Las correrías del escribidor en la Perla de las Antillas
Alrededor de las ocho de la noche de un día de agosto de 1984 estaba parado al borde del Choqueyapu, enguantado y arropado como tawatawa con mis chompas de conejo de Castilla. Aun así tenía las manos crispadas y los huesos congelados por la brisa brutal de los nevados del gran Illimani.
Las únicas pertenencias que llevaba eran mi pasaporte con su visa flotante y la maleta de cuero de elefante color ladrillo que mi padre compró en la plaza Pérez Velasco al final de la década de los setenta.
La maleta era casi inamovible, no tanto por el peso de mis menesteres personales sino más bien por el peso del miedo, la candidez de las ilusiones y la latitud de las esperanzas. Estas últimas ocupaban más de un tercio de la valija. Nunca antes me había dado cuenta de que el peso de lo intangible es mayor que el peso del jabón, el martillo o el centavo.
A las ocho y cuarto, mi amigo el “Flaco” Félix Goitia me recogió en su Brasilia roja para llevarme al aeropuerto de El Alto. Mi destino final sería Cuba, pero el itinerario incluía pernoctar en Lima.
Antes de abordar el avión conocí a un muchacho que más tarde sería uno de mis mejores amigos durante mi estadía en la isla. Se llamaba Alfredo Jiménez y con él, lamentablemente, perdí contacto; según me enteré después, se quedó en Cuba con su mujer, una mulata preciosa.
Un poco nervioso ante la perspectiva de emprender mi primer viaje continental, me paseé por los confines del aeropuerto fumando sin cesar y charlando de cosas mundanas con el Flaco. De pronto una voz mecanizada, como diría mi mamá, anunció que los pasajeros con destino a Lima debían abordar la nave. Intuitivamente me persigné y le zampé un abrazo de oso a mi entrañable amigo, a quien no volvería a ver nunca más porque poco después me llegó la noticia de su trágico fallecimiento.
Pasada la medianoche, un tío de Alfredo nos recogió en una furgoneta y nos llevó a su departamento en algún lugar de Lima. La noche era gélida; sin embargo, Charco —ese era su apellido— se detuvo en una licorería y compró un par de cajas de cerveza Cristal para festejar el arribo y celebrar, al mismo tiempo, la despedida. Esa noche tomamos, cantamos y bailamos unos valses al ritmo de la incomparable voz de doña Chabuca Granda. Déjame que te cuente, limeña… déjame que…
A eso de las seis de la mañana del día siguiente, y luego de dormir la mona, llegamos al aeropuerto de Lima para emprender el viaje a la isla del caimán barbudo. Ya dentro de un Tupolev de la flota de Cubana de Aviación pudimos saborear por primera vez una copa de Habana Club, ese licor añejo color ámbar atrapado por años en las barrigas de roble de los toneles de Santa Cruz del Norte.
Sería tal vez por el efecto mágico del cuba libre, o por la naciente desazón de saberse lejos del propio suelo, que otro compañero de viaje se levantó de su asiento, abrió el portaequipaje, sacó su guitarra y todos empezamos a cantar: me voy para La Habana, allá donde la luna y las palmeras, me espera una cubana angelical…
Seis horas después llegamos. La temperatura rondaba los treinta grados y la humedad bordeaba el ochenta y nueve por ciento. Al bajar del avión sentí una ráfaga de calor que casi me cocina la osamenta. El calor soporífero y el olor de las hojas inamovibles de banano fueron mi regalo de bienvenida.
Minutos más tarde, un compañero —así se llaman todos en Cuba— se apareció y nos dio la bienvenida oficial. Recogimos nuestros equipajes y en fila india nos dirigimos a un autobús que nos llevaría a una clínica para inyectarnos y vacunarnos contra enfermedades comunes en los trópicos del Caribe pero foráneas a nuestros cuerpos altiplánicos.
Recuerdo que tomé dos píldoras, una verde y la otra blanca. Cuando la tarde estaba por caer llegamos a un hospedaje para pasajeros en tránsito, la escuela Pepito Tey. Ahí me enteré de que mi destino final sería Santiago de Cuba, allá en la parte más oriental de la isla.
