra y siniestra en la caldera del diablo, un local cuyo moto era “el que no cae, resbala”, o quedar aprisionado en uno de los establecimientos de la trifecta popular, compuesta por la benemérita Unión Obrera y su primas hermanas, la sede los Fabriles y la Unificada, que aparte de ser bares de impecable raigambre, eran como bibliotecas llenas de sabiduría y pertrechadas de leyendas inverosímiles hasta para los bebedores más consuetudinarios de la villa, eran además, los tugurios conspirativos donde se asociaban los obreros, los proletarios y los estudiantes en casos de emergencia o en los festejos de las contiendas electorales.
Todos estos insignes locales cohabitaban como uña y mugre muy cerca el uno del otro, en la avenida abierta del vicio y la perdición, distribuidos en una equidistancia traicionera muy difícil de esquivar, eran como ríos imposibles de vadear, como un laberinto sin salida, eran literalmente los tentáculos del pulpo del infortunio con los que atrapaban en sus fueros internos a todo jaranero vagabundo sin rumbo a los que con cantos de sirena los atraían a sus recintos y los obligaban a beber la ultima copa, la coloquial “copa del estribo”.
Ahora, de como uno terminaba después del acto del recogimiento es harina de otro costal y tema de otro ensayo. Viscarra ya lo dijo antes, éramos antropólogos porque nos gustaban los antros.
]]>Pomo regalo de fin de año y principios del nuevo visitamos la riviera maya en la península de Yucatán en en el golfo de Mexico y nos compramos un paquete de excursiones de aventura en el parque xplor.
Segun la historia comenzó hace 65 millones de años, cuando un asteroide de diez kilómetros de diámetro atravesó la atmósfera e impactó la Península de Yucatán, dando fin a una era y creando nuevas formas de vida. Desde entonces, gota tras gota se fueron esculpiendo las impresionantes formas de estalagmitas y estalactitas, que junto con los fósiles, forman parte de la decoración subterránea de Xplor.
El parque Xplor Cancún abre sus puertas al público en julio de 2009. Vecino al parque Xcaret, ubicado a solo 5 minutos del centro de Playa del Carmen y 45 minutos de Cancún, cuenta con una extensión de 59 hectáreas, ocho de las cuales se encuentran adaptadas bajo tierra.
Todos los exploradores podrán disfrutar de cuatro increíbles actividades: tirolesas, vehículos anfibios, balsas y nado en río subterráneo. Todas relacionadas con la aventura y la naturaleza; se desarrollan en un escenario natural y al aire libre.
Como nuestra excursión fue en el atardecer, los guiás sugirieron que la aventura debería de empezar con la actividad de las tirolesas porque el día estaba aun con un poco de sol y según ellos a esta hora desde la torre mas alta se podía divisar como una acuarela las playas de Cancun, los pedregones de isla mujeres y los arrecifes que bordean Cozumel antes que el infinito mar azul se confunda con el cielo casi anaranjado por la inevitable entrada del sol.
La tirolesa consiste de una polea suspendida por cables montados en un declive para que sean impulsados por gravedad y puedan deslizarse desde la parte superior hasta el fondo mediante un cable de acero inoxidable. Es el mismo principio y tecnología que el de los andariveles que transportan minerales desde las bocaminas hasta los ingenios a los cuales de niño me trepaba como garrapata para procurarme un viaje por los aires gratuito desde el ingenio atravesando por los relaves y desmontes esparcidos por lagunillas y riachuelos infestados de aguas de argento y mercurio y desechos tóxicos que cubren el panorama marciano del recorrido del dolor y la miseria desde el cerro menor hasta las playas acopagiradas de Velarde .
El parque xplor tiene 16 torres unidas por 8 tirolesas que varían desde la mas baja con una altura de 15 metros hasta la mas alta que mide 70 metros de altura y tiene una extensión de recorrido de 750 metros de punta a punta.
El tramo final de la ultima tirolesa termina en la coyuntura mágica donde se juntan las aguas del río con las aguas salinas del mar de la península de Yucatan a la cual por la velocidad imprimida y los efectos de gravedad se llega a destino como si uno fuera un meteorito estrellándose sin compasión sobre la faz del agua con tal impacto que chorros de agua se levantan como geysers llegando a salpicar de aguas tibias a los monos y papagayos que pululan las crestas de los arboles que rodean este parque enquistado en la selva de la riviera maya.
Los 6 primeros tramos pasaron sin novedad pese al terror siempre latente al pensar que esos alambres de acero pudieran romperse justo por el medio cuando la mentada tirolesa se asemeja a una curva convexa por encima de la selva, sin importar que previamente y por razones de seguridad te ponían unos fajas por entre las piernas y las sujetaban a unas rondanas por encima del cable y para no abollarse la cabeza te daban un casco de plástico y aun así da miedo en solo pensar en caer sin pena ni gloria como un rayo sin retorno y hacerse añicos en algún promontorio de arena o sobre alguna madriguera de víboras que zigzaguean el terreno decenas de metros mas abajo.
Llegamos a la torre numero 7 jadeando pues habíamos subido 70 metros por unas escalinatas tipo caracol vuelteando y vueltenado y tomando descansos en cada recoveco , tantas vueltas que dio una muyurina tremenda empeorada por el vértigo de la altura. Fue ahí cuando lo vi delante mio a un “wey” ( como dicen los mexicanos ) esperando su turno para lanzarse al vacío , note que andaba un poco pasadito de kilos al que los guias le estaban reforzando con cinturones y suspensores con chalecos y creo hasta un paracaídas le pusieron por si se rompiera el cable de acero, le redoblaron el grosor del cable y le pusieron tres rondanas y en la base de las torres vi que estaban echando cemento para reforzar las zapatas por si tuvieran una falla estructural al momento de la caída libre. También oí que le dijeron que no debería de llevar nada en las manos pues estas tienen la única e importante labor de agarrarse de los suspensores durante la travesía aérea.
