Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Edgar Allan Poe
Ni siquiera habían acabado de comer la torta, cuando, por un cruel desatino del destino nos descubrieron y en un santiamén se percataron de que habíamos aterrizado en la boda en calidad de “paracaidistas”.
No cabe duda, de que nos pillaron, por el escándalo y la colosal trapisonda que armamos, pues según nos comentaron después, aparte de dar vueltas como ruecas, habíamos libado más de la cuenta, a tal punto que el servicio de bebida había mermado considerablemente, por lo que a partir de ese momento, los garzones no tuvieron otro remedio que dar vueltas por el recinto con charolas en la mano, sirviendo con cuentagotas minúsculas raciones de licor y llevando cuentas en las servilletas con el fin de evitar que ciertos sinvergüenzas se aprovechen de la situación y pretendan repetir la dosis.
Otra de las razones por la que nos descubrieron, al decir de ciertos comentarios antojadizos que circularon en la prensa, fue por el desparpajo y la falta de pundonor que habíamos demostrado al brincar como arlequines alrededor de los novios durante el bailete de la consabida marcha nupcial, como si fuera poco, habíamos perpetrado todo ese descalabro en contraste con el frágil y timorato comportamiento de los prometidos que bailaban como dos angelitos bajados del cielo con la cadencia de una melodía divina, dando pasos al vacío, como si estuvieran pisando huevos o distribuyendo pésames en un velorio.
El contertulio de invitados se quedo muerto de asombro ante el espectáculo y la apoteósica manera de explayarnos, estaba claro, que en un abrir y cerrar de ojos, habíamos convertido el convite en un sainete nunca antes visto y en un bacanal de proporciones épicas, era indiscutible, que nos estábamos divirtiendo con tanto ahínco y pasion que casi agujereamos los pisos de machihembre por tanto zapatear el “imapaj casarum, imapaj casarum”.
Todos se miraban entre si, deslumbrados al presenciar semejante barahúnda, de pronto, el desconcierto se apoderó del guateque, se pellizcaban el uno al otro para comprobar si estaban despiertos o si estaban soñando, porque no podían creer en tal muestra de exceso festivo, se asustaron tanto que se les erizaron los pelos y se quedaron tiesos como piedras, empero, al cabo de un rato, lograron sacudirse de esa morasma y cayeron en cuenta de que la fiesta se les escapaba de las manos, de quedarse patidifusos sin hacer nada, no les hubiese quepado otra cosa que conformarse con los despojos de la merendola y rogar a la banda de música a que toquen y canten a capella para amenizar sus danzas y así por lo menos evitar el bochorno de bailar al ritmo de las notas peregrinas de músicas prestadas, ante tal eventualidad, formaron una comitiva inquisidora, se armaron de valor, dejaron a un lado el visible “complejo de inferioridad de entretenimiento” que padecían y empezaron a hacer indagaciones.
Un par de minutos después, luego de atar cabos, llegaron a la conclusión de que la algaraza, simple y llanamente había sido infiltrada por una caterva de ilustres desconocidos que no solamente estaban disfrutando con mucho descaro y atrevimiento, sino también, que los insumos de bebidas y comidas estaban a punto de desaparecer, cosa que no se podía entender, pues habían ordenado 15 bateas llenas de bocaditos de carnes frías, 8 turriles repletos de refrigerios y más de 100 damajuanas de singani a granel, lo suficiente como para embrutecer a todo un regimiento.
Para fortuna del personal de servicio durante esos críticos momentos de la pesquisa, no lograron deducir que una ves que irrumpimos en el fiestón, lo primero que hicimos fue “aceitear” a los mozos y garzones para que nos dieran tripletes y no nos hagan faltar combustible, de percatarse de ello, con seguridad los hubieran ejecutado en el acto, culpado por la desaparición del pisquete y achacado de la consecuencia irremediable de esa sequía chupistica que se estaba experimentando.
Inmediatamente después de que los correveidiles les confirmaron que un puñado de pícaros habían tomado la fiesta por asalto, secuestrado los brebajes y apropiado alevosamente de toda la algarabía, los novios decidieron tomar cartas en el asunto, para tal efecto, aldabaron la puerta principal con tres candados y pusieron cerrojos con armellas en las ventanas para que no escape ni una mosca.