Bolas de golf, bolas de tenis y una doctora corazón
Me despierto sudando a chorros y con un escozor de los mil demonios. Noto unas bolitas blanquecinas en los brazos y las piernas, pero no les doy ninguna importancia porque supongo que son picaduras de mosquito.
Unas horas más tarde reviso mi anatomía y con miedo descubro que las pequeñas bolitas han crecido hasta parecer pelotas de golf infladas con un líquido transparente.
Me asusté tanto que me fui volando a la enfermería. El enfermero era un jabao corpulento —mezcla de negro y blanco— que dormitaba sentado en una silla.
Sobre la mesa de curaciones, entre algodones, sueros y gasas, había una radio portátil sin antena por la que se oían las noticias del día. Eran las 7:25 de la mañana; recuerdo la hora exacta porque Radio Reloj canta la hora cada minuto, con un tic-tac de fondo que te persigue el resto de la vida. Lo desperté con un grito de birlocha movimientista. Se paró, o mejor dicho se inclinó, porque yo ya me había quitado los pantalones para que me escrutara esas protuberancias descomunales. Levantó un escalpelo y abrió una ranura en la cubierta de las bolas, por la que resbaló un líquido incoloro.
Retrocedió unos pasos, puso cara de boludo estupefacto y me dijo: “Mira, chico, parecería que te picaron unos mosquitos más grandes que palomas… pero no son picaduras. Debe ser algo raro, porque en mis diez años de enfermero nunca he visto semejante cosa”. Justo ahí casi me cago de miedo.
Al mediodía estaba internado en lo que iba a ser mi morada, con idas y venidas, durante tres semanas: el Instituto de Medicina Tropical, en un barrio hermoso llamado Siboney. Era una clínica especializada donde trataban a los internacionalistas cubanos.
Los internacionalistas eran esos hombres y mujeres que voluntariamente se enlistaban para partir a continentes lejanos y países exóticos —el Congo, Mozambique, Benín, Burkina Faso— a trabajar, enseñar o pelear. Luego de sus heroicas jornadas retornaban a la isla aquejados de malaria, dengue y otras enfermedades selváticas. Y ahí, entre ellos, estaba yo, condecorado por una pastilla.
Me dieron una cama y otras pastillas, seguramente para contrarrestar las anteriores. La doctora que me vio me dijo: no te preocupes, solo es una reacción química a lo que te dimos anteayer. Y así fue. Una semana más tarde mis heridas habían desaparecido y me dieron de alta.
Un automóvil me llevó de vuelta a la Pepito Tey para pasar la noche, porque al día siguiente me iría a Santiago. Mientras tanto, mis otros compañeros ya habían partido a sus lugares de destino: Alfredo a Sancti Spíritus y Manuel a Santiago. Como mi destino era el mismo, le pedí a Manuel que se llevara mi maleta.
En la madrugada la pesadilla reapareció, y con más fuerza. Esta vez las bolitas parecían pelotas de tenis. Les pasé la mano por encima y esa textura transparente de nylon se agitó como gelatina. Casi vomito del asco, y esta vez sí me cagué de miedo y juré volver a mis predios altiplánicos lo más pronto posible.
Me dirigí al instituto y prácticamente me interné yo solo. Como para azuzar mi horror, llegó la doctora acompañada de una veintena de galenos para revisarme y sacar fotos de mis laceraciones cutáneas. Pienso y en voz baja me digo: ¡carajo!, debo estar tan jodido que hasta en los libros de anatomía voy a brillar. Me miraron boquiabiertos, como esperando respuestas de mí.
Les dije que mi cuerpito no estaba acostumbrado a semejante asalto, ya fuera químico, botánico o animal, y que para demostrarlo tenía por lo menos media docena de razones:
- Que provenía de allá de las altas montañas, donde los niños tocan las estrellas con las manos en las noches de carnaval.
- Que había nacido en el pueblo aquel donde el calor es más escaso que el pan.
- Que nunca había experimentado reacciones químicas a pastillas multicolores.
- Que solo andaba picado cuando ya no había trago o cuando mis amigos me despistaban.
- Que los ciudadanos de las alturas solo reaccionan al sorojchi, y para eso basta un mate de coca.