Como todo buen paisano se persigno dijo adiós a sus seres queridos que le estaban dando aliento desde ambos extremos de las torres, cerro los ojos y se largo a lo de dios, segundos después se lo vio estirar la mano y tomarse unas fotos como si fuera una kardasian y perdió el balance y empezó a bambolearse de este a oeste y de norte a sur tal cual una pluma de algodón pese a la distancia que no fueron mas de unos 100 metros se lo podía ver como un espantapájaros estremecido por la adrenalina mientras gritaba con alaridos de espanto, clímax y terror y de pronto se quedo mudo y el volumen de su anatomía se desvaneció como un leve suspiro y se enrosco como una espiral y quedo en una posición de levitación casi vertical.
Un grave silencio invadió la península entera por unos segundos y el griterío empezó exacerbado por el eco repetitivo del cañadon, todos gritaban en vano porque el bullicio de salvamento fue acallado por el alboroto de los monos que cagándose de la risa aplaudían y correteaban como saltimbanquis por el cable de acero mofándose del mal afortunado pero salieron disparados como cohetes y no se supo el porque.
Desde el otro lado de la torres sus amigos y familiares halaban sin suerte el yerto cable. Pónganle grasas a esas rondanas gritaban sin mayor suerte. Ya en el río los bomberos empezaron a poner lonas y mas de una veintena de carabelas con colchones y neumáticos de camión esperaban la inevitable caída, justo ahí de por si, sin ninguna intervención mecánica la tirolesa empezó a funcionar porque a la hala magistral se habían unido todos los turistas americanos y solo asi se oyó el ruido estrepitoso de las rondanas, el ingeniero mecánico al frente de la torre de llegada disminuyo la velocidad con un palo de escoba para no soliviantarlo mas pues la muchedumbre alarmada conjeturaba que el desdichado estaría en estado de shock.
Con muchas penurias lo transportaron al otro extremo y vieron que se había desmayado y no tenia casi ni pulso y lo peor fue que al sacarle los cinturones y demás sogas lo encontraron ensopado en orines de mono y embadurnado con su propia caca porque el pobre se había cagado de miedo al momento de tomarse unas selfies.
Pese a la breve tragedia nosotros nos animamos y zaz nos lanzamos y llegamos a destino sin mas contratiempos pero aterrizamos empapados en agua porque como decía este ultimo tramo termina en la embocadura del río y el mar.
La segunda actividad paso sin mayores contratiempos, pues solo requería nadar en aguas subterráneas y al mismo tiempo admirar esos pasajes extraterrestres de la inmensa caverna.
Luego de un sumario descanso nos dirigimos a emprender la ultima actividad del día. Media hora de viaje en unos vehículos anfibios tipo quadra-tracks por unos terrenos escabrosos llenos de túneles, puentes colgantes, cavernas , desfiladeros y cañadas insólitas parecidas al camino de la muerte de los yungas.
Antes de empezar la travesía, escuchamos atentos a los guiás impartir un breve curso acerca de las condiciones y términos de la travesía. Nos dieron los consabidos cascos, nos montamos en el carrito y ni bien antes de partir vi un letrero ominoso que decía “Lo Choca lo Paga”.
Empece nuestro pequeño Rally Dakar en plena selva maya llevando a mi hijo como copiloto. No pasarían ni 5 minutos cuando estaba yo sumergido en negocio del volante y la caja de cambios y claro ochenteando como es natural empece a pasar a uno, a dos, a tres pilotos haciendoles tragar el polvo de su atrevimiento y siempre con el coche piloteado por Lisa y copiloteada por Sara por detras oliéndonos el ojete porque no se nos desprendían y de pronto escucho el reclamo airado de mi hijo que también el quería pilotear el anfibio , en una explanadita pare, enganche el freno de mano y nos cambiamos pese a la advertencia de los guiás.
Fue la primera experiencia de Fitipaldi para mi hijo y empezó bien con cuidado al principio como una tortuga amaestrada luego le cogió el sabor a la aventura y empezó a acelerar como si estuviera en una carrera de le mans o en un asfaltado de indianapolis y claro mis pelos se erizaron que hasta atravesar el casco por el miedo , pasamos por una cunetas y por unos baches tremendos , por entre túneles y senderos de arboles torcidos y musgos espolvoreados por el camino hasta que llegamos a un tramo mas acalaminado que le viejo camino a challapata y ya no pudo sostener el volante y nos desabarrancamos a la orilla del camino.
Pasado el susto nos cambiamos de asiento y comencé a forcejear con la chatarra de fierro testarudo mas terca que mula no quería salir del atolladero y vi por el espejo retrovisor que Lisa y Sara estaban cagándose de la risa y de ponto los otros coches empezaron a llegar como dominós uno por uno y yo seguía tratando se salir del barranco hasta que otro griterío empezó lleno si silbidos , todos los pilotos se habían parado en sus asientos y empezaron a gritar somo si fuera una campana electoral !si se puede, si se puede…!
No me di cuenta que todo el tramo estaba siendo filmado por razones de seguridad, Finalmente le pusimos una soga al trasero del vehículo y entre todos los pilotos hicimos una fila india interminable y empezamos a jalar y lo sacamos del fango con suerte porque el anfibio no sufrió mucho daño solo una avería reparable.
Ni bien llegamos me hicieron parquear a un costado y como es mi deber asumí personalmente la responsabilidad , me dijeron le dejamos pasar si admite que durante su estancia en el parque UD no vuelva a conducir. Así sumariamente y por primera ves en mi vida me prohibieron manejar.
Ya cansados por las exigencias de las aventuras llegamos a nuestro hotel , nos bañamos y fuimos a cenar al rodizio del hotel. Tres caipirinas después dije que deseaba ir a caminar por la playa y relajarme un poco, los demás de mi tribu se fueron a dormir porque ya serian como la media noche.
