Estudio de una desidia politica

Estaba aún oscuro cuando abrí los ojos, espantado por los alaridos de mi gallo despertador, pero en realidad nunca desperté, porque había estado tan nervioso que no había pegado ni una pestañada toda la noche.

Contando al revés miles de veces los números del uno al cien había tratado de dormir, pero no pude, porque padecía de insomnios más agudos que vigilias veinticuatreras. No encontré la manera de conciliar el sueño a pesar de haberme tomado un manojo de píldoras, por lo que no tuve más remedio que amanecer viendo a través de mi ventana cómo el halo de las estrellas se entrelazaba creando un mural de arte cúbico en el amplio firmamento.

Una vez de pie, más nervioso que brújula sin norte, esperé el primer repiqueteo de las campanas de la iglesia de San Francisco. El péndulo del reloj de pared empezó a bambolearse y el pájaro salió de su casita de madera y cantó su cucurrucucú mecanizado, anunciando que eran exactamente las siete de la mañana.

Me tomé la décima taza de café Copacabana, me di un baño polaco a las volandas y por la apuranza ni tuve tiempo de arreglarme un poco mi melena iracunda, pues salí echando chispas, más raudo que el mismo viento matinal, y pies para qué te quiero, me fui directo a la iglesia.

Acababa de amanecer. Las calles estaban siendo barridas con escobas de paja brava y los almacenes y tugurios abrían ya sus puertas a los primeros comensales y clientes del día.

El día estaba helado, con un viento que recorría las calles de punta a punta como un fantasma vestido de nieve, disparando ráfagas de escarcha cristalina a las caras curtidas de la gente, escarcha que se nos incrustaba en los ojos como si fueran dardos hechos de hielo.

Pese al frío, el cielo estaba claro y límpido como un mar azul, tanto que ni un rabo de nube se veía en el firmamento. El sol mañanero ya había dorado las faldas del cerro mayor y los rayos de luz empezaban a iluminar las calles empedradas de la ciudad colonial.

Unas semanas antes había dado el examen de ingreso a la universidad y esperaba ansioso los resultados, y aunque no era necesariamente muy religioso esperaba también los santos auxilios de la Virgen. Es por eso que esa mañana me fui a la iglesia, y de inmediato me puse a rezar de rodillas y, llorando como un beato, le puse unas velas perfumadas a Santo Tomás de Aquino, el supuesto santo del saber. Luego de la oración reglamentaria me fui corriendo a la esquina del bulevar a esperar al canillita para comprarle con mis últimos centavos el primer ejemplar del periódico del día.

Ni bien compré el periódico, mi vista se posó en la página central, donde se había publicado la lista con nombres, apellidos y números de carnet de identidad de los postulantes que habíamos aprobado el examen de ingreso a la universidad, y con una satisfacción enorme vi mi nombre en la lista de marras.

La casona del saber

El primer día que me asomé a la puerta principal de la universidad me quedé más petrificado que un fósil de museo. Entré despacio y sin hacer ruido, caminé hacia el atrio de lo que sería mi alma máter y contemplé con los ojos despabilados, por primera vez, las estructuras barrocas de estilo mestizo y los pilares de madera tallada de la puerta del paraninfo.

Se me perdió el habla, y como un opa me quedé maravillado al contemplar las paredes centenarias de la gran casona del saber. Encandilado hasta la médula quedé al comprobar que solo tocando las piedras calizas daba la impresión de que me transmitían pedazos de conocimiento imposibles de comprender, esos que solo las casas superiores pueden ofrecer.

Y de pronto, en medio del embobamiento, me entró un miedo terrible: en un par de días iba a ser estudiante universitario legalmente admitido, con notas brillantes y todo, y no tenía la menor idea de lo que eso significaba.

La toma

Luego del recorrido de rigor por el interior del edificio, y más feliz que payaso de circo pobre, empecé la retirada. Poco antes de llegar al portón principal vi una muchedumbre que se apiñaba en los alrededores del teatro IV Centenario y en el traspatio de la iglesia de San Bernardo como enjambres de libélulas chujchasuwas.

Otra columna se había pertrechado al final de la Avenida del Maestro y subía amenazadoramente por el adoquinado, esgrimiendo banderas de lucha y gritando consignas de rebeldía. Los más osados del grupo ya se habían trepado a los barandados de fierro como racimos anarquistas de uvas negras escapadas de la vendimia de la ineptitud.