- Que en mi tierra los mosquitos viven únicamente en Santa Cruz o en los libros de zoología, las palmeras son dibujos en las paredes de las chicherías y en los lenocinios del canto, y lo único que de verdad te pica son las ulupicas o las llajwas caseras.
Por tanto, concluí, nuestras anatomías andinas no desarrollan alergias polimorfas a sustancias ajenas.
Al oír semejante tirada incongruente, seguro pensaron que estaba delirando, o que las mentadas pastillas estaban teniendo un efecto contrario al esperado. En fin, sea cual fuera el caso, me levanté de la cama y de entrada les dije: mire, doctores, por favor cúrenme una vez más y llévenme directo al aeropuerto, que me voy para mi casa.
Mi decisión duró unos minutos, porque no pude resistir la sensualidad y la belleza de la doctora, quien me acarició los hombros, se acercó tan cerquita que casi me derrito y, con una voz de seda y una sonrisa encandiladora, me susurró al oído: “Chico, no te desesperes, que estás en buenas manos y yo te voy a cuidar. Además, ¿cómo vas a echar a perder esta oportunidad?”.
Resulta que la doctora determinó que necesitaba revisiones periódicas y recomendó que me quedara en la capital, porque según ella en Santiago me moriría. Nunca supe si aquel diagnóstico fue por razón médica o porque quería tenerme cerca. Lo cierto es que me quedé en La Habana, donde pasé unos años memorables, en parte gracias a mis reacciones químicas y a mi doctora corazón, con quien nos confundimos en una amalgama concupiscente más sensual que el capítulo once del Kamasutra.
El Politécnico, Kanga y Julito
Dos semanas después llegué al Instituto Politécnico Superior José Martí, en Rancho Boyeros. Una vez instalado e inmunizado por completo, dormí bien y aprecié por primera vez el perfume de las palmeras y las malangas. Di un breve recorrido por los alrededores y respiré profundo, como para capturar para siempre el sabor y la frescura de las brisas del mar. Cerré los ojos y, justo como don Avaroa, dije: ¡carajo!, ojalá alguna vez los bolivianos podamos respirar este aire de mar; no el del Caribe, sino el del Pacífico.
El regente me entregó mis libros, cuadernos y borradores, un par de barras de desodorante sin olor ni sabor, dos sábanas más delgadas que lengua de gato, un cartón de cigarrillos sin filtro marca Popular, unos calzoncillos y un tubo de pasta dental que sabía no a menta sino a plomo.
Indagué un rato por mi alcoba y me choqué con Kanga, un africano del Congo que hablaba castellano con acento francés y tenía la cabeza rapada como una maceta. Kanga sería mi amigo y compañero de cuarto por un par de años, al igual que José, otro africano, de Mozambique, quien me enseñó tres palabras en portugués: filho da puta.
El lunes por la mañana se apareció el regente, esta vez con un cubano llamado Julio Bazán, y me dijo: compañero Marco, Julito será tu tutor mientras te familiarices con tus alrededores y con las costumbres de la vida aquí en el instituto y fuera de él.
Julio me preguntó de dónde era. Le respondí. Me miró y me dijo: “Ah, eres de donde mataron al Che”. Justo ahí empezó nuestra entrañable amistad, que luego se convertiría en una hermandad única e inolvidable.
Como dije antes, mis pertenencias estaban en Santiago y tardaron cuatro semanas en llegar. Abrí la maleta de cuero y con asombro e indignación descubrí que en el trayecto se habían robado mis seis dentífricos Colgate, mis desodorantes argentinos, mi media docena de champús de motacú, mis dos pantalones chutos marca Levi’s y mis únicos tenis Manaco. Con alivio, sin embargo, vi que me habían dejado el pasaporte, mi toalla Coca-Cola, una puntabola Parker, un inservible ch’ullu invernal de lana de guanaco y unos cigarrillos L&M.