Al pasar por una cabaña con techo de paja entre al bar y me pedí un mojito , el del estribo y silbando me fui a caminar por la playa descalzo y medio desnudo pese a la brisa fresca de la media noche y me quede a descansar en esos sillones confortables porque quería ver las estrellas fugaces y la salida del sol en la península de Yucatán pero me quede dormido.
Desperté por el alboroto que hicieron los guardias de seguridad del hotel quienes corrieron alarmados como tropa de asalto a espantar a las iguanas que me estaban mordiendo los tobillos y mis nalgas y a los papagayos y gaviotas que ya me habían picoteado la espalda hasta hacerla parecer una tabla de ajedrez chino.
Unas horas después como ya estuvo programado nos fuimos a las ruinas del Tulum de la civilización maya unos kilómetros mas abajo sobre la carretera a Belize.
Tulum, una de las últimas ciudades habitadas por los mayas, es otra de las grandes atracciones turísticas de Mexico. Los restos más antiguos de Tulum datan del siglo .VI, pero la mayoría de sus construcciones se levantaron entre los siglos XIII y XV. La llegada de los españoles, como en la mayoría de ciudades del período posclásico, fue probablemente la causa de su abandono. Tulum se encuentra a unos 60km al sur de Playa del Carmen.
No hay duda que es impresionante aun ver las ruinas de esta civilización, recorrimos mustios escuchando al guiá los ritos y costumbres de los mayas, especialmente las referidas a Las ceremonias rituales en honor de las deidades que a veces se hacían a través de sacrificios humanos. Figuras humanas en una extraña pose reclinada sosteniendo un recipiente en su regazo pueden encontrarse en Chichén Itzá y otros sitios yucatecos.
Supuestamente los personajes esculpidos en piedra conocidos como Chaac Mool recibían el corazón latiendo de la víctima sacrificada. Los cenotes, profundos pozos naturales donde fluía el agua, característicos de la península de Yucatán, eran también centros de sacrificio. Los más famosos cenotes usados para este fin se encuentran en Chichén Itzá. Junto con los hombres o mujeres sacrificados, se depositaban en el pozo ofrendas de jade, oro, cerámica y otros objetos para honrar a los dioses. Las creencias religiosas estaban íntimamente ligadas a los ritos funerarios, los cuales, en el caso de los gobernantes, eran muy elaborados.
Al terminar la excursión el guiá indago si alguien tenia preguntas o alguna sugerencia y justo ahí mi familia dijo: sugerimos que los espíritus de los mayas lo sacrifiquen a mi padre.
]]>No pretendo insinuar, mucho menos afirmar que estos renglones que ilustran muy de pasada, ciertos pasajes de mi vida y la vida de mis “socios en el crimen”, sean un arte en si mismos, por el contrario, son simplemente facetas de unos instantes, fragmentos inocuos de una vida salpicada por una pisca de locura, son episodios narrados con un toque de fantasia de unos sucesos vividos en el contexto de un arte surreal casi imaginario.
Cuando vi la película “the wedding crashers”, me trajo a la memoria el recuerdo de unas aventuras cuyos objetivos y desenlaces tienen mucho de parecido con los del argumento de este film, tal es la semejanza que daría la impresión de que el guion cinematográfico es un libreto hablado que describe el devaneo y las correrías de una peligrosa banda de jovenzuelos allá en los principios de la década de los ochenta en la que yo califico como la época de la pérdida de la inocencia.
PRIMERA PARTE, EL FANDANGO
No hay diferencia entre el arte y la vida. quien no hace de su vida un arte; no está vivo”.
Alejandro Jodorowsky
Recurrían a la ilusión óptica de los espejismos mágicos para meterse por las rendijas del guateque como rayos de luces y sombras, una vez dentro, invocaban al conjuro de la psicología de los milagros para que no los descubran y poder pasar desapercibidos como los breves olores de los perfumes de segunda mano, como vientos amainados se metian por las cuatro esquinas, casi flotando como espectros de operetas en un estado de catarsis casi invisible.
Silentes como mimos para no despertar sospechas, esperaban confundidos entre la multitud de convidados a que terminen los actos protocolares de los brindis y los discursos de ocasión para luego darse de alta y desatar un torbellino de pasiones y juergas propias de las saturnales decadentes del imperio romano y en menos de que cante un gallo se apropiaban de la jarana y para beneplácito de la concurrencia se convertían en los animadores y principales protagonistas de la pachanga con la única finalidad de pescar en rio revuelto.
Una ves dentro, ya librados a su suerte, empezaban a recorrer las heredades del fandango, soliviantando el ambiente con danzas y brincos al más puro estilo de los pepinos de febrero para dejar paralizados de asombro a los pasantes.
A manera de romper el hielo, irrumpían con una coreografía inicial que incluía actos y bailes similares a los del Cirque du Soleil cuyos acrobáticos movimientos dejaba deslumbrados y henchidos de emoción a los concurrentes, aprovechando ese estado de alucinamiento y obnubilacíon, desperdigaban a las parejas y como en los cuarteles formaban tres filas donde amontonaban a las solteras en la primera, a las casadas en la otra y en la última fila a las que decían no pertenecer a ninguno de esos bandos.
Las separaban de esa manera para catalogarlas de acuerdo a las leyes universales de atracción; por talla, curvatura de las cejas, longitud de cabelleras, medidas de cinturas y cosas por el estilo pero sin discriminamientos de ninguna índole, la única condición obligatoria era que estén aptas y cien por cien dispuestas para los romances y asuntos del corazon y naturalmente tengan la edad legalmente requerida.
Levantaban ese inventario, pese al griterío y él rechifle de las menos agraciadas que se quejaban de no haber sido incluidas en la purga.