Se abrieron paso por entre la turba aduladora que en ese momento estaba haciendo fila con el objetivo de prenderles dolares de alasitas en las solapas del traje del novio y en los ribetes de tafetán del velo de la novia, se treparon a la improvisada tarima y ordenaron parar la música en seco, arrebataron de un jalón el micrófono al cantante que se había quedado mudo por el arrebato y conminaron a gritos a los padrinos, al maestro de ceremonias y a los invitados oficiales a que nos apedreen públicamente en pleno salón de baile y nos corran a palos hasta las afueras de la ciudad y encima nos den un tremendo vapuleo y a manera de escarmiento nos azoten las nalgas con manojos de itapallu para desagraviar semejante patraña y para que nunca más volvamos a tener la osadía de colarnos a una fiesta sin ser invitados.
Antes que nos cojan las huestes de convidados, salimos del acontecimiento casantorio sin miramientos, como venablos disparados por la emergencia del momento, galopando como caballos fustigados por la pavura y pies para que te quiero corrimos más raudos que un soplido, nos dimos a la fuga en un estado de levitación apresurada.
Escapamos como almas que lleva el diablo por las brechas y los resquicios del evento, una ves fuera del recinto, aligeramos el trote esquivando las pedradas y los insultos que nos lanzaban, continuamos la huida, tropezando con los pedregales y los adoquines durmientes de las angostas callejuelas, ya sin aire en los pulmones y a punto de desfallecer, logramos detener esa huida estrepitosa en el linde del precipicio, sin darnos cuenta, habíamos arribado al borde de la ciudad, paramos la marcha aquejados por una taquicardia de antología y nos sentamos un rato a descansar en la orilla del camino.
Poco a poco y con la ayuda de unos cigarrillos sin filtro recuperamos el aliento, viramos la mirada atrás y pese a la oscuridad pudimos ver la polvareda convertida en niebla que habíamos causado con esa ajetreada huida y fue así que caímos en cuenta de que los perseguidores no pudieron atrapar ni siquiera las siluetas de nuestras sombras, entonces, justo ahí, en complicidad con el guiño solidario de la luna llena y el brillo socarrón de las estrellas de casiopea, nos cagamos de risa rememorando los pormenores de semejante escapatoria, pero cuando se desvaneció el eco de nuestras carcajadas, cundió el temor y nos dimos cuenta de nuestra triste realidad.
Ya era casi la medianoche en la villa imperial, una quietud casi sobrenatural se había apoderado del ambiente a pesar de que era sábado, la ciudad estaba tan silenciosa que hasta se podían oír las pisadas furtivas de los gatos en celo caminando sigilosamente por los tejados buscando amantes con soltura dispuestas a cometer el pecado carnal, ese silencio casi sepulcral era ocasionalmente roto por los zumbidos de los zarpazos y por los maullidos mezclados de espanto y placer producto de las grescas y los amoríos de esos gatos arrabaleros.
Salvo el ronco sonido de los bocinazos de algún carro a la deriva o los ladridos distantes de los perros callejeros, la noche estaba intolerablemente muda, ausentes los ruidos escandalosos que son característica inconfundible y materia prima de las bullangueras noches sabatinas, ese silencio contagiado de afasia no era otra cosa que una conspiración en contra de nuestro derecho constitucional a la diversión, razonaban unos, o quizá sea simplemente una temporal trastada del destino, especulaban otros.
Fuese cual fuese la causa o la razón de ese silencio de catacumbas, lo cierto era que la indiferencia y la aparente apatía de la noche se habían apareado en un rito de nigromancia con la clara intención de barruntar a nuestras espaldas y mediante sus magias del otro mundo, de un plumazo desbaratar nuestros planes, esas señales ignominiosas imposibles de ignorar, indicaban más claro que agua, que la promotora del jolgorio, la bendita e inmaculada noche, tenia toda la intención de estirar la pata sin importarle un comino nuestros deseos e inquietudes, de quedarnos paralizados sin hacer nada al respecto, inevitablemente nos “dejaría el tren”, de ser así, no nos quedaría otra, que contemplar la idea de terminar la francachela a medio gas, chawarados y con la “tripa abierta” y recogerse a casa con el rabo entre las piernas.