Un mes después, en compañía de Julito y otros compañeros, estaba almorzando y disfrutando de las malangas, los boniatos, la frutabomba —que en Cuba nadie llama papaya, por razones que a un boliviano le toma un tiempo entender—, los moros y cristianos (arroz blanco con frijoles negros) y un pomo de leche, cuando de pronto se acercó un mulato y me dijo: “¿Qué bolá, acere? ¿Tienes unos fulas?”. Acere significa amigo, cuate; fula es el denominativo del dólar. Fue la primera vez que descubrí el negocio potencial que significaba tener divisas. Le dije que sí, que tenía unos cincuenta. Me llevó fuera del comedor y me ofreció siete pesos por cada fula. Le dije que lo pensaría y me fui. El resto es historia que no quiero contar.
De guaguas, dominó y otros sobresaltos del idioma
Un fin de semana, Julito y yo estábamos parados fuera del instituto esperando algún medio de transporte que nos llevara al centro de La Habana. De pronto apareció un autobús, y cuando me quedé pensativo Julito me dijo: “Chico, vamos, móntate a la guagua”. Ya dentro, recogí mis pensamientos, encaré a mi amigo directamente a los ojos y de sopetón le dije que era un enfermo, un malvivido y un degenerado. Porque en mis pagos una guagua, una wawa, es una criatura de pecho. ¡Ay, Jesús, María y José!
La cosa es que en Cuba guagua es el nombre común de los autobuses. Ahí empezó mi enamoramiento de la rica y divertida cultura cubana, más conocida como cubaneo, tanto así que en unos meses hablaba y me comportaba como un completo guajiro.
El dominó merece párrafo aparte, porque en Cuba no se juega: se litiga. La ficha no se coloca, se estampa contra la mesa como quien firma una sentencia, y cada mano viene con su acompañamiento de gritos, agravios y jurisprudencia. Yo venía del cacho, donde cinco dados en un cubilete deciden por uno y al azar se le puede echar la culpa de todo. El dominó, en cambio, es memoria, cálculo y descaro en partes iguales. Julito me enseñó que contar las fichas del contrario es de caballeros, adivinarlas es de maestros y hablar mientras se cuentan es de cubanos. Nunca pasé de aprendiz, pero aprendí lo esencial: en esa mesa se discutía de béisbol, de mujeres, de escasez y de historia, y el juego era apenas el pretexto.
¿Vampiros en La Habana?
Normalmente, los fines de semana, a eso de las nueve de la noche, cuando el sol se retiraba a dormir y no sin antes forrarme la panza con unos boniatos y malangas, me convertía en vampiro. Planchaba mi guayabera y mi capa negra, me peinaba los pelos con gomina, me espolvoreaba la cara con tiza blanca para darme una imagen draculina y desaparecía en la nebulosa sensualidad de las noches habaneras.
Me transformaba en vampiro no para recorrer las empedradas calles de La Habana Vieja ni para merodear los alrededores de Miramar y zamparme unas víctimas chupándoles su sangre tropical, sino más bien para disfrutar de la música, las comidas, las bebidas y la cultura de la Perla de las Antillas.
He aquí un breve repaso de mis andadas vampirescas y el porqué del título de este artículo.
Justo frente al hotel Habana Libre, en el Vedado, está el cine Yara, sede importante del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, al que asistí un par de veces. Un amigo me recomendó que, para afinar mis seudocostumbres cubanas, debía ver Vampiros en La Habana, de Juan Padrón.
Y así fue. La película es para orinarse de risa. Dos bandas internacionales de vampiros, una de Chicago y otra de Düsseldorf, se disputan a tiros la fórmula del Vampisol, un elixir que permitiría a los magnates de la cofradía broncearse impunemente en playas soleadas. Todo esto ocurre mientras un grupo de revolucionarios pelea contra la dictadura de Machado en los años treinta. El punto en común de las dos historias es el héroe: José Amadeus von Drácula. Pepito para los amigos. Un vampiro que toca la trompeta, es sobrino de Drácula, no lo sabe, y camina bajo el sol de La Habana sin sospechar por qué.
La Rampa, el Nacional y el Capri
En la calle 23 esquina L está el Habana Libre, antes llamado Havana Hilton. Ahí empieza la famosa Rampa, un lugar donde el arte y la vida nocturna conviven en una sinfonía simbiótica perfecta, y desde donde uno puede bajar caminando hasta el mar sin darse cuenta de que ya es de madrugada.