Casi siempre, el democrático acto de inventariar generaba tal desasosiego entre las damas no escogidas que las hacía sentir carentes y huérfanas de amor que las obligaba a declararse en bancarrota de querencias y más turbadas que nunca escapaban corriendo a beber de pócimas taumatúrgicas que ofrecian los curanderos de amores no correspondidos, hasta emborracharse con sorbos de consuelos amantorios y resignarse a su suerte desojando margaritas o leyendo estrofas de poemarios escritos con ternura y compasión.
A las afortunadas, las encandilaban con el destello de sus miradas repletas de lujurias y las hipnotizaban con sus garbos y donaires cubiertos de misterio y fantasía para que pierdan la cordura y en un momento de locura suelten las trenzas y aflojen los estribos y se rindan indulgentes ante sus pretensiones donjuaneras como verdaderas feligresas de la congregación del desenfreno en la esquina más anónima de la calle de la perdición desafiando inpunemente el temporal frígido de la villa.
Así pretendían despedir la noche, a la intemperie, sin importarles la inclemencia de las torrenteras, de las lluvias y las tempestades, cobijados únicamente por el silencio cómplice de la luna y el atisbamiento mudo de las estrellas, inmersos en un acto carnal y primitivo, entrecruzados y abrazados como dos siluetas de una furtiva sombra con la primera voluntaria y si la gracia de la fortuna les permitía, lo hacían sin miramientos, con la conquista del fruto prohibido aun antes de que el mismo novio la pudiera saborear durante la noche nupcial.
Mientras más veía la película, más tenía ganas de chantarles una denuncia y meterles un juicio por plagio intelectual a los guionistas de esta magnifica joya del séptimo arte y demandarles por falta de pago y por concepto de regalías, porque como bien decía, el argumento de esta película es la historia misma de nuestras epopeyas de la jodienda juvenil.
Es más, hasta podría afirmar, que la síntesis de la película bien pudo estar basada enteramente y sin quitarle un ápice, en estos renglones rescatados de las mechas del olvido, los que no son otra cosa que el recuento de un deambular bardo de unos jovenzuelos de la década de los 80.
Si bien fuimos los pioneros en su practica, hay que aclarar sin embargo, que el hecho de entrar de contrabando, o caer con paracaídas, o meterse de coladera a eventos sociales, como matrimonios, bautizos, ceremonias de graduación y aplazamientos e inclusive a velatorios de muertos desconocidos, no la inventamos nosotros ni mucho menos, es más, esta cualidad de meterse de contrabando, es más vieja que el acta misma de nuestra independencia, y está tan enraizada en nuestra cultura y folclore nacional que hasta los bienes e inmuebles de la misma aduana son de contrabando.
Eso si, debo reconocer, sin temor equivocaciones ni falsas pretensiones, que verdaderamente perfeccionamos ese arte ya olvidado a tal grado que funcionaba con la precisión de reloj suizo.
Solo Dios sabe que la finalidad de estos vilipendiados trajines eran para saciar nuestras necesidades alcoholeras, las que sumariamente eran atendidas en un dos por tres, y la segunda, y quizá la más crítica y fundamental como en la película, era intentar acabar la francachela con el pantalón a media asta, copulando en algún rincón de la villa con alguna invitada que dejo a buen recaudo, el sonrojo y el decoro y apurada por la prisa y el olor de la impudicia se animaba a fugarse de la fiesta por unos simples momentos mientras su pareja, dormía la mona, entre San Juan y Mendoza, y así, cubiertos por el manto de las imberbes estrellas y guiados por la polvorienta luz que emanaba del dilapidado farol de la esquina, buscar la oquedad menos visible, para amar sin medida ni clemencia y degustar al ritmo de un abre ojos, del deleite proscrito y clandestino propio de la infidelidad conyugal.
Recuerdo como si fuera ayer, las preparaciones que hacíamos, los inconvenientes que salvábamos y las penurias que soportábamos y a los trucos a los que recurríamos para escurrirnos a los matriquis, y lo hacíamos con el ímpetu pavoroso de los peces sentenciados a muerte que nadan contra la corriente, sorteando cascadas y turbulencias traicioneras, evitando anzuelos y cantos de sirenas para no acabar malolientes y tiesos de susto, envueltos en fajas de hielo en las mesas de los mercados o petrificados como fósiles en las salmueras coloniales de las lagunas de San Ildefonso.
Como en esas épocas no había nada más atinado ni provechoso que hacer y para no malgastar nuestros preciados fines de semana haciendo tareas, asistiendo a museos y a conferencias de sabidurías o en otras operias de esa índole, nos filtrábamos de coladeras, todos los benditos sábados y lo hacíamos religiosamente sin perdernos ni una sola, como si acudir a matrimonios fuera una penitencia decretada por el santo diacono del presbiterio del despelote.
Obviamente, nos metíamos en todos esos embrollos a sabiendas de que podíamos acabar o presos en las frígidas mazmorras de la policía, o ser prontuariados de por vida, por contravenir las normas de la moral, o peor aún , acusados de cometer miles de tropelías y pecados sin nombre y ser condenados por los múltiples delitos de intromisión, seducción, copulación, irrupción, intimidación y de todos los delitos terminados en “ión”, y hasta de corrupción, por intentar corromper a las nodrizas, a las monjas y a las beatas que eran a veces las invitadas de honor.
Aun así, lo hacíamos de todas maneras, con suma precaución y con la confianza de la experiencia adquirida en centenares de paracaidismos exitosos, siguiendo las huellas y el sigilo anónimo de los fantasmas, sin ser invitados y obviamente – nobleza obliga, – nos aparecíamos con nuestro regalo de bodas y con nuestras perchas bien planchadas y almidonadas como si fueran uniformes de malmandados.
El regalito de marras, consistía muy precariamente las más de las veces, en un amasijo de flores de fantasía, o en una media-docena de vasos de vidrio barato comprado a las volandas en el mercado negro, o en el peor de los casos, llevábamos los tres artefactos indispensables y codiciados en un nuevo hogar, como son el lavador acompañado de su jarra y su bacín de fierro enlozado, todos bien envueltos en papel celofán.