Como un regalo no merecido, la adversidad nos obsequio un gran dilema, una disyuntiva perversa que nos ponía entre la cruz y la espada, pues nos obligaba a escoger entre “recogernos” o “continuar”, la sola mención de la primera opción, generaba un pánico aterrador entre los fandangueros porque todos sabían que el resultado nos sumiría en un estado de abatimiento irreversible, el único remedio para aliviar semejante agobio, era escoger la segunda alternativa, lo que suponía, ubicar sobre la marcha otro guateque o presterio o en el peor de los casos un local de “remate” para despedir a la noche como dios mandaba.
Para resolver el problema de esa compleja coyuntura, alguien sugirió echar una moneda al aire para decidir el curso a seguir, descartamos esa descabellada idea por insuficiente y peligrosa ya que inclusive con toda la suerte del mundo solo prometía un exiguo 50% de exito , al final, decidimos efectuar una votación y así solucionar el impasse, el resultado no podía haber sido más contundente pues casi todos expresaron su deseo de continuar con la parranda, con excepción de uno de nuestros amigos que decidió irse a su casa, porque en ese momento, le empezaron a brotar los síntomas del cólico saturnino habida cuenta de que dos horas antes había injerido tres vasos de posk’o api en el mercado.
Ajena a nuestros tejemanejes y deliberaciones democráticas, y como si “al intento” quisiera empeorar nuestra mala pata, en esos postreros instantes, la cómplice noche aún se debatía obstinadamente entre morir en paz o en soportar la constante agonía de prolongarse hasta los principios de los amaneceres para que nosotros, los reyes de la joda y el desenfreno, continuemos con la parranda.
En anticipación a cualquier eventualidad, elevamos nuestros ruegos al hacedor, para que por su intermedio no permita que la noche, nuestra amiga y confidente se apague y más al contrario le de fuerzas para que mantenga viva la lumbre del jaleo, sin embargo, pese a nuestras más sentidas suplicas, la noble compañera, fiel y mustia alcahueta de nuestras calaveradas nocturnales se había cansado y finalmente decidió sucumbir presionada por los preceptos de la decencia y el buen comportamiento y ante los signos del advenimiento de un nuevo día.
Las pruebas fehacientes de su partida serian confirmadas meras horas después por los primeros rayos de sol que inexorablemente empezarían a desmontarse como una cofradía de aguafiestas desde las serranías del cerro mayor y por el alboroto ensordecedor, que como siempre, armarían los gallos trasnochados con esos cantos bucólicos que en ves de anunciar la llegada de la alborada, cantarían las condolencias por la trágica partida de la noche.
Ya muerta la noche, no nos quedaba otra que seguir adelante con la odisea fantástica de la jarana en la frontera misma del alba, inevitablemente y casi al filo de la madrugada, cansados y maltrechos, desafiando las ventoleras y las brutales brisas del amanecer nos apersonábamos a cualquier cantina abierta a fin de continuar la bebendurria y dar honesta sepultura a la farra inconclusa.
Para rematar como se debía, siempre lo hacíamos con la ayuda de unos cortafríos y unas chelas al ambiente y para no derrochar energías durante el santificado acto de doblar el codo, permanecíamos inmóviles como monolitos muertos de frio, apoltronados en las sillas endebles y vetustas de los locales de dispendio, esperando que se disipe la oscuridad y se amainen los soplidos del viento matinal y una ves que clareaba al despuntar el día, salíamos de esas madrigueras oscuras como salen las viscachas, con los ojos rojos, frotándonos las manos y con el aliento casi congelado a perseguir a los rayos escurridizos del Intiraymi.
Llegábamos a esos timbiriches protegidos por la penumbra y la circunspección de la madrugada en un estado de total improperio, muchas de las veces en contra de nuestra voluntad, arrastrados como por imanes por los olores y por los sabores, por los ruidos de los ruidos y por las resonancias reverberantes de las músicas propias del desmadre que emanaban desde las entrañas de los boliches.
Otras veces sin embargo, por causas y azares desconocidos o porque a la dilapidada noche le dio la gana de amanecer mas temprano, terminábamos la velada sentados alrededor del pilón sobre una patilla de cal y canto con la guitarra en la mano, bajo el manto de los cipreses y el follaje entumecido de los arboles de pino de alguna plazoleta anónima esperando febrilmente que nos pesque la bendita madrugada.