Ese hotel me trae recuerdos increíbles y a veces innarrables. Fue en el bar Las Cañitas donde aprendí a degustar el ron añejo Matusalem y a fumarme unos puros Cohíba, y de paso a empiernarme con cuanta cubana y turista se asomara por ahí. En la planta baja está el restaurante El Polinesio, más oscuro que cueva y lleno de comida asiática deliciosa y fresca; oscuro porque, según dicen, la penumbra te agudiza el olfato. En la azotea está el club Turquino, llamado así por la montaña más alta de Cuba.
Un par de cuadras al este, sobre la calle O esquina 21, está el Hotel Nacional de Cuba, un portento donde hace tiempo jugaban y dormían Lucky Luciano y Meyer Lansky. Es también hogar del Cabaret Parisién, donde varias veces fui a escuchar al fabuloso trompetista Arturo Sandoval.
Fundado en 1930, el Nacional tiene una soberbia arquitectura de aires medievales, maderas preciosas y mármoles impresionantes: grande, amplio, majestuoso, fino y distinguido. Está sobre una suave colina a pocos metros del mar, frente al Malecón, y desde él se aprecian la bahía habanera y el ancestral Castillo del Morro. La parte trasera tiene una especie de jardín moro y circular donde, cuando los dineros eran escasos, nos congregábamos a beber ron y fumar Partagás hasta el poniente habanero, a la intemperie, acurrucados en una campiña tropical y sosegados por la luz de las primas hermanas de la luna. Parecía un Tropicana de segunda mano, y a nosotros nos bastaba.
No muy lejos de ahí, también sobre la 21, está el Hotel Capri, construido en los cincuenta con el modernismo de la época y todavía dueño de su majestuosidad y de su reputación de libre albedrío. Tiene un restaurante de comida italiana y una piscina en la azotea. En épocas de vacas flacas me iba dizque a comer al restaurante, pero de tanto en tanto me metía de contrabando a la tal piscina con una mulata cubana que era la mesera del lugar en cuestión.
Bajando por la Rampa uno llega al Malecón, la muralla perfecta para ver el horizonte de La Habana y las puestas de sol gloriosas del Caribe. O quizás solo para caminar con la novia furtiva, tomados de la mano, dejando que las mejillas se salpiquen con las tibias aguas del mar azul.
Hemingway, mojitos y daiquirís
El Floridita, un increíble bar en Obispo y Monserrate, donde Ernest Hemingway no solo se encargó de bebérselo todo, sino que además promovió mundialmente el daiquirí: ron cubano, hielo en polvo y jugo de limón.
Cerca del Floridita está el hotel Ambos Mundos. En una habitación del quinto piso, Hemingway se quedaba a dormir cada vez que permanecía en tierra, y aquel cuarto se convirtió en uno de sus lugares preferidos para escribir.
La concurridísima Bodeguita del Medio queda próxima a la Catedral. Entre sus especialidades gastronómicas están las masas fritas de cerdo, la yuca o la malanga con mojo y los frijoles negros. Se dice que Hemingway afirmaba: “Mi daiquirí en El Floridita y mi mojito en La Bodeguita” —frase que probablemente él nunca dijo, pero que ha vendido más ron que cualquier campaña publicitaria. El mojito, por si acaso: ron, azúcar, hielo, limón, agua y hierbabuena.
No recuerdo la fecha, pero un día radiante de febrero Alfredo y yo nos asomamos a La Bodeguita con tal suerte que vimos a Carlos Puebla, el cantor de la revolución, cantar la famosa canción al comandante Che Guevara y recitar los versos de los grandes poetas cubanos José Martí y Nicolás Guillén.
Duchitas de cultura
No todo era fandango, mujeres y ron. De cuando en cuando me daba duchitas de cultura en el Hurón Azul de la UNEAC, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en la calle 17 esquina H, Vedado.
El Hurón Azul es un bar donde bohemios, artistas, escritores, trovadores, titiriteros y mimos se confunden en una amalgama cultural más diversa que los colores de una wiphala. Sus sillones de cuero precolombino invitan a tertulias interminables al calor de los rones y el humo azulado de los Partagás. Yo fui visitante asiduo de ese centro, donde escuché relatos en persona de luminarias como Mario Benedetti y Eduardo Galeano.