Y otros aún más malvados y perversos ya habían bloqueado con barricadas de adoquines, llantas usadas y muebles inservibles la entrada al edificio de la Caja Nacional de Seguro Social, que lastimosamente quedaba justo al frente de la universidad, sin importarles la situación precaria de los pacientes y accidentados del día, que se quedaron en la calle atrapados en sus camillas, tiritando de frío y con los sueros y las aspirinas derramados en el suelo.

Con altavoces, y como para que se entere todo el mundo y no quede duda, dijeron que habían decidido tomar los predios universitarios como protesta, porque el examen de admisión había sido muy difícil y estaba lleno de preguntas capciosas en su parte psicotécnica, una manera alevosa de aplazarlos y no permitir el ingreso en masa.

La caterva incrustada en los campos universitarios no era otra que el tropel de los que se habían tirado el examen, y su única vía de ingreso era la fuerza de la presión, cuyo vehículo de moda era declararse en huelga de hambre para forzar a las autoridades a admitirlos, estuvieran cualificados o no. Lo importante era tener el carnet de universitario, decían después con impávida sinvergüenzura.

Decidieron entonces invadir la U para declararse en huelga de hambre hasta las últimas consecuencias. Irrisoriamente, las últimas consecuencias de las huelgas nunca eran las últimas, porque habría otras que vendrían tan inevitablemente como venían los días de invierno.

Esas “consecuencias” no eran otra cosa que una manera barata de perder peso, pues la faena era más social que política: uno se la pasaba jugando cartas todo el día, masticando coca y gustando de algún caramelo, y con un poco de suerte hasta en la televisión podía salir, lo cual de hecho aumentaba las credenciales revolucionarias de cualquier huelguista.

De pronto me encontré metido en el meollo del asunto, en medio de los huelguistas afanados en tumbar las puertas y deschapar los candados con tenazas para irrumpir como yuntas de bueyes en las aulas y declararse oficialmente en ayuno ante los ojos impávidos de las autoridades y las miradas cómplices de las cámaras de televisión.

Me resbaló un soplido de aire frío por el cuerpo, me dieron los consabidos escalofríos, casi me orino de miedo en los pantalones y la piel se me puso como pechuga de gallina de granja. Me aferré como un mono a las barandas de hierro forjado que dividían, como fronteras culturales, a los que éramos legítimos estudiantes de la chusma que quería violentar las puertas de la venerable institución.

Con el último respiro que me quedaba llené los pulmones, me impulsé como un cohete y a la manera de un saltimbanqui di un salto mortal por encima de las barandillas para escapar y quedar libre de tal ajetreo violento, pero acabé en la calle malherido como puré de papa, con los huesos rotos, en medio de un charco de orines y sudores.

Esa fue mi primera experiencia en política de masas, y la rotura de huesos, mi regalo bautismal en las artes de la maquiavélica politiquería criolla.

“Compañero tiene la palabra”

Un día, en la FUL, donde estaban reunidos todos los representantes de las facciones del espectro político boliviano, me salió mi Demóstenes criollo. Al oír las veinte y un mil cagadas que los politiqueros estaban balbuceando, en un arranque de valentía pedí la palabra.

Pasaron unos minutos antes de que me concedieran la petición, pero para mí fue como si el tiempo se hubiera detenido ahí mismo, y empecé a derretirme ensopado en un sudor tibio por el miedo y el complejo, porque nunca antes había tenido la osadía de hablar en público.

Tanto fue el temor que experimenté que empecé a tartamudear y a alucinar con los ojos abiertos, y me puse a caminar como sonámbulo de aquí para allá, como para escapar de esa situación intolerable en la que yo mismo me había metido. Me dio la impresión de que el mundo se acababa, pero el alucinamiento vespertino quedó inconcluso, porque una voz partió en dos la quietud de mi concentración y dijo las cuatro palabras más temidas de la política: “compañero tiene la palabra”.

Me paré en la tarima frontal, cerca de la ventana principal, y vi de soslayo por el dintel cómo el último rayo de luz se escondía tras la montaña de plata, y oscureció en menos de lo que canta un gallo, y eso me dio fuerza suficiente para continuar.

Ya recuperado el aliento perdido ante el espanto, empecé a repetir como disco rayado una diatriba incongruente de letras y frases que había anotado en mi cuadernito con forro de cuero, palabras rotas que había escuchado en tantos mítines, reuniones clandestinas y otras arengas politiqueras de mis años aún mozos, y que había practicado centenares de veces durante semanas frente al espejo cóncavo y convexo de la sala de mi teatro personal, casi siempre con la ayuda magistral de mi loro.