Sin inmutarse ante el paso despiadado del tiempo, las manillas del reloj de la catedral marcaban las 3.33 am, el guarismo exacto de la ominosa hora del diablo, como es de suponer, a esas alturas de la insipiente aurora, las opciones para continuar con la jarana no eran muchas, pero un destino casi obligatorio era de llegar a lo de la “Isica” o en su lugar a lo de la “mamacita” a cualquier costa.
La Isica era un timbiriche de dos pisos ubicado en las cercanías de la calle cívica donde servían cerveza al hielo y sobre todo un fricase que al decir los sibaritas era como para chuparse los dedos, él fricase era cocinado a fuego lento con unos inmensos trozos de carne de chancho, con maíz pelado y tunta y muchos otros ingredientes nativos que cuando los servían en esos platos de porcelana china daban la impresión de que los alimentos nadaban en un jugo de especias y ajíes machos más rojos que los vinos de las sacristías.
Si por mala fortuna, las puertas de la Isica estaban cerradas, entonces el destino eran los santos aposentos del bar de “la mamacita” cuyas coordenadas geográficas la ubicaban en la arista esquinera de las calles Smith y Bustillos, muy cerca del arco de San Roque y la plaza de los perros, a unas simples cuadras de los cabarets y burdeles circundantes al camposanto de la ciudad.
Uno llegaba a este boliche, no solamente buscando cobijo y calor sino también para degustar de las laguas y de las llallaguas y otras bebidas de baja catadura, que pese a las tempraneras horas se servían en este local, pero si por razones de fuerza mayor el epilogo de la parranda nos encontraba por los alrededores de la universidad, cerca de la cuadra de los cocanis en inmediaciones de la calle Oruro para ser más especifico, entonces nos convidábamos al bar más antiguo de la ciudad, al mismo que según contaba Don Segundino , su dueño y locatario , que una vez enterados de la existencia de un “barquito” a la deriva en la mediterraneidad de Potosi, llegaron desde Mejillones, en el sur de Chile una comitiva oficial compuesta de marineros y almirantes de fragata a obsequiarle un timón de madera, – el mismo que hoy está expuesto muy orgullosamente detrás de la barra de la cantina – seguramente le regalaron el timón porque pensaron que era inconcebible un “barquito” sin timón, pero lo que desconocía la generosa comitiva era que en realidad el bar se llamaba “Bar Quito” en honor a la capital del hermano país del Ecuador.
Una característica única de esta cantina, fue que su propietario aparte de hacer emborrachar a su clientela tenía el propósito de inculcar valores positivos y altruistas por lo que recopilaba, pensamientos, máximas y frases de los sabios y filósofos y los escribía en las paredes o las garabateaba en cartulinas que pegaba en los dinteles de los ventanales y en cada recoveco del bar con la esperanza de que “con el trago” les entre también algo de cultura.
Un estribillo que lo recuerdo muy bien, estaba escrito en la pared del baño, el que muy acertadamente decía: “En este humilde rincón, hasta el más macho se baja el pantalón”
En el bar Quito, se servían los populares tragos conocidos como “te con te” y los ponches que en su forma más primaria es un combinado de agua hervida de canela con singani muy efectivos para cortar el frío.
Otras veces, dependiendo de la posición geográfica del jaleo, al tiempo de recogernos, nos asomábamos a las mazmorras oscuras del bar el “Mocko Teniente “ ubicado en las extremaduras de la calle Chayanta. Este bar, es el equivalente Potosino a los “cementerios de elefantes”, esos tugurios que pueblan las villas miserias de la metrópoli de La Paz, donde acuden los desahuciados de la vida despedirse de sus oprobios y morir literalmente al pie del cañon.
Los parroquianos que habitaban esta especie de boliche del medioevo, bebían bajo un anonimato total, con las cabezas gachas sin musitar ni una sola palabra, bebían así, amparados por el silencio y la oscuridad casi total de las lúgubres paredes de ese antro que más parecía un escondrijo de almas en pena que un bar de apacible barrio, era sin embargo muy especial, porque era un bar 100 por ciento para rematar y cuyas puertas se abrían a partir de las 2 de la mañana.
