La persistencia de las Pititas y la debacle del eviterno

En el amanecer del 21 de enero del 2005, se congregaron en la plaza principal del templo de Kalasasaya, una multitud mayoritariamente compuesta de indígenas, miembros de los llamados movimientos sociales y cientos de delegados de pueblos originarios de América, organizaciones sindicales, representantes de gobiernos y una cantidad considerable de curiosos Europeos a presenciar el acto de “purificación del alma y cuerpo” a llevarse a cabo por los achachilas y curanderos de Chuquiago Marka y declararlo con bombos y sonajas, “apumallku jiliri” a Evo Morales quien había logrado un 53% de los votos en las previas elecciones y aprovechando la cortina de humo de las k’oas y sahumerios chantarle el membrete de primer presidente “indígena” de Bolivia y líder espiritual de los pueblos originarios.

Esa madrugada, Evo transitó por la planicie de Tiahuanacu ataviado de un “unku” o túnica andina galardonada con bordados de oro de la efigie del sol en el pecho. Venia caminando lentamente con pantalón y sandalias blancas y un gorro de arlequín de cuatro puntas, en contraste radical con su atuendo sombrío de dirigente cocalero y secretario de deportes de la federación del chapare.

Con la parsimonia de los que se creen los elegidos caminaba gesticulando venias al embobado gentío que permanecía como una turba de hipnotizados ante la abyecta mirada del pseudo mesías altiplanico, una ves que sonaron los pututos se desató la carantoña, alborotados por los bailes y el consumo ilimitado de alcohol no se dieron cuenta que estaban siendo testigos y participes de la entronización a un nesciente dictadorzuelo de características casi apocalípticas quien más temprano que tarde terminaría por sembrar división y odio entre los bolivianos, instigar al racismo, prostituir la constitución, pignorar las arcas del estado y fomentar un culto a la personalidad como lo hicieron Gadafy, Duvalier y otros dictadores de la misma laya.

Por los 14 trágicos años que duró su dictadura, daría la impresión que ese nefasto día cuando los yatiris y amautas como buenos pájaros de mal agüero le entregaron el báculo como un símbolo de poder y machumachismo, el destino de Bolivia estaría echada a su suerte y sumida en un “eviterno” significando que, habiendo comenzado en el tiempo, no tendría fin; tal como los ángeles del cielo.

Gracias a Dios no se consolidó la figura del eviterno, porque al final, fue el pueblo entero, cansado de tanta arbitrariedad y absolutismo por parte de los corruptos y de las legiones de zánganos amarra-huatos de su mal gobierno y hastiados hasta el tuétano del abuso cotidiano perpetrado por las huestes desalmadas del MAS, quienes decidieron desbaratar y ponerle punto final a la conjura de los hechiceros y ponchos rojos de Achachicala.

Fue también gracias a las pititas, a los motoqueros y a la lucha versátil de los jóvenes por recuperar nuestra democracia que esa cábala de los yatiris no se llegó a cumplir.

El 10 de noviembre del finado año, en pleno aniversario de un departamento al que Evo había estropeado, menospreciado e insultado repetidas veces, anunció que renunciaría a la presidencia y dos meros días después escapó con el falso licenciado a cuestas en el anonimato de la noche, en las horas oscuras como sus almas, en esa bendita noche, Evo Morales no era el mismo, dejó de ser el elegido.

Morales, huyó como lo que siempre fue, un cobarde que pidió asilo a gritos desde su madriguera del Chapare al darse cuenta de que las pititas no se romperían, que ni Kaliman, ni la chimultrufia, ni el chapulin colorado le salvarían el pellejo.

La noche del 12 de noviembre, cuando el avión enviado por su compinche Lopez Obrador de México lo vino a extirpar de Chimoré, lo desarraigaron como se desarraiga a un árbol torcido que no da frutos en medio de llantos y sollozos de sus secuaces, los cocaleros del trópico de Cochabamba.

La pertinaz resistencia de las pititas y el empute general del pueblo hicieron que Evo y compañía de indeseables huyeran con los rabos entre las piernas, en medio de la noche, se fugaron así porque como lo vaticinara durante el apogeo de su enfermizo poder, el clarividente y agorero de Álvaro García Linera ese día glorioso de noviembre la profecía se cumplió y el sol se escondió para ellos.

En esa triste noche, Evo no estaba arropado con las diáfanas vestiduras que lució campechanamente durante el día de la toma de posesión, casi tres lustros antes, es más, esa noche de noviembre, el déspota tenia el semblante de un condenado a vivir en la ignominia y el olvido.

Empero, no estaba desnudo, estaba ataviado con jirones de ira, envuelto en harapos de odio como un esperpento encolerizado, escupiendo improperios a sus generales y súbditos amotinados, se pasó varias horas dando rienda suelta a sus rencores acumulados por Twitter, casi al despuntar el día, escapó aferrado de inquina, saturado de encono, jurando venganzas a tramar sediciones e incendios desde pasturas lejanas.

Aparentemente el mamotreto de la purificación del “hermano indígena” no dió los resultados que esperaban, es más, todo resultó al revés, resulta que la medicina llegó a ser peor que la enfermedad, porque Evo: con el pasar de los años, no solamente se convirtió en un tirano y mandamas prepotente sino que personificó en sus desmanes las aborrecidas máculas de los dictadores y al saberse amo y señor del tawantinsuyo acopió una cornucopia de pecados y malas costumbres prescritas por autoritarios de la calaña de los maduros, los ortegas y los castros.

Se fue, como lo que siempre fue, un indígena de nombre pero no de carne. Evo dejó de pretender ser indígena desde el momento en que asumió el poder. Muy atrás quedaron los tiempos de vida espartana de sus años juveniles cuando solo aspiraba era a ser un mediocre jugador de futbol y tener un cato donde sembrar hojas de coca.

No tardo casi nada en saborear las bondades del poder casi absoluto, las veleidades de la vida palaciega, en el mamarracho que mandó construir en pleno centro de la ciudad de La Paz, se compró helicópteros, limusinas y aviones, despilfarró la friolera de 350,000,000 de pesos del erario nacional en canchas de césped sintético, gastó un dineral en un inservible satélite lleno de defectos como defectos tiene su poca hombría, construyó un elefante blanco en medio de la nada a título de museo personal para amontonar bártulos y cachivaches y los recuerdos peregrinos de su proceso de cambio, se encamó según dicen con un montón de mozalbetas azuladas y tuvo hasta hijos fantasmas con caras bien conocidas.

En el momento en que el avión de la fuerza aérea mexicana que vino a recoger al sátrapa salió de los cielos bolivianos, terminó la pesadilla nacional, una pesadilla que duró más de la cuenta y cuya factura aun el pueblo boliviano tendrá que pagar.

Las atrocidades que cometió quedaran registrada en los anales de la historia como uno de los capítulos más deshonrosos de nuestra vida política.

Dejando en claro el estado de podredumbre de su alma, y como era de esperar, fue sin un dejo de arrepentimiento ni un atisbo de culpa por sus fechorías, escapó evo por la puerta trasera de la historia no sin antes dejar al país que lo vio nacer envuelto en llamas, ensangrentada y más convulsionada que nunca.

Ni siquiera tuvo la virtud de irse con un mensaje de paz y armonía, lo hizo como gobernó al país en esos 14 años de angustia, con prepotencia casi delincuencial y con actitudes bordeando en la locura y sin una pisca de piedad porque como el mismo declaró en sus interminables campañas electorales que ni en Dios cree.

Quien se rinde, Nadie se rinde !
Quien se cansa, Nadie se cansa !