Un gato suelto en el avión

Crónica de una madrugada interminable

Caía un aguacero sobre Santa Cruz cuando Gustavo me dejó en la terminal de Viru Viru. Era la una y media de la madrugada y mi vuelo a Bogotá salía, según el itinerario, a las 3:45.

Entre mis innumerables fobias, destacan mi aversión a las filas y las aglomeraciones en los aeropuertos y, literalmente, a viajar en el asiento del medio. Le tengo especial manía a las interminables colas que se forman en Viru Viru, donde uno tiene la impresión de que la gente empieza a hacer fila seis horas antes de la salida. No sé si lo hacen por miedo a que el avión se vaya sin ellos, por temor a que no les alcance el tiempo para «hacer pesar» las valijas o, sencillamente, porque hay quienes disfrutan del inútil ejercicio de permanecer de pie, bostezando frente a un mostrador que todavía está cerrado.

Yo, por supuesto, había tomado mis precauciones. Hice el check-in por internet, convencido de que esa pequeña conquista de la tecnología moderna me ahorraría la tortura china de las colas. No tenía equipaje que despachar: viajaba solo con mi mochila y un carry-on. En teoría, mi paso por el aeropuerto debía ser rápido, indoloro y hasta elegante.

Pero la teoría y la mecánica de los aeropuertos pertenecen a universos distintos.

Apenas puse un pie en la terminal, mi celular vibró con un mensaje de Avianca, breve, lacónico y devastador en su sencillez:

«Le comunicamos que su vuelo ha sido reprogramado para las 5:15 a. m.».

Así, sin más. Sin una disculpa que me devolviera el sueño perdido ni una explicación que mejorara mi ánimo. El vuelo se retrasaba y punto.

Me quedaban por delante casi cuatro horas para disfrutar de las extraordinarias aventuras que ofrece una sala de espera: contemplar el ir y venir de los pasajeros, observar las filas que se formaban ante mostradores aún cerrados y reflexionar sobre la condición humana en su versión más somnolienta.

Afuera seguía lloviendo. Adentro, el tiempo parecía haberse detenido.

Como si faltara algo, al revisar mi tarjeta de embarque descubrí otro pequeño motivo de disgusto: Avianca me había asignado el asiento 5B. El del medio.

Hay pocas cosas que deteste tanto al viajar como quedar atrapado entre dos desconocidos, convertido en el relleno de un sándwich humano. La experiencia se vuelve insoportable cuando un vecino ronca con una potencia que parece hacerle coro a la turbina, mientras el otro ocupa tanto espacio que uno termina inmóvil, calculando si vale la pena despertarlo, incomodarlo y negociar con él para conseguir algo tan elemental como llegar al pasillo y usar el baño.

Con el retraso, la madrugada lluviosa y el asiento del medio, ya tenía motivos para sospechar que aquella jornada sería memorable. Aun así, conservaba la esperanza de disfrutar de un vuelo tranquilo.

Y, en efecto, durante las siguientes cuatro horas todo transcurrió bastante bien, aunque apenas pude dormir. Por fortuna, llevaba un libro y, para mi sorpresa, mis vecinos resultaron agradables.

O, al menos, eso creía yo.

Cuando el avión ya descendía hacia Bogotá, ocurrió lo impensable: comenzó el alboroto. ¡Alguien había advertido que había un gato suelto en la cabina de pasajeros!

Entonces apareció la verdadera protagonista de esta historia: mi vecina de asiento, una señora de edad avanzada que, apenas se enteró de la presencia del intruso, reaccionó como si acabaran de anunciar que a bordo viajaba un leopardo.

—¡Sáquenme de aquí! —gritó, presa del pánico—. ¡Yo tengo alergia instantánea a los gatos! ¡Si ese animal me roza con un pelo, van a tener que llamar a un médico para que me ponga una inyección!

La señora no estaba dispuesta a negociar. Su exigencia era clara: había que sacarla de allí. Lo que no quedaba tan claro era cómo pretendía que lo hicieran, con el avión a pocos minutos de aterrizar.

Mientras tanto, el resto de los pasajeros se dividió en dos bandos. Unos, con una serenidad admirable —o quizá todavía adormecidos por la hora—, intentaban poner algo de sentido común en aquella situación:

—¡Tranquilos, señores! ¡Si es solo un gato!

Otros, menos convencidos de que todo estuviera bajo control, exigían medidas inmediatas:

—¡Atrápenlo! ¡Atrápenlo!

Yo intenté calmarla, pero fue inútil. La pasajera del asiento 4A comenzó a abanicarla, mientras una rubia, del asiento 6C que parecia era una menonita le colocaba paños tibios en la frente, como si estuviéramos asistiendo a una dama a punto de desmayarse en un salón del siglo XV.

La escena era digna de una comedia.

Las azafatas hacían lo imposible por calmar los ánimos, pero la cabina se había convertido en un pequeño teatro del absurdo. Entre las instrucciones de la tripulación, los gritos de alarma y las voces que reclamaban serenidad, el gato seguía siendo el protagonista absoluto, aunque nadie supiera exactamente dónde estaba.

Mi vecina, por su parte, no daba señales de recuperar la compostura. Para ella, aquel animal no era una mascota extraviada ni un felino asustado: era una bomba alérgica de cuatro patas y bigotes, capaz de aparecer en cualquier momento y rozarla con una sola hebra de su pelaje.

Cuando el nerviosismo alcanzaba su punto culminante, desde las proximidades de la fila 25 se oyó un grito que le devolvió el alma al cuerpo a media cabina:

—¡Ya lo agarramos! ¡Agarramos al gato!

Lo había dicho un joven con la satisfacción de quien acaba de resolver una crisis internacional. No sé si hubo aplausos, pero la noticia fue recibida como si acabaran de desactivar una bomba.  El fugitivo había sido localizado y capturado.

Después de cuatro horas de espera en Viru Viru, uno creería haber agotado su cuota de absurdos por esa noche. Pero no. La vida, y sobre todo la vida en los aeropuertos, siempre encuentra la manera de sorprendernos.

Había salido de Santa Cruz bajo un aguacero, había soportado el retraso, había sobrevivido a la liturgia de las colas y al infortunio del asiento del medio. Y ahora, a punto de llegar a Bogotá, me veía atrapado en una comedia aérea protagonizada por un gato fugitivo y una señora convencida de que un solo pelo podía mandarla directamente a urgencias.

A esas alturas, ya no sabía qué había sido más insoportable: la espera, el asiento o los gritos de mi vecina durante el aterrizaje.

Lo único seguro era que aquella madrugada no había viajado simplemente de Santa Cruz a Bogotá. Había recorrido, sin proponérmelo, todas las estaciones del absurdo.

Y todavía me quedaba una pregunta sin respuesta: ¿cómo había conseguido aquel gato escapar de su transportín?

Tal vez nunca lo sepa. Quizá su dueño tampoco. Nadie dio una explicación convincente. Y quizá sea mejor así. Hay misterios que pierden su encanto cuando alguien pretende resolverlos.