Si el fandango terminaba cerca de los vecindarios polvorientos de los “rancho guitarras”, en esos parajes donde el diablo perdió el poncho, en el meridiano de la vieja calle de la pólvora (calle Hernández) entonces sin cavilar nos dirigíamos al bar la “Cortina Rosada” a tomar cócteles en jarras de plástico, cuyo dueño don Tito, un eximio guitarrista invitaba como entremés un magnifico k’allu de tomates, locotos y cebollas tan picantes que hasta a los muertos hacia reaccionar, no sin antes deleitarnos con un par de tonadas, al que momentos después de echar dos gotas a la pachamama, alzábamos las copas y con mucha euforia nos sumábamos cantando en coro la zamba de la esperanza, de lo contrario, nos congregábamos en el interior del bar “la colmena” que estaba ahí en el confín de k’arkupila muy cerca de la plaza el minero a la que ingresábamos por entre sus crujientes puertas celestes de vaivén a mezclarnos y confraternizar con los clientes que en su mayoría estaba compuesta por dirigentes sindicales, ju’kus y rescatistas de mineral.
Si nada alentador se pintaba en el panorama, ya casi como último remedio, terminábamos encogidos como ovillos acullicando bolos de coca y entre pijche y pijche liquidábamos bidones de bebidas elaboradas en base a sultana, ramitos de canela y un poco de anís, en las mesas verdes de la “sede de los chóferes” sobre la calle La Paz, que a la sazón estaba ubicada al voltear la esquina del bar el quijote en las inmediaciones de la plazuela 15 de mayo a un costado del templo de San Juan de Dios enfrente a la esquina donde vendían thayas de camote y pito de trigo pintadas con savias de ayrampo.
Muy raras veces, cuando era obvio que no quedaba abierto ningún evento social al que podamos acceder para cumplir con nuestros deberes dionisíacos, aunque a regañadientes teníamos que admitir que el apogeo de la noche se había desvanecido habiendo sumido a la ciudad en un sosiego sin precedentes, en consecuencia y a modo de epitafio a la oscuridad y bienvenida a la madrugada nos acercábamos a alguna de las quintas de mala ralea que pululan los arrabales de la ciudad, uno de ellos era “El Rosedal”, un antro de bajo calibre donde servían brebajes de dudosa procedencia y chichas mezcladas con helado de canela llamadas garapiñas, como una burla a la misma ironía, le pusieron un nombre primaveral sin importar que el establecimiento era huérfano de plantas y rosales.
En esta chicheria, así como en la “quivincheña ” y tantas otras “quintas”, los locatarios para darle un toque de ambiente caribeño a sus frígidos locales hacían pintar en las paredes tréboles de cuatro hojas , madreselvas llenas de gardenias y unas enredaderas de lirios arbustivos, sin que falten las palmeras tropicales rebalsando de cocos y arboles de mangos maduros y en los cielos falsos hacían dibujar nubes de colores con golondrinas y papagayos a medio vuelo y miles de mariposas en cinta, vaya uno a saber, si lo hacían para despistar a la noche y pretender hacer creer a los clientes que todavía era de día y que estaban bebiendo en alguna chicheria valluna de Cochabamba o de los Yungas.
Para recrear la temperatura de los valles y combatir el frio paralizante, encendían hachones y en un brasero ponían a hervir una lata llena de hojas de eucalipto para que sus vapores aromaticen el ambiente y al mismo tiempo inciten a la clientela a perder la inhibición y lanzarse a la pista de baile a mover el esqueleto con los ritmos de las cumbias y los acordes de los vallenatos que salían de los parlantes empotrados en los farallones del patio, pero quizá lo mejor de todo, era que las meseras eran verdaderas cholitas que los dueños traían desde los valles aledaños.
“El Rosedal”, era primariamente frecuentado por las trabajadoras domesticas y sus consortes, por los cholos de los barrios de la circunvalación, en los días de pago, se atiborraba de mineros y palliris de pailaviri que bajaban en masa formando una procesión interminable a pignorar sus magros salarios en menos de que cante un gallo, durante los feriados patrios, el local rebalsaba de generales y capitanes, de sargentos y conscriptos mostrencos del cuartel militar cuyas barracas estaban a la vuelta de la esquina, como muy bien se dice “a un tiro de piedra”.
Yo, como muchos, tuve mis esporádicos encuentros amatorios con una de estas lindas cholitas , una buena moza de ojos medio verdes y una cinturita de avispa que había venido desde Villavecia, según me contaba, a estudiar corte y confección, Julia se llamaba y para pagar la matrícula de su instituto, según ella, trabajaba de moza de lunes a jueves, porque de viernes a domingo, se hacía “chinka”, se desaparecía del panorama ya que la muy bandida se iba a bailar a una de las Mayos, a la 15 o la 25 y para cerrar la fiesta con broche de oro, seguro se hacía arrastrar hasta los extramuros con un algún cooperativista de San Benito.
Muchos años después, regrese a la villa en calidad de turista, me asome a indagar por su paradero y no la encontré porque la Julia se había mudado para la ciudad de El Alto y según me dijeron; que para curarse del amartelo y de su mal de amores, decidió volverse cachiscanista y me entere que así se gana la vida como luchadora invicta bajo el seudónimo de la Cándida Eréndira.
Es la purísima verdad que acudíamos a esos bares de mala muerte, lo hacíamos porque no teníamos otra solución y porque éramos adictos a la joda y amábamos el desbarajuste y en resumidas cuentas lo hacíamos porque nos importaba un carajo el que dirán de las malas lenguas, de esas pitonisas de mal agüero que afirmaban que a esos antros solo iban a libar los que ya no tenían remedio.
En fin, si la jarana terminaba por razones de fuerza mayor como cuando en las épocas de las dictaduras donde los milicos imponían los estados de sitio y decretaban la ley seca, entonces había que hacer de tripas corazón y darle a la caminata rogando a los santos que uno no se quede dormido en alguna esquina de la villa, porque a esas horas olvidadas de la mano de dios, rondaban los cacos, los pandilleros y los amigos de lo ajeno que hasta te podían robar los zapatos, a mí me paso una vez que me quede dormido frente al comedor universitario, pero los rateros – que por cierto llevaban antifaces – solo pudieron hacerse con el zapato izquierdo, pero se vea como se lo vea, había que recogerse y punto.
¿Y qué se podría decir del día siguiente? No era chiste, era colosal el esfuerzo para recuperar del estado flatulento y casi comatoso en el que uno se encontraba, postrado en la cama, asustado como un fantasma ante la inminente visita del doctor delirium tremens, con espasmos y convulsiones violentas y aquejado por calambres de epiléptico, temblando como una hoja de calamina por los efectos del síndrome de hiperacusia, y para el colmo, sin control nuestras ventosas que despedían gases en burbujas llenas de vapores con olor a peste y como si fuera poco, ni las compresas de aire frio envueltas en la frente, ni los cataplasmas, ni los sueros, mucho menos los supositorios podían aminorar los efectos de la fiebre de casi 50 grados de calentura causada por los microbios de las nauseas contagiadas.
Muchos, los sin experiencia, trataban de reponerse recurriendo a sanaciones taumatúrgicas o de la manera más provinciana posible, bebiendo una limonada a medio hervir, meneada con un poco de azúcar prieta y espolvoreada con moléculas de alikal o alkaseltzer, confiando con fe ciega en la falacia de sus propagandas que decían que esos remedios eran un antídoto eficaz para los efectos de las borracheras, de modo que, bebían esos líquidos burbujeantes a manera de transfusiones depurativas para que expulsen los malestares de la resaca.
Si no contaban con esos remedios extranjeros, mandaban a la empleada o a la hermana menor a la botica de la esquina a comprar una media docena de mejorales y desenfriolitos para aliviar la calentura y disminuir los ataques repetitivos de cefaleas que causan esas jaquecas criminales que dejándolas sin atender podían hasta desportillar la cabeza.
En cambio, nosotros, los fiesteros de profesión, los PhD de la joda, optábamos por lo más natural y saludable, recurríamos al experimento comprobado y ratificado por décadas de experiencia que consistía en dirigirse al promediar las diez y media de la mañana hacia la salteñeria “el hornito”, (en la calle Linares frente al Bazar de los Pozos, que según las tertulias familiares, hace mucho tiempo casi toda la cuadra perteneció a los antecesores de este escribidor) a saciar la sed imperante con una papaya salvietty y aminorar el hambre tercermundista con las famosas saltucas que por ser tan pequeñitas cabían tres en la mano y cuya costumbre socialmente aceptada era comer seis y pagar solo de cuatro.
Luego de ese protocolar gastro-culinario acto, la coyuntura requería merodear los alrededores de la plaza del regocijo o dar vueltas interminables por el viejo bulevar hasta toparse con algún poseedor de las cinco palabras mas importante de la jerga carantoña “hay que curar el chaqui”.
Por los alrededores del casco viejo de la ciudad existen un montón de bares y restaurantes donde uno podía aplacar los efectos de la resaca, pero dos locales tienen preponderancia debido a la ubicación estratégica de sus predios.
El club Internacional, que de internacional no tiene nada, ubicado en plena plaza principal, de muy fácil acceso si es que uno es “socio del club”, de lo contrario, uno debe ser “invitado” por algún miembro para poder ingresar y así poder sentarse en esos sillones de cuero del año de la corneta a degustar de los “tapados” tales como el San Pedro y los Majuelos y de alguna que otra empolvada botella de Whisky o vino Argentino, valga la aclaración de que solo se daba cuenta de esos brebajes durante la celebración de la caída del dictador de turno o a la muerte de un obispo, porque por esos tiempos, esos licores embotellados y con corcho, eran tragos que solo podían beber los platudos y los miembros de la rancia aristocracia potosina, pero que al final de cuentas, después de tres tragos y una platica en el mingitorio se convertía nomas en un boliche común y silvestre en donde se jugaba cacho y se hablaba huevadas como en cualquier otro antro de la villa.
Unas cuadras más arriba, en la esquina de las calles Chuquisaca y Padilla se encontraba el “Galey”, domiciliado en el primer piso de una típica casa colonial, era un clásico establecimiento, amoblada con butacas y sofás confortables para acoger a su “distinguida” clientela compuesta mayoritariamente por jueces y tinterillos que acudían al bar como si fuera la corte suprema, para seguramente escaparse de sus pleitos y demandas y porque además quedaba muy convenientemente ubicada cerca de los bufetes de los leguleyos.
Muy afamado era este bar por sus espectaculares “pichelitas” y los deliciosos riñoncitos a la plancha, las pichelitas en cuestión eran una combinación preparada con jugo de limón y con singani a granel y meneadas con un poco de azúcar en unas jarritas de vidrio que el dueño, don Acuti Perez, agitaba de arriba para abajo y de izquierda a derecha como una ánfora de lotería y con tales movimientos cardinales generaba una especie de mini remolino en la barriga de la jarra y cuando escanciaba ese liquido en las copitas de vidrio tan pequeñitas que parecían dedales de los sastres subía la blanca espuma y daba la impresión de ser un fino pisco sour o un legendario champan Francés.
Otra característica de el “Galey” era que estaba regida por un estricto horario de atención que unicamente se alteraba durante el aniversario de la ciudad y cada 29 de febrero durante los años bisiestos. Abría sus portones el local a las 11 de la mañana y las cerraba puntualmente a las 3 de la tarde, ni un minuto más ni un minuto menos, sin importar los berrinches y los ruegos de algunos clientes que querían literalmente beber como abogados “hasta perder el juicio y quedar botados en el suelo como expedientes”.
A estas alturas, serian tal vez las cuatro y media de la tarde, los cielos rojizos habían dado a luz a un mágico atardecer, de esos en donde hasta el tiempo se pierde en la lejanía de horizonte, era la hora propicia para hacer acto de presencia en los locales de Doña Laura (QEPD) íbamos casi volando como silbidos empujados por la prisa sin prestar atención a las miradas envidiosas y al murmullo de los menos afortunados.
Ni bien llegando al mercado artesanal de la calle Sucre, se empezaba a sentir en el aire casi congelado por el frio, los olores de los brazuelos de cordero, los aromas de los ajíes de gallina y las esencias de los fiambres finamente complementadas con el soporífero perfume de los caldos de menudencias, todo esta cornocupia de efluvios, prometían entibiar la frígida tarde e impregnar la ciudad entera con las emanaciones de esas comidas y bebidas sensacionales a tal punto que las exaltaciones de esas fragancias eran como un conjuro difícil de sacudirse, eran peor que un hechizo de bruja libertina que nos arrastraba involuntariamente como los imanes arrastran a los metales.