Nos aparecíamos muy diligentes y puntuales en el umbral de la puerta del jubileo con los regalos a cuestas, en caso de haber seguridad en la puerta de la trapatiesta, lo más probable era que al ver los regalos, los guardias automáticamente asumirían que éramos invitados legítimos y nos dejarían pasar sin ningún contratiempo, porque, solo a los deschavetados se les ocurriría malgastar el dinero inexistente llevando regalos a un evento al cual no fueron invitados.
Estas actividades no eran automáticas, mucho menos garantizadas, ni tampoco nos invitaban por nuestras lindas caras, es más, fueron siempre actividades onerosas que requerían una metódica planificación, una proba estrategia y una dosis de buena fortuna, pero lo más importante, era que requerían de un alto grado de sinverguenzura como condición “sine qua non”, lo cual no era nada del otro mundo dado que el descaro y la desfachatez eran nuestro estado natural y nuestras tarjetas de presentación.
Las estratagemas dependían de la ocasión, la mayoría de las veces –por si las moscas- a media semana, nos asomábamos a los talleres de la imprenta del padre de un amigote, para ver si este malandrín tenia invitaciones de sobra, porque él siempre se aseguraba de mandar imprimir unos extras “para casos de emergencia” según él explicaba.
Si este era el caso, entonces la cosa resultaba mucho más fácil y nuestro ingreso estaba virtualmente asegurado sin mayores dolores de cabeza y libres de todo estrés y contratiempo.
En la villa de esos tiempos, los jóvenes y particularmente los estudiantes andábamos largados de la mano de Dios y más pobres que monjes jesuitas, de esos que llevan una dieta de sibarita y viven la apacible “dolce vita” en los conventos amurallados de la ciudad, si, de esos mismos que hicieron miles de votos de pobreza, pero ni uno solo de castidad.
Las miles de veces que caminábamos por los empedrados de calles del jolgorio persiguiendo el rastro y las huellas del tumulto de las cofradías de enamorados, lo hacíamos siempre con mucha fe y con la alegria contagiosa de un tíaso en marcha y con la disciplina militar de una tropa extática de Dioniso.
Bien trajeados y disfrazados con indumentarias de apariencia solvente, recorríamos los senderos de la diversión con la parsimonia y la elegancia de don Juan Tenorio.
Pese a caminar ataviados como cortesanos del rey, de nuestros bolsillos vacíos pero llenos de viento, escapaban tristes melodías despojadas de oros y riquezas, poniendo al descubierto el estado paupérrimo de nuestros avatares, era siempre así, que al no tener metálico, eternamente nos fiábamos dinero de los sutanos y los menganos y hasta el día de hoy miles de esas deudas quedan impagas, nunca cerramos las cuentas porque éramos fanáticos de los preceptos de esa verdad bien verdadera que dice: “deber es de caballeros y cobrar es de cholos”.
Es por eso, que en menor o en mayor medida, recurríamos a esos métodos inusuales para caer como paracaidistas en eventos de toda laya solo por darle gusto a nuestras adrenalinas y calmar así nuestras energías de juglares troperos.
En las sociedades de esos tiempos, no era tan importante cuanto uno sabia, sino más bien, era vital a quien uno conocía, consecuentemente, era de incalculable valía entablar estratégicas amistades.
Por ejemplo: trabar amistades con el imprentero que ya mencione, quien aparte de regalarte invitaciones truchas te podía imprimir veinte mil obituarios y edictos oficiales, lo suficiente como para empapelar todas las paredes de tu casa y de tu barrio.
Hacer buenas migas con el zapatero de la esquina era absolutamente necesario, porque este sujeto, no solamente te ponía un chafallo en tus calzados sino que también en un abrir y cerrar de ojos te aumentaba la altura de tus zancos para el zapateo que se avecinaba y así de paso y por buena gente compensaba tu desnutrición y falta de estatura.
Ni que se diga de mantener amistad con el lustrabotas de la esquina, quien entre betunes y tintas, con escobillas en cada mano y malabarismos de por medio te relataba todo el acontecer policíaco del día y te ponía al corriente de cuanto chisme recorría por la ciudad y de yapa te hacía leer gratis el periódico del día.
Y así, charla que te charla, te lustraba tus manacos a tal punto que podías ver tu imagen de fandanguero reflejado en las puntas de tus calzados como si fueran espejos cóncavos y convexos.
Y no menos crucial, era el sostener amistad con el sastre del atelier de moda, quien por supuesto, no solo te ponía cierres a tu bragueta desobediente sino también te remendaba los agujeros de tus pantalones y te cosía parches de cuero en las postrimerías de tus raídos vaqueros y cuando las cosas realmente andaban mal, te daba la vuelta al terno completo y así en un abrir y cerrar de ojos tenías una pilcha nueva como si fuera un traje de doble cara.
Pero, si no se podía conseguir las invitaciones con antelación, independientemente del método empleado, entonces seguíamos invariablemente una rutina que siempre daba resultados y cuyo modus operandi es más o menos como sigue:
Primero, había que rondar por la catedral como dicen los ingenieros y los agentes del orden para hacer una evaluación directa, ( – in-situ – ) de los matrimonios en cuestión.
En esos tiempos, muchas de las parejas que contraían nupcias, especialmente esas de alcurnia y de buena cuna, lo hacían en la catedral de la ciudad y para ello se acantonaban en las inmediaciones de la plaza principal en compañía de sus invitados de rigor y de su séquito interminable de damas de honor, las que venían por delante espolvoreando las baldosas y los adoquines con talcos perfumados y desparramando pétalos de jazmines y serpentinas de miles de colores hasta convertir las calles en una alfombra persa estampada de flores casi marchitas para que atraviese por ella la comitiva oficial de autoridades, padrinos y parentelas de los novios.