La Catedral está a unos pasos de La Bodeguita del Medio, y fue allí donde escuché por primera vez un concierto de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Al final de aquel asombroso recital compré un par de discos de vinilo: Tríptico, de Silvio, y uno de Pablo con “Yolanda”.
Unas semanas después, durante un receso de clases, se acercó un muchacho y me dijo que se había enterado de que me gustaba mucho la nueva trova cubana. Le contesté que sí. Me dijo que él tenía una relación cercana con el movimiento y que, como regalo, un día me llevaría a conocer a un miembro de la trova.
Fue así que un día nos montamos en una guagua y nos fuimos para San Antonio de los Baños, una pintoresca población a una hora de viaje de La Habana. Resulta que ese muchacho, de apellido Domínguez, era sobrino nada más ni nada menos que de Silvio. Entramos a su bohío lleno de cocos y loros. Me invitó té frío y me mostró unas placas en la pared mientras esperábamos mi sorpresa.
De pronto apareció un señor de cabello blanco y botas de miliciano; traía bajo el brazo un álbum de fotos viejas y en la mano un par de habanos. Era el abuelo, un personaje estupendo que me hizo recordar al coronel Aureliano Buendía. Hablamos de la revolución, del unicornio azul, de García Lorca, de Por quién doblan las campanas y del boom latinoamericano.
Al rondar la medianoche, cuando las últimas cenizas del Cohíba yacían moribundas en el cenicero de cristal de bacará, salí furtivo para no despertar al abuelo, que ahora más parecía coronel Buenanoche.
Aunque nunca pude estrechar la mano de Silvio, puedo decir que tuve el privilegio de visitar la casa de sus mayores, de disfrutar la magnífica amistad de su sobrino Domínguez y de aprender de la nobleza y la inagotable experiencia del abuelo.
Casa de las Américas, 3ra y G, Vedado
Fundada en 1959 por Haydée Santamaría, la Casa de las Américas es la institución que le tomó el pulso cultural a América Latina y el Caribe durante décadas, y allí se compraba lo que en otras partes del continente estaba prohibido o simplemente no llegaba. Yo iba por mis libros y mis revistas. Un día lluvioso y perezoso llegué al centro para descubrir lo siguiente:
Porque me alienta el formidable orgullo
de vivir, ni envidioso ni envidiado,
persiguiendo fantásticas visiones,
mientras se arrastran otros por el fango
para extraer un átomo de oro
del fondo pestilente de un pantano.
— Julián del Casal
Del Casal fue un gran poeta cubano de estilo modernista. Dicen que murió la noche del 21 de octubre de 1893, súbitamente, en la sobremesa de una familia amiga: en un ataque de risa sufrió la rotura mortal de un aneurisma. No conozco forma más literaria de morirse.
Miramar y el Carlos Marx
Miramar es un barrio esplendoroso del municipio Playa, al oeste de la capital. Es una planicie verde esparcida de mansiones y árboles de mamoncillo. Las grandes casonas con escaleras de mármol y cortinas de filigrana, antes del 59 albergue de los testaferros de Batista, hoy son sede de embajadas y casas de moda.
Sobre la Avenida 1ra y 10, en Miramar, está el portentoso Teatro Karl Marx, con capacidad para cinco mil personas sentadas cómodamente en sus anchas butacas. En ese teatro, con ocasión del trigésimo aniversario de la muerte del gran poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht, escuché un recital increíble: la voz radiante de Pablo Milanés, el inconfundible son de Irakere, los temblores corajudos de Vicente Feliú y la poesía hecha canción del gran Silvio.
Para cerrar el concierto, el trovador interpretó “Sueño con serpientes”, cuya coda recita los versos siguientes:
Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos.
Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.
Salí del Karl Marx caminando hacia el mar, con esa frase encima como una segunda capa de vampiro. Y pensé en la maleta de cuero de elefante color ladrillo, aquella que en el borde del Choqueyapu no podía levantar porque un tercio lo ocupaban las esperanzas. Los años en la isla se encargaron de vaciarla y de volver a llenarla con otra cosa, más liviana de cargar y más difícil de perder. De eso, al final, se tratan todas las correrías.

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