Por esa época yo ni siquiera había leído el prefacio de la Ética nicomáquea del gran filósofo griego, y peor aún La República de Platón, que es el tratado sobre política por excelencia. La única referencia que tenía de Aristóteles era la de un viejo vendedor ambulante, ex empleado de la Enciclopedia Británica, apellidado Arispe, que sagradamente llegaba a la ciudad la tercera semana de cada mes, como si fuera una menstruación cultural. Llegaba ofreciendo sus volúmenes y últimas ediciones de libros y ensayos, y ponía al descubierto su material en la esquina de la heladería Eskimo, sobre una mesa descalibrada, encima de un mantel de paño más delgado que lengua de gato por las intemperies del tiempo.

En su colección itinerante no faltaban compendios de botánica y medicina alternativa, la Ilíada y la Odisea de Homero, folletos con resultados de exámenes de Ingeniería del quinquenio pasado pero aún corrientes, impresos en papel sábana, novelitas de Corín Tellado en ediciones peruanas piratas y, cómo no, las eternas y trilladas obras de Og Mandino, entre las que figuraba con especial distinción El vendedor más grande del mundo.

El vendedor ambulante me prestaba revistas y libros de cuando en cuando, con la única condición de que los cuidara como si fueran los últimos ejemplares bizantinos de la biblioteca de Alejandría, y de que los hojeara siempre con un guante blanco de paño alisado, porque no quería que los aceites ni las mugres de mis dedos empañaran las cubiertas niqueladas.

Al tiempo de prestármelos me aseguraba que sus clientes eran sofisticados coleccionistas que solo compraban ejemplares en condiciones prístinas, sin ningún atisbo de arrugas ni huellas digitales en las páginas. “Así que si los descuidas, no me queda otro remedio que cobrártelos a ti”, me recalcaba, “porque de lo contrario tendría que tragármelas yo y pagarlas con los míseros pesos de mi salario mínimo vital”.

El discurso y el loro

De todo ese saber prestado con guante blanco salió el discurso que aquella tarde solté en la FUL: cuatro frases de Arispe, dos consignas de mitin y un párrafo entero que, ahora que lo pienso, era del Vendedor más grande del mundo.

Hablé seis o siete minutos que a mí me parecieron una hora, y cuando terminé hubo unos aplausos flojos, más de compasión que de convencimiento, y un compañero de la facción contraria me dijo al pasar: “buena, compa, pero ordénate”. Nadie se dio cuenta de que era la primera vez que hablaba en mi vida, y eso, en política, ya es un triunfo.

Esa noche volví al espejo cóncavo y convexo de mi teatro personal a rendirle cuentas a mi único auditorio fiel, que me escuchó con la cabeza torcida y al final, como toda crítica, repitió la última palabra que me había oído. Y así aprendí las dos lecciones que la universidad no enseña en el paraninfo: que a la política se entra por los huesos rotos y se sigue por la palabra prestada, y que el mejor público es el que repite lo que uno dice sin entender ni jota.


Notas del cambio de persona.

Tres lugares pedían más que cambiar la conjugación. En la baranda, la frase decía “los que eran legítimos estudiantes”; ahora que hablás vos, corresponde “los que éramos legítimos estudiantes”, y con eso la baranda deja de ser una división abstracta y se convierte en tu bando. En la lista del periódico puse “los postulantes que habíamos aprobado”, por la misma razón. Y en la escarcha cambié “se incrustaba en los ojos de la gente” por “se nos incrustaba”, porque ahora estás dentro de esa gente, no mirándola desde afuera.

Un detalle de continuidad que conviene decidir. En la sección del discurso escribí “ahora que lo pienso”, que en primera persona introduce al narrador viejo comentando al muchacho. Eso funciona muy bien en memoria y es el mismo registro que usás en los textos de Cuba, pero si querés que todo quede pegado al presente del recuerdo, se cambia por “un párrafo entero que era del Vendedor más grande del mundo” y desaparece la voz adulta.

Las verificaciones de la vez anterior siguen en pie y no las repito, salvo el recordatorio de la más útil: si cambiás Ética nicomáquea por La Política, el remate del párrafo de Arispe cierra perfecto, porque el tratado político de Aristóteles queda enfrentado a tu única fuente aristotélica, que era un vendedor de enciclopedias en una mesa coja.