Las novias hacían su aparición por la vereda de la calle de la pulmonía, después del repiqueteo del segundo campanazo, arrastrando la cola interminable de sus vestidos donde habían hecho bordar en punto de cruz los poemas de amor y las cartas de despecho de todos sus pretendientes, llegaban así, en medio del murmullo y la adulación de propios y extraños, venían envueltas en un inmenso tul de seda como pastas de Millan, con ramos de filigranas de plata bordadas en el encaje de sus ajuares de novia.
Pasada la ceremonia, salían por el portón principal como visiones divinas en medio de una lluvia de arroz, emergían como de la nada, agitando un abanico de papel en una mano y con un ramo de rosas en la otra, se ponían de espaldas en la primera grada y aventaban los pétalos de rosas a la conglomeración de amigas y primas, a las que les había dejado el tren y a las solteronas empedernidas que saltaban una encima de la otra como arlequines en esteroides con la ilusión de atrapar ese manojo de flores que les permita ser otra vez pretendidas porque aún no tuvieron la fortuna de haber sido entregadas en santo matrimonio.
Era imposible reglamentar la presencia irrefutable de los curiosos y menos aún ahuyentar el acecho permanente de los paracaidistas de cepa como nosotros. Todos los presentes, convidados o no, que se daban cita en los sagrados predios de la iglesia mayor, se fundían en una mescolanza más desordenada que la torre de babel, y ansiosos esperaban que el cura decrete la absolución del pecado original y los uniera de una ves como dios mandaba porque ya estaban cansados de escuchar oraciones y avemarías, peor aún, permanecían hincados y sin poder moverse condenados al suplicio del cosquilleo en los pies, desesperados de querer bailar y porque ademas se estaba haciendo ya tarde y daba la impresión que esas largas ceremonias le estaban robando tiempo a la fiesta.
Una ves recuperados del espanto y el letargo de la liturgia, inmediatamente se generaba una trifulca de proporciones bíblicas entre los presentes porque todos querían escapar a la calle y ser los primeros en sentar soberanía en las trece gradas pétreas de la catedral para presenciar la salida triunfal de los novios y ademas tener la oportunidad de llevarlos en ancas y vitorearlos por el connubio que acababan de cometer.
Desde tempranas horas de la tarde, la gentuza iba confluyendo en el medio de la plaza del regocijo, la que no daba abasto, porque el reguero de gente la desbordaba por el este hasta la iglesia de San Benito, por el norte hasta la iglesia de la Merced, por el sur hasta el convento de Santa Teresa, y por el oeste llegaba hasta las gigantes puertas de la capilla del cementerio municipal enclavada en la zona casi medieval de San Roque.
Eran así de tumultuosas, las tracaladas casantorias que parecían marchas del hambre o manifestaciones políticas en contra de las dictaduras y del “sociolismo”.
Nadie sabía porque había esa fiebre de casamientos, eran como diría, Garcia Marquez “amores en tiempos del cólera”, lo que sí es verdad, es que eran una jauja y bonanza económica para los notarios de fe pública que por tanta actividad hasta se les acababa la tinta de tanto escribir los certificados de matrimonio y para los curas ni que decir, eran como una bendición bajada del mismo cielo, puesto que cobraban de acuerdo al pecador, un dineral por la misa entera y si una pareja requería una oración con verso y poesía les sacaban los ojos de la cara.
Otros especulaban, que en esos días ocurrían muchos matrimonios porque los enamorados no tenían televisión y la única manera de divertirse era practicando el kamasutra en las desoladas y frígidas noches de la villa y que esta era sin duda la causa por la cual la gran mayoría de los casamientos se consumaban más por prescripción medica que por razones del corazón, o finalmente como decían los tinterillos, se casaban para no verse involucrados en riñas de sábanas o en pisck’o pleitos.
En fin, sin importar cual fuese la causa o la razón, la verdad era, que eran tantos los comprometidos dispuestos a perder su libertad que las banquetas de la santa catedral no podían acomodar al colosal contertulio, de tal manera, que el cura de turno no tenía más remedio que oficiar una misa a lo vox populi y casarlos en masa como en un sindicato de amantes ayudado por un megáfono de mil vatios para que se oigan bien claro las arengas y los mandamientos y a continuación procedía con una oración en plural y un desparrame de tres gotas de agua bendita por pareja y así los casaba sin más preámbulos ni lloraderas.
Pasada la solemne ecuménica, las parejas de novios salían de la casa de Dios en los hombros de sus padrinos, convidados y demás compinches en una procesión parecida a la del primer jueves de la cuaresma, y claro, los coladeras enfilaban hacia la puerta como estampida de bueyes, tropezando con los escapularios, rompiendo las pilas bautismales, y dejando desparramados por los suelos las alas desportilladas de los santos de yeso.
Corrían como desquiciados, apagando las velas a medio arder con el aire casi mojado que salia de sus pulmones a punto de explotar, así salían, en ese estado de hipertermia colérica a echar mixturas y confeti a los flamantes esposos y para alegrar aún más la ocasión hacían explotar sendos cuetillos y cachorros de dinamita en el aire como contrapunto al repiquetear plañidero de las campanas de los templos.
Era ahí, en ese desorden engendrado por el gentío y el alboroto, que uno escrutaba delicadamente a cada pareja, calculábamos la cantidad de convidados y medíamos los decibelios altisonantes de la bulla y tomábamos temperatura al pandemónium que armaban sus secuaces.
Prestábamos también mucha atención a la indumentaria de los novios porque había una correlación directa entre el volumen de la bulla y el atuendo de los cónyuges, mientras más bullanguera la algazara y más colorido el atavió de los novios, la fiesta prometía más joda y más despelote, es así que seguíamos a fe ciega este método que casi siempre y con certeza matemática denotaba la calidad y el potencial de la fiesta de bodas en ciernes.