Una vez empernados a las sillas del bar de Doña Laura, ubicado al final de la calle Sucre, muy cerca al regimiento de infantería y en frente del estadio deportivo capitán Rojas, no solamente nos dedicábamos a la tarea de acabar con los líquidos espirituosos, sino también, nos empeñábamos a competir en el antiguo deporte del sapo o del tradicional cacho, lo que invariablemente conducía a “continuar ” pero, solo y únicamente, si alguien invocaba alguno de los axiomas de la trilogía sagrada de: “nos bajaremos” o el ritual de la “champinchada” o el obligatorio “salud al seco, hermano”.
El peregrinaje a lo de doña Laura más o menos terminaba, dependiendo del tamaño del bolsillo, en promedio, alrededor de las 7 de la noche, está era la hora donde se empezaba la retirada a tientas, gateando y revolcándonos en charcos de orines y vómitos ajenos y turulatos continuábamos dándonos empellones contra los muros de las casas alineadas en ambos extremos de la serpenteante calle Sucre.
Hacíamos que recogernos muy a duras penas y simultáneamente despotricábamos a pulmón abierto en contra de los arquitectos coloniales por no haber prevenido con antelación que los individuos en este soberano estado de impedimento motriz necesitaban anchas avenidas para tambalear hasta llegar a su destino.
Empero, en la mayoría de los intentos, el “acto de recogerse” terminaba a escasos metros porque a unos escasos pasos se encontraba el bar muy certeramente bautizado con el nombre de “el paso de los toros”, una especie de calca mal hecha de la famosa chicharroneria de La Paz, boliche de poca cuantía cuya especialidad era vender singanis manufacturados con los desperdicios de las uvas de los valles aledaños que todo el mundo los conocía con el nombre de “chanchos”, asimismo, este tugurio de mala muerte era desafortunadamente notorio por los zafarranchos que se desataban en el segundo piso y por las empinadas gradas del local por las cuales miles de embriagados rodaban como pelotas ensangrentadas trasbocando hasta sus conciencias.
Una cuadra más allá, como trampa invencible se hallaba la esquina de los padres de la patria, el principio del viejo paseo de el bulevar, al estilo de las ramblas de Barcelona, sin lugar a dudas el pasaje más famoso de la villa imperial, esas 4 calles enlozetadas y sus arterias circundantes eran como un cebo para atraer a los inocentes, constituían el perímetro más peligroso de la ciudad cuyo origen por una parte se iniciaba en la esquina de los mencionados libertadores y terminaba al chocarse con el colegio franciscano colindante con la cruz de madera que crece empotrada en la pared lateral de la iglesia de san francisco.
Según cuentan, muy pocos habían logrado atravesar el bulevar de punta a punta sin antes haber caído fulminado ante los olores a canela y singani de camargo de los “calientitos” que se dispensaban a diestra y siniestra en la caldera del diablo, un local cuyo moto era “el que no cae, resbala”, o quedar aprisionado en uno de los establecimientos de la trifecta popular, compuesta por la benemérita Unión Obrera y su primas hermanas, la sede los Fabriles y la Unificada, que aparte de ser bares de impecable raigambre eran como bibliotecas llenas de sabiduría y pertrechadas de leyendas inverosímiles hasta para los bebedores más consuetudinarios de la villa, eran además, los tugurios conspirativos donde se asociaban los obreros y los proletarios en casos de emergencia o en los festejos de las contiendas electorales.
Todos estos insignes locales cohabitaban como uña y mugre muy cerca el uno del otro, en la explanada abierta del vicio y la perdición, distribuidos en una equidistancia traicionera muy difícil de esquivar, eran como ríos imposibles de vadear, como un laberinto sin salida, eran literalmente los tentáculos del pulpo del infortunio con los que atrapaban en sus fueros internos a todo jaranero vagabundo sin rumbo a los que con cantos de sirena los atraían a sus recintos y los obligaban a beber la ultima copa, la coloquial copa del estribo.
Ahora, de como uno terminaba después del acto del recogimiento es harina de otro costal y tema de otro ensayo. Viscarra ya lo dijo antes, éramos antropólogos porque nos gustaban los antros.