Mientras tanto, los novios recorrían los empedrados de la villa, en esos vetustos taxis del año de la milonga, alquilados bajo la pretensión de comportarse como carroza nupcial, y a cuyos traseros amarraban un racimo de latas de leche evaporada y sardinas entomatadas para que suenen como cascanueces y anuncien las ultimas casualidades del amor.
A modo de un paseo nupcial, transitaban por los recovecos de la viejas calles, que no hacia mucho fueron el escenario de sus amoríos clandestinos y de sus apareamientos prematuros, de soslayo veían por entre los visillos como sus amigotes y los curiosos les agitaban banderitas y pañuelos blancos como si casarse fuera un acto de liberación de la patria.
Recorrían el trayecto amarrados como garrapatas sin querer desprenderse en el asiento descapotado del vehiculo, a la vista y paciencia de vulgo, manoseando y hurgándose sus intimidades incrementando así el jubilo en ascenso de los transeúntes y ante la mirada dislocada del chófer quien no sabía si conducir o hacerse una paja, así iban por el camino del desposorio como esos gatos callejeros en estado de celo a punto de expirar y dejando el vehículo impregnado de secreciones y olores de coitus interruptus que ni con sahumerios de sándalos, aromas de anises o inciensos de eucaliptos se volverían a quitar.
Paseaban así, anunciando a los cuatro vientos que estaban listos para escudriñar sus níveos cuerpos y que esta vez lo harían sin la urgencia de los amantes solteros, con la calma y con el gusto de un amor legalizado, porque ahora tenían la bendición de la santa vicaría y el respaldo necesario con los papeles del notario.
Mientras todo este barullo ocurría, nosotros formábamos un comitiva cuya misión era dar con el paradero del lugar del evento, tarea relativamente sencilla dado el carácter enclaustrado de la geografía capitalina.
Los matriquis, eran noches interminables de algarabía, santificadas por el mismísimo Baco, dios del vino y de la vendimia, inspirador de la locura ritual y del éxtasis total, eran noches llenas de placer económico al calor de los líquidos espirituosos que se servían como lluvias torrenciales en tiempos de sequía.
Cabe mencionar, que, independientemente de la alcurnia o el nivel social de los novios, en estos eventos sociales se servían por lo general mucha bebida y muy rara ves alguno que otro bocadillo como entremés, y si lo hacían, invitaban con tremendo alboroto un par de galletas de agua embadurnadas de mantequilla, con una pinche aceituna en el medio como adorno, convidaban esos mini manjares para prevenir los síntomas prematuros de la embriaguez, y si servían platos fuertes, eran a la muerte de un obispo, no daban comida para evitar espectáculos de malos modales y posibles vómitos por indigestión, o brotes de urticarias contagiosas.
Una ves iniciado el fandango, los mozos, quienes eran de hecho los personajes más importantes del evento, se aparecían luciendo sus ajuares blancos y sus michi corbatas negras lo que les daba una apariencia de conductores de operas de baja ralea, se aparecían por turnos zigzagueando por entre los danzantes equilibrando en las manos unas charolas redondas de aluminio repletas de los famosos “ferrocarriles”.
Los ferrocarriles, no eran otra cosa, que una veintena de tragos de dudosa manufacturación y de colores secundarios apiñados una detrás de la otra como un tren de juguete, eran servidos en unos vasitos de vidrio tan minúsculos que parecían dedales de sastre y para el colmo de las cosas te obligaban a beber uno detrás de otro, sin perder el aliento y al seco, los cuales al cabo de unos míseros minutos impulsaban al vomito colectivo de los participantes.
Al bordear la media noche, los músicos alquilados empezaban a hacer sonar sus trombones y clarinetes y de pronto la muchedumbre empezaba a entonar en tono disperso, dependiendo el estrato social de los cónyuges, o la pequeña serenata nocturna, de Mozart o el tradicional himno casantorio, “Ímapaj casaran, imapaj casaran, wawa chuckunaypaj” literalmente traducido como : “para que te estarás casando, para que te estarás casando…..para acurrucar a tus guaguas sera ”.
A esta hora, cuando la mitad de la fiesta ya estaba ida, el trago fluía como manantial sin límite y era este el momento propicio para que los paracaidistas nos adueñáramos de la fiesta entera, de todo su contenido, de todos los insumos y consumos y hasta de los sonidos de los clavicordios y de yapa tomábamos de rehén a la misma noche, doblegándola a nuestro antojo para que deje de quejarse por el ultraje y la desobediencia a sus recomendaciones de buen decoro y circunspección y como castigo la atábamos en el confín de bullicio a una silla solitaria para que amanezca como víctima de drácula, con el cuello abierto por la mortal herida del fulgor de la mañana.
Armábamos tanto escándalo y despelote que convertíamos el fiesterio en un evento incompatible con el santuario de la discreción, en una especie de bacanal, en una cornucopia desbordada de pasión y de locura, donde el mismísimo baco se sonrojaba de vergüenza y se escapaba por la ventana con la ultima gota de pudor que le quedaba.
Despojábamos al evento de sus moralidades banales y la infundíamos con ánimos y gestos, piropos y carantoñas dirigidas a las invitadas en anticipación a lo que podría suceder.
Sin embargo, hubo otras veces, que como una conjura en nuestra contra, prohibían el consumo desequilibrado de licores, tanto así que los mozos eran obligados a solo servir solo 4 tragos por nuca y llevar cuenta en un papel a la manera de tricas y quinas de una anotacion del juego de cacho.
Esta prohibición insensata, no solo contradecía nuestros principios sino que de hecho era una afrenta a la constitución de los paracaidistas que no soportábamos ninguna ley seca, pero si los padrinos y contribuyentes se salían con la suya, entonces no había más remedio que ‘aceitear’ a esos hombrecillos vestidos con uniformes de pingüino para que no nos “hagan faltar” y que nos sirvan dobletes y hasta tripletes y así agenciarse una cuota respetable de licores suficiente para pasar la noche.
Naturalmente, hubo otros eventos en los cuales mis amigos y yo tuvimos que recurrir al olvidado, pero aun respetado, arte de meter de contrabando “chanchitos de cuarta categoría”, los disimulábamos metiéndolos en bolsas nylon en las mangas y solapas de nuestros sacones de terciopelo, empleábamos todas esas artimañas para “impulsarnos”, para perder la vergüenza y darnos el ánimo necesario para bailar unas cumbias y unos mambos de esos que solo se oyen y se ven en las chicherías de los patalados.
Otras veces, obligados por las circunstancias, recurríamos al truco de empinar el codo anticipadamente en los baratos tugurios de la villa, con el deseo y la esperanza de alcanzar el codiciado estado de “estar al punto”, ese aletargado estado de boludez que por arte de magia nos hacía creer que eramos agraciados como Brad Pitt, que bailábamos como Michael Jackson, que cantábamos como Mercedes Sosa o que poseíamos un pico de oro como de diputado suplente y más beodos que una uva, nos echábamos unos discursos cojudos e incoherentes sobre la relevancia de la inmortalidad de las moscas en la sociedad plurinacional y cuanta huevada se no salia del hocico.
Durante la apoteosis del quilombo, bailábamos como trompos, bebíamos como condenados literalmente tomando la vida a la ligera, como si tuviéramos la conciencia tranquila, así, esperábamos el menor descuido para atrapar a nuestras presas como lo hacen los zorros en gallineros mal cuidados, pero no faltaba algún cojudo que aguaba la fiesta, porque en un arranque ausente de prudencia, y con la copa en la mano se animaba a brindar por la felicidad de los flamantes esposos, hasta ahí, todo bien, luego continuaba desparramando unas gotas para la pachamama como si fuera un presterio o un tipanack’u, y lo peor era que el beodo indiscreto empezaba a sugerir públicamente al cónyuge “tienes que matar al gato hermano” ante el desparpajo de los padrinos de la boda que se jalaban de los pelos por el bochorno y boquiabiertos contemplaban como un inmisericorde silencio inundaba la sala y pretendía terminar con el jolgorio, y como si eso no fuera poco, terminaba su soliloquio con broche de oro, con una cagada colosal, que consistía en recordar al marido-cero-kilómetros que estaba a punto de arrepentirse, que aún tenía tiempo, que lo pensara dos veces, antes de consumar el coito de rigor.
“Matar al gato” en la jerga de los fandangueros no era otra cosa que recordarle que su primera infidelidad debería de acontecer en los primeros 3 meses de casado o de lo contrario su matruiqui no funcionaría.
Pese a todo, continuaba la fiesta, y uno seguía pignorando el tiempo y el espacio, bailongueando con la tal y con la cual, y casi siempre uno quedaba deslumbrado por la muchacha que estaba sentada en una tarima, la misma que al compás de la música abría las piernas con la cadencia ondulante de las puertas de vaivén, y así, la muy pendeja, dejaba entrever el vértice de su sensualidad pecaminosa, y tal espectáculo era como un maleficio de gitanos que nos convertía en sonámbulos, de esos que tienen los ojos abiertos, pero que no ven como cuando caminan y ante semejante vista, a uno se le desorbitaba los ojos y perdía el sentido y la razón y empezaba uno a deambular como desquiciado y a soñar despierto con la hembra libertina que meneaba sus caderas como una bailarina de vientre de un harén árabe, y así, uno pasaba la noche ensopado en los sudores de la gente, aquejado por una arrechera galopante y con los jugos de la lujuria chorreando como babas.
Toda la noche, uno continuaba, bebiendo como marmota, bailando como trompo y dándole rienda suelta al despelote, mientras tanto, el tiempo pasaba, enemigo público número uno de los bohemios de pacotilla, era inevitable el paso inexorable de las horas, estas continuaban pasando sin importarles lo bien que nos estábamos divirtiendo y así, sin uno desearlo llegaba el momento menos esperado, el momento de recogerse.
El momento de la recogida, era uno de los instantes más temibles y difíciles de afrontar, no es exagerado decir que odiábamos y aborrecíamos con el alma este fatídico momento, pero no había nada más que hacer, los músicos habían empaquetado sus cornetas y platillos, los mozos, habían ya acumulado y combinado los tragos no-bebidos en un mediano turril para el cha’ki del día siguiente y el avance que se hizo con la muchacha que se meneaba, esa, la del vestido lila y zapato manaco quedaba al descubierto, no funcionaba, porque estaba claro que ni para pagar tus propios tragos tenías y entonces como pretendías poder mantenerla?
La noche se había desvanecido, y como siempre, más de las veces nos había dejado con la tripa abierta, con el corazón hecho trizas y desconsolado y con unos priapismos incontrolables que al no ser debidamente atendidos nos podría haber dejar disminuidos y postrados en una cama olvidada de la sala de emergencias de la sanidad citadina.
Y lo peor era que, a estas benditas horas, no había ni cómo ni donde rematar, porque los boliches con cierta reputación ya habían apagado sus luces, desenchufado el tocadiscos, cerrado sus puertas y puesto patas arriba las sillas de caoba sobre las mesas de formica carcomida y echado a palos a los borrachines que no querían desprenderse de la botella.
Ni modo, había que marcharse, no había más remedio, a no ser que alguien quien tuviera la billetera gorda y los riñones aun funcionando y como una muestra de franca camaradería se anime a indicar el camino más expedito para arribar a algún bar de la vecindad.
A pesar de la álgida situación, siempre había esos locales innombrables que aun todavía admitían en sus dominios a trasnochadores empedernidos, a bohemios de quincalla y a bebedores sin remedio, a esos locales sabíamos acudir si la situación así lo requería.
SEGUNDA PARTE (EL REMATE) continuara